martes, 18 de agosto de 2026

EL MATRIMONIO DEL PODER.





Hay comparaciones que escandalizan antes incluso de ser explicadas. Comparar a Pedro Sánchez y Begoña Gómez con Nicolae y Elena Ceaușescu puede parecer, de entrada, una exageración. Y lo sería si pretendiéramos equiparar la España constitucional de hoy con la Rumanía comunista de los años ochenta.


No es eso lo que pretendo.


La comparación está en otro lugar: en determinadas dinámicas del poder cuando este se concentra alrededor de una persona, de su entorno y, finalmente, de su propia familia.


Lord Acton dejó una advertencia que conserva toda su vigencia: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente».


CUANDO LA ESPOSA ENTRA EN LA ARQUITECTURA DEL PODER.


Nicolae Ceaușescu convirtió progresivamente su figura en el centro absoluto del sistema rumano. Pero su esposa, Elena, terminó siendo mucho más que la mujer del dictador.


Se convirtió en dirigente político, en figura de enorme influencia y también en una supuesta autoridad científica. Su prestigio académico fue cuidadosamente construido desde el poder, hasta convertirla en una de las personas más poderosas de Rumanía.


No era simplemente una cuestión familiar.


Era la transformación de la pareja en una estructura de poder.


En la España de Pedro Sánchez no existe, naturalmente, casi nada comparable al régimen de Ceaușescu. España es una democracia constitucional, con pluralismo político, elecciones libres y separación de poderes.


Pero sí hemos asistido a un fenómeno que merece ser observado: la creciente dimensión pública de Begoña Gómez, su actividad empresarial y universitaria, su cátedra en la Universidad Complutense y las relaciones institucionales generadas alrededor de su actividad.


Y aquí aparece una pregunta lógica:


¿Dónde termina la legítima actividad profesional de la esposa del presidente y dónde empieza la influencia inevitable que proporciona estar casada con quien ocupa el poder?


Es una pregunta política.


Porque un privilegio no necesita ser ilegal para producir rechazo.


Cuando alrededor del poder aparecen títulos, oportunidades, accesos institucionales o reconocimientos que difícilmente estarían al alcance de cualquier ciudadano en idénticas condiciones, la sociedad tiene derecho a preguntarse si las reglas son realmente iguales para todos.


EL PARTIDO ANTE EL LÍDER.


Pero quizá el paralelismo más interesante no esté en las esposas.


Está en el partido.


La verdadera fortaleza de un partido democrático no consiste en obedecer a su líder. Consiste en tener dirigentes capaces de decirle que no.


Un partido necesita debate, discrepancia, órganos internos con autonomía y dirigentes territoriales capaces de advertir de los errores.


Cuando la lealtad personal comienza a pesar más que la lealtad a las ideas, ocurre algo peligroso: la disciplina empieza a confundirse con sumisión.


Eso fue llevado al extremo por el ceaușismo. El Partido Comunista Rumano terminó completamente subordinado a la voluntad de Ceaușescu. La crítica interna desapareció y la organización perdió progresivamente su autonomía.


El resultado fue paradójico: cuanto más poderoso parecía el régimen, más frágil se había vuelto la estructura que lo sostenía.


Y cuando cayó Ceaușescu, cayó también el partido.


¿Y EL PSOE?.


Aquí debemos detener la comparación.


El PSOE no es el Partido Comunista Rumano.


Pero eso no impide preguntarse si existe un proceso de personalización excesiva del poder alrededor de Pedro Sánchez y si esa personalización puede terminar provocando una implosión interna.


Un líder que interpreta la discrepancia como una amenaza termina rodeándose de quienes menos incomodan y más obedecen.


El resultado puede parecer fortaleza.


Pero no lo es.


Es uniformidad.


Y la uniformidad impuesta no es estabilidad: es fragilidad acumulada.


El PSOE ha sufrido en Andalucía su peor resultado histórico en unas elecciones autonómicas. Y Andalucía no es un territorio cualquiera: durante décadas fue uno de los grandes pilares electorales y orgánicos del socialismo español.


Por eso la pregunta ya no es solamente cuántos votos puede perder el PSOE.


La pregunta es qué queda de un partido cuando su líder se convierte en el centro de gravedad de toda la organización.


LA POSTRACIÓN.


Quizá el verdadero paralelismo entre ambos matrimonios no esté, por tanto, en sus ideologías ni en sus sistemas políticos.


Está en una dinámica mucho más elemental del poder:


cuando el líder se convierte en imprescindible, el partido empieza a postrarse; cuando el partido se postra, deja de corregir al líder; y cuando deja de corregirlo, comienza a destruirse a sí mismo.


Los Ceaușescu llevaron esa lógica hasta el extremo.


España está, afortunadamente, muy lejos de aquella realidad.


Pero la historia política tiene la desagradable costumbre de advertirnos antes de que aprendamos la lección.


Los partidos no mueren cuando pierden unas elecciones. Empiezan a morir cuando sus militantes dejan de preguntarse si su líder tiene razón y empiezan a preguntarse qué deben decir para que el líder tenga razón.


LUIS FARACO ROLDÁN.

No hay comentarios:

Publicar un comentario