sábado, 8 de agosto de 2026

LA TRANSICIÓN QUE ADMIRAN EN COLOMBIA Y DISCUTEN EN ESPAÑA.

La toma de posesión del nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, convirtió a la Transición española, al consenso constitucional y a Adolfo Suárez en referentes para el futuro de Colombia. Una mirada desde el otro lado del Atlántico que invita a reflexionar sobre cómo valoramos nuestra propia historia.

Hay discursos que se olvidan cuando terminan los aplausos. Y hay otros que dejan una reflexión que trasciende a quien los pronuncia.

La toma de posesión del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, pertenece a esta segunda categoría.

Confieso que me sorprendió escuchar, no una, sino reiteradas referencias a España, a la Transición democrática, al consenso constitucional y a la figura de Adolfo Suárez. Y no sólo en boca del nuevo presidente. También el presidente de la Cámara, ante quien prestó juramento, recurrió a esos mismos referentes para señalar el camino que Colombia aspira a recorrer.

No eran simples citas protocolarias ni gestos de cortesía hacia un país hermano. Eran la reivindicación de un modelo político.

Mientras Colombia mira a la Transición española en busca de inspiración para fortalecer sus instituciones y superar la polarización, en España llevamos años inmersos en un debate permanente sobre aquel mismo proceso histórico. Lo que durante décadas fue estudiado dentro y fuera de nuestras fronteras como un ejemplo de reconciliación política y construcción democrática, hoy se ha convertido, con demasiada frecuencia, en un motivo más de confrontación.

La Transición no fue perfecta. Ninguna obra humana lo es. Cometió errores, dejó cuestiones abiertas y sigue siendo legítimo debatir muchos de sus aspectos. Pero sería profundamente injusto olvidar lo esencial: consiguió que una sociedad profundamente dividida sustituyera el enfrentamiento por el acuerdo; que antiguos adversarios aceptaran convivir bajo unas reglas comunes; que la libertad naciera del consenso y no de la imposición.

Aquella generación comprendió que la democracia no consiste en derrotar definitivamente al adversario, sino en construir instituciones capaces de sobrevivir a las alternancias del poder.

Por eso la figura de Adolfo Suárez continúa despertando admiración más allá de nuestras fronteras. No porque fuera un político perfecto, sino porque simbolizó una forma de entender el liderazgo basada en el diálogo, la generosidad y el sentido de Estado.

Eso fue, precisamente, lo que más me llamó la atención de la ceremonia celebrada en Colombia.

No se evocó a España por su peso económico ni por su influencia internacional. Se evocó a la España que fue capaz de reconciliarse consigo misma. A la España que entendió que el futuro de una nación se construye tendiendo puentes y no levantando trincheras.

Y ahí reside la gran paradoja.

Mientras otros países encuentran en nuestra historia reciente un motivo de inspiración, nosotros parecemos empeñados en convertirla en un motivo permanente de división. Mientras desde el otro lado del Atlántico se reivindica el espíritu del consenso, aquí asistimos demasiadas veces al intento de juzgar el pasado desde las trincheras del presente.

Quizá el mayor homenaje que recibió ayer España no fue el contenido explícito de aquellos discursos pronunciados en Colombia, sino el reconocimiento implícito de que nuestra Transición sigue siendo, casi medio siglo después, un referente para quienes desean fortalecer la democracia y la convivencia.

Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos por qué otros siguen viendo en nuestra historia un ejemplo digno de ser estudiado mientras nosotros discutimos, con tanta facilidad, aquello que hizo posible la etapa de mayor libertad, estabilidad y prosperidad de nuestra historia contemporánea.

Porque una nación no se hace más fuerte cuando reniega de su pasado, sino cuando es capaz de comprenderlo, aprender de él y transmitirlo a las nuevas generaciones con espíritu crítico, pero también con justicia.

Las naciones maduras no incendian los puentes que un día les permitieron cruzar el río de la Historia; los conservan para recordar a las generaciones futuras que la concordia siempre es más difícil de construir que el enfrentamiento… y mucho más valiosa cuando se consigue.

Luis Faraco Roldán

 

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