sábado, 3 de octubre de 2026

EL PAÍS DE LOS PEQUEÑOS PROPIETARIOS.





Hay una cuestión que debería estar en el centro del debate sobre la vivienda y que, sin embargo, el Gobierno parece empeñado en ocultar: España es, fundamentalmente, un país de pequeños propietarios.


El mercado del alquiler no está dominado por grandes fondos de inversión ni por sociedades inmobiliarias con miles de viviendas. Una parte muy importante de las viviendas alquiladas pertenece a particulares que tienen una, dos o unas pocas propiedades.


Y esto cambia completamente el enfoque del problema.


Cuando se aprueban medidas que aumentan las obligaciones, las limitaciones y la inseguridad jurídica del propietario, no se está afectando únicamente a los grandes tenedores. También al ciudadano que tiene un piso alquilado como complemento de sus ingresos, como ahorro para la jubilación o como patrimonio familiar.


Por eso resulta contradictorio que el Gobierno reclame más vivienda disponible mientras mantiene políticas que pueden llevar a algunos propietarios a retirar sus viviendas del mercado.


El problema de la vivienda no se soluciona enfrentando a propietarios e inquilinos. Se soluciona aumentando la oferta: más suelo disponible, más construcción, menos burocracia, costes razonables y seguridad jurídica.


Lo hemos visto estos días con el caso de Maricarmen. El desahucio de una persona concreta se convirtió en un acontecimiento político nacional. Después llegaron las acampadas, las declaraciones, las acusaciones y los decretos.


Pero el problema sigue siendo el mismo: hacen falta viviendas.


Y aquí aparece la pregunta que debería contestar el Gobierno: ¿cuántas viviendas nuevas han conseguido poner en el mercado sus políticas?


No cuántas declaraciones han hecho. No cuántos decretos han aprobado. Cuántas viviendas.


Porque una norma no construye por sí sola una vivienda. Y si las condiciones para alquilar se vuelven más inciertas, algunos propietarios pueden decidir no hacerlo. Menos oferta no es necesariamente una receta para conseguir alquileres más baratos sino todo lo contrario.


El debate no puede reducirse a una supuesta batalla entre pequeños propietarios y grandes fondos. La estructura de la propiedad inmobiliaria española es mucho más atomizada.


No se puede convertir en legislador ni en Gobierno a un grupo marginal porque haya montado una acampada y tenga cien tiendas Quechua compradas con los «fondos buitre» de la política.


Las democracias representativas tienen instituciones, Parlamentos y gobiernos elegidos en las urnas. Las decisiones no pueden quedar condicionadas por quien consiga hacer más ruido en la calle, ocupar una plaza o convertir un caso particular en un espectáculo político.


Ya lo advirtieron los antiguos griegos: el riesgo de la democracia es la demagogia. Y la demagogia puede terminar desembocando en la oclocracia: el gobierno de la muchedumbre.


La política de vivienda exige algo bastante menos espectacular: construir, facilitar y dar seguridad jurídica.


España es un país de pequeños propietarios. Cualquier política de vivienda que ignore esa realidad corre el riesgo de agravar aquello que pretende resolver.


Luis Faraco Roldán.

viernes, 2 de octubre de 2026

EL FRACASO DE LOS «DECRETOS MARICARMEN».






El Gobierno ha recibido hoy un doble varapalo. El Congreso ha rechazado los dos decretos de vivienda que Pedro Sánchez presentó como respuesta al caso de Maricarmen. El primero por 178 votos frente a 172 y el segundo por 184 frente a 166.


Pero la derrota parlamentaria es solamente una parte del fracaso. Lo ocurrido demuestra también la utilización política de un caso particular para intentar sacar adelante, por la vía del decreto, unas medidas que el Gobierno sabía que no contaban con el respaldo suficiente del Parlamento.


Durante días hemos asistido a una operación perfectamente organizada alrededor de la acampada de la Puerta del Sol. El llamado Sindicato de Inquilinas convirtió el caso Maricarmen en bandera política y trató de trasladar la presión de la calle al Congreso. La Delegación del Gobierno permitió la acampada y TVE le proporcionó una cobertura extraordinaria para una movilización que, a la hora de la verdad, reunió a unas pocas centenas de personas.


La operación ha terminado como tenía que terminar: los decretos han sido rechazados.


Pero hay algo todavía más grave.


Los decretos de hoy constituyen una nueva demostración de la falta de respeto del Gobierno por la división de poderes.


Hace apenas 22 días, el Congreso de los Diputados aprobó por mayoría los ocho puntos de una moción sobre vivienda. Entre ellos estaban la derogación de la Ley de Vivienda, la reforma de la Ley del Suelo, la lucha contra la ocupación ilegal, la reducción del IVA de la primera vivienda nueva al 4 %, la ampliación de avales para jóvenes, la simplificación de licencias y la movilización de suelo público para vivienda asequible y social.


El Parlamento había fijado una posición política mediante una votación democrática. No era una propuesta de los acampados de Sol. No era una reivindicación de un sindicato. Era una decisión del Poder Legislativo.


Y 22 días después, el Gobierno presenta dos reales decretos-ley que van en dirección contraria a buena parte de aquello que el Congreso había aprobado.


Esto no es respetar la división de poderes.


El Gobierno no respeta al Poder Judicial cuando una resolución judicial no le gusta y tampoco respeta al Poder Legislativo cuando una mayoría parlamentaria no coincide con sus intereses.


Gobernar no consiste en aprobar por decreto aquello que no se consigue aprobar en el Parlamento. Para eso está precisamente la división de poderes.


Y lo ocurrido hoy tiene además otra vertiente especialmente preocupante. Hemos visto a ministros y dirigentes de la izquierda señalar con nombres y apellidos a dirigentes y diputados del PP, Vox y Junts por su decisión de votar en contra de los decretos. Sánchez llegó a plantear que esos partidos debían demostrar «de qué lado están» y desde Sumar se llegó a hacer corresponsables a PP, Vox y Junts de posibles muertes y sufrimientos si votaban en contra.


Un diputado no tiene que pedir permiso al Gobierno para votar. Tiene que votar libremente y responder ante sus electores.


Nuestra democracia se construyó precisamente para que el adversario político pueda votar diferente sin ser señalado como enemigo.


Nuestra historia ya conoció demasiadas veces la intimidación política y la negación del adversario como legítimo representante de una parte de la sociedad. No deberíamos volver a ese camino.


En una democracia representativa, la calle protesta. El Parlamento decide.


Las pancartas no sustituyen a las urnas. Las acampadas no sustituyen al Congreso.


Y hoy el Congreso ha decidido. Dos veces. Y dos veces ha dicho no.


El fracaso es doble. Ha fracasado el Gobierno y ha fracasado la operación política del llamado Sindicato de Inquilinas, que pretendía condicionar desde la calle la decisión de los diputados.


También ha quedado en evidencia la distancia entre la dimensión real de la protesta y la enorme repercusión mediática que ha recibido. Durante días parecía que Sol estaba protagonizando una movilización social multitudinaria. Hoy, cuando llegó el momento de contar votos, la realidad fue muy distinta.


Y eso es lo que importa en una democracia parlamentaria: los votos, no las pancartas.


Los decretos tampoco iban a solucionar el problema de la vivienda. No iban a construir las viviendas que faltan, no iban a crear suelo, no iban a conseguir que bajaran los alquileres ni iban a resolver la emancipación de los jóvenes.


Los decretos no construyen casas.


El problema de la vivienda sigue donde estaba.


Y ahora el problema lo tiene Pedro Sánchez.


Porque esta derrota vuelve a demostrar que el Gobierno no dispone de una mayoría parlamentaria estable para sacar adelante su política. Y cuando un Gobierno no puede gobernar porque no consigue los votos necesarios en el Parlamento, tiene dos posibilidades: negociar y aceptar las decisiones de la mayoría parlamentaria o devolver la palabra a los ciudadanos.


Después del fracaso de los «decretos Maricarmen», creo que ha llegado el momento de que Pedro Sánchez tome una decisión.


CONVOCAR ELECCIONES ANTES DE NAVIDAD.


Que sean los españoles quienes decidan.


Porque una legislatura no puede convertirse en una resistencia permanente contra el Parlamento.


Sánchez tiene la palabra. Y los españoles tienen que tener la urna.


Luis Faraco Roldán.