martes, 25 de agosto de 2026

ORMUZ NOS ENSEÑA EL VALOR DE GIBRALTAR.







La geografía vuelve a mandar.


Ormuz nos está enseñando una lección que Europa no puede permitirse ignorar: quien garantiza la seguridad del Estrecho de Gibraltar no protege solo a España; protege una de las grandes arterias comerciales de Occidente.


Durante demasiado tiempo hemos contemplado los grandes estrechos marítimos como simples accidentes geográficos. No lo son. Son puntos estratégicos cuya seguridad puede determinar el funcionamiento de la economía mundial.


Ormuz acaba de demostrarlo.


Antes de la actual crisis, por este estrecho circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportados diariamente en el mundo. El volumen de crudo y productos petrolíferos cayó de una media de 21,6 millones de barriles diarios en el último trimestre de 2025 a solo 4,9 millones en el segundo trimestre de 2026. 


Las consecuencias no se quedan en el golfo Pérsico. Afectan al petróleo, al gas, a los fletes, a los seguros marítimos, a las cadenas de suministro y, finalmente, a la economía de millones de ciudadanos.


Eso es lo que significa poder condicionar una vía marítima estratégica.


Y debería hacernos mirar inmediatamente hacia Gibraltar.


GIBRALTAR NO ES UNA FRONTERA MÁS.


Por el Estrecho de Gibraltar transitan más de 100.000 buques cada año. La propia Estrategia Nacional de Seguridad Marítima española advierte de que un incidente grave que afectase a ese tráfico podría tener serias consecuencias para la economía mundial.


Por aquí se comunican el Atlántico y el Mediterráneo y discurren algunas de las principales rutas comerciales entre Europa, África, América y Asia.


Por eso el Estrecho no puede contemplarse únicamente como una frontera española.


Es una vía esencial para Occidente.


CEUTA, MELILLA Y LAS PLAZAS ESPAÑOLAS.


Desde esta perspectiva debemos contemplar también Ceuta, Melilla, las Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera y Alborán.


No son vestigios de un pasado congelado en los libros de Historia. Son posiciones españolas situadas junto a una de las grandes rutas marítimas del planeta, en un espacio donde confluyen intereses comerciales, energéticos, militares y de seguridad.


Ceuta ocupa una posición excepcional en la entrada occidental del Mediterráneo.


Por eso reducir toda esta cuestión a un simple contencioso bilateral entre España y Marruecos supone perder de vista su verdadera dimensión.


La pregunta que debería hacerse Europa es otra:


¿Quién garantiza la seguridad y la libertad de navegación en esta puerta marítima esencial?


España es una democracia europea, miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Su presencia en esta zona contribuye a la vigilancia y seguridad de una ruta de importancia internacional.


MARRUECOS: UNA REIVINDICACIÓN VIGENTE.


Y aquí debemos hablar con claridad.


Marruecos mantiene una reivindicación territorial sobre Ceuta y Melilla. No es una cuestión histórica académica.


El pasado 21 de agosto, el ministro marroquí de Justicia volvió a afirmar que ambas ciudades constituyen un supuesto “derecho histórico y geográfico” de Marruecos, reclamando incluso un mecanismo de diálogo sobre su futuro. El Gobierno español respondió con un “rechazo tajante”, reafirmando que Ceuta y Melilla forman parte de la soberanía española.


No debemos aceptar, por tanto, el marco que pretende presentar estas ciudades como una cuestión colonial pendiente o como territorios cuyo futuro deba negociarse con Marruecos.


Ceuta y Melilla son españolas. Y, por ello, son también ciudades de la Unión Europea.


Pero hay algo todavía más importante: la reivindicación marroquí no debería conseguir que Europa pierda de vista el verdadero valor estratégico de estas posiciones.


El valor de Ceuta no se mide solamente en kilómetros cuadrados.


UNA RESPONSABILIDAD TAMBIÉN PARA ESPAÑA.


Esta realidad debería exigirnos una política de Estado a la altura de nuestra posición geográfica.


España necesita una política exterior coherente con sus intereses estratégicos, una defensa suficientemente sólida y una política migratoria y demográfica concebida con visión de largo plazo.


No parece prudente convertir la política exterior en una sucesión de gestos contra unos u otros aliados, ni deteriorar las relaciones con Estados Unidos, Israel o nuestros socios europeos por razones de política doméstica o posiciones ideológicas coyunturales cuando están en juego intereses permanentes de seguridad.


Tampoco parece prudente abordar transformaciones demográficas de gran magnitud sin planificación, integración y evaluación rigurosa de sus consecuencias.


La inmigración ordenada, legal e integrada puede contribuir al desarrollo de una sociedad. Pero los cambios demográficos bruscos no son una cuestión electoral: son transformaciones históricas.


Las políticas de regularización, inmigración y acceso a la nacionalidad deben valorar sus consecuencias sobre la vivienda, el empleo, la educación, los servicios públicos, la cohesión social y la sostenibilidad del Estado de bienestar.


Porque el Estado de bienestar no apareció por generación espontánea. Es el resultado de décadas de crecimiento económico, empleo, esfuerzo fiscal e instituciones.


Modificar profundamente esos equilibrios sin una planificación suficiente puede generar una factura cuyo importe tendrán que afrontar generaciones que todavía no han nacido.


LA LECCIÓN DE ORMUZ.


Durante años Europa creyó que la globalización había reducido la importancia de la geografía.


Ucrania, el mar Rojo y ahora Ormuz están demostrando lo contrario.


La geografía ha vuelto.


Las rutas energéticas importan. Los puertos importan. La capacidad para proteger las rutas comerciales importa. Y también importa quién ocupa las posiciones estratégicas desde las que esas rutas pueden ser vigiladas y protegidas.


China lo sabe perfectamente. Washington también.


Europa debería saberlo.


Y España, por encima de todos, debería comprenderlo.


Lo que ocurre en Ormuz nos ofrece una lección que no deberíamos desperdiciar:


una vía marítima internacional puede ser internacional y, sin embargo, extraordinariamente vulnerable.


Por eso Ceuta importa.


Por eso Melilla importa.


Por eso las Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera y Alborán importan.


Y, sobre todo, por eso el Estrecho de Gibraltar importa a Europa.


No estamos hablando simplemente de unos territorios situados frente a las costas de Marruecos.


Estamos hablando de una de las grandes puertas marítimas del mundo.


El Estrecho de Gibraltar no es una frontera española; es una de las puertas estratégicas de Occidente.


Luis Faraco Roldán

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