CUANDO LA TIERRA TIEMBLA, EL ESTADO TIENE QUE ESTAR.
«Los grandes hombres se conocen en las grandes adversidades.»
Séneca.
Antesdeayer terminaba la primera parte de este artículo anunciando que hoy hablaríamos del nuevo tablero en el que Colombia empieza a adquirir una importancia extraordinaria.
Pero esta vez la realidad obliga a cambiar el rumbo.
Colombia ha sufrido una tragedia.
El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el país ha dejado ya, según el último balance conocido, 250 fallecidos, cientos de heridos y decenas de desaparecidos. Hay viviendas destruidas, edificios colapsados y miles de personas que han perdido prácticamente todo. Las labores de rescate continúan y todavía se buscan supervivientes entre los escombros.
Y cuando una tragedia alcanza estas dimensiones, todo lo demás pasa a un segundo plano.
Antes de hablar de política, de gobiernos o de elecciones, quiero expresar mi solidaridad con las familias que han perdido a sus seres queridos, con los heridos, con quienes han perdido sus hogares y con todos los colombianos que están viviendo estas horas de angustia.
Desde España, donde llevo décadas observando y viajando a Colombia, solo puedo decirles una cosa:
mi pensamiento está con Colombia.
CUANDO EL ESTADO TIENE QUE ESTAR.
Abelardo de la Espriella llevaba apenas unos días en la Presidencia cuando la tierra comenzó a temblar.
No ha tenido tiempo para una transición tranquila, para acomodarse en el cargo ni para desarrollar su programa.
La realidad le ha colocado directamente delante de una emergencia nacional.
Y su respuesta ha sido ponerse al frente.
El presidente se desplazó hacia las zonas afectadas, mientras distintos ministros y responsables del Gobierno fueron enviados a los departamentos golpeados por el terremoto.
No se trata de una cuestión menor.
Cuando una catástrofe afecta simultáneamente a distintas regiones, el Estado tiene que llegar allí donde están las víctimas.
No basta con dirigir desde Bogotá.
Hay que coordinar, decidir, movilizar recursos y estar junto a quienes lo han perdido todo.
Hay momentos en los que la presencia importa tanto como las palabras.
Y este es uno de ellos.
ENTRE LOS ESCOMBROS.
Quizá la imagen que mejor resume estas últimas horas no sea la de un presidente pronunciando un discurso.
Sea la de los equipos de rescate trabajando entre los escombros.
Bomberos, militares, policías, sanitarios, voluntarios y perros de rescate buscando señales de vida.
Personas que pasan horas removiendo toneladas de materiales con la esperanza de escuchar una voz.
Y, algunas veces, ocurre el milagro.
Como ocurrió con el rescate de personas que habían permanecido durante horas atrapadas bajo los escombros.
En medio de una tragedia de estas dimensiones, cada vida salvada importa.
Cada superviviente es una victoria.
Cada familia que vuelve a abrazar a uno de los suyos representa una pequeña luz en medio de una catástrofe.
Por eso creo que debemos mirar también a quienes están trabajando allí.
Porque un país no es solamente su Gobierno.
Un país también son sus ciudadanos cuando se ayudan unos a otros.
Y Colombia está demostrando en estas horas que debajo de los edificios derrumbados hay también algo que no ha conseguido derribar el terremoto: la solidaridad.
LA AUTORIDAD NO ES UN DISCURSO.
Abelardo llegó a la Presidencia hablando de autoridad.
Ahora tiene delante una situación en la que la autoridad no se puede proclamar.
Se tiene que demostrar.
Y no solamente frente al narcotráfico, frente a los grupos armados o frente a quienes desafían al Estado.
También cuando un ciudadano necesita ser rescatado.
Cuando una familia necesita ayuda.
Cuando una población necesita alimentos, medicinas, agua, alojamiento y seguridad.
Por eso creo que todavía es demasiado pronto para juzgar la gestión de Abelardo.
La emergencia continúa.
La reconstrucción ni siquiera ha comenzado.
Habrá tiempo para evaluar errores, aciertos, retrasos y decisiones.
Pero sí podemos reconocer una cosa:
el nuevo presidente ha decidido estar al frente de la crisis desde el primer momento.
Y eso es exactamente lo que se espera de quien acaba de asumir la responsabilidad de gobernar un país.
LA AYUDA NO TIENE BANDERAS.
Hay otro asunto que merece una reflexión.
En una catástrofe de esta magnitud, la ayuda internacional puede resultar decisiva.
Distintos países han ofrecido equipos de rescate, personal especializado, material médico y ayuda humanitaria.
En los primeros momentos hubo controversia sobre la aceptación de determinados equipos extranjeros, pero Colombia ha activado posteriormente los mecanismos para recibir ayuda internacional.
Creo que aquí hay una regla que debería estar por encima de cualquier Gobierno:
cuando hay vidas en juego, toda ayuda capaz de salvarlas debe ser bienvenida.
No importa de dónde venga.
No importa quién la ofrezca.
No importa qué bandera lleve.
Si puede sacar a una persona de debajo de los escombros, debe llegar.
Porque ante una tragedia así no existen gobiernos de izquierdas o de derechas.
No existen aliados o adversarios.
Existen seres humanos que necesitan ser salvados.
Y ENTONCES APARECE LA POLÍTICA.
Precisamente por eso me ha llamado la atención la reacción de Gustavo Petro.
El expresidente pidió a los funcionarios de la UNGRD que informaran sobre lo ocurrido en Hidroituango tras el terremoto.
La preocupación por una infraestructura crítica es perfectamente legítima. Un terremoto de esta magnitud obliga a revisar cualquier instalación estratégica.
Pero también importa el momento.
Cuando Colombia está contando sus muertos, buscando desaparecidos y tratando de rescatar personas entre los escombros, uno espera que quienes han gobernado el país durante los últimos cuatro años tengan, ante todo, unas palabras para las víctimas.
No quiero hacer de esta tragedia una batalla partidista.
No sería justo con quienes están sufriendo.
Pero tampoco creo que debamos dejar de observar cómo reaccionan los dirigentes cuando la realidad les coloca delante una crisis que no admite discursos.
AHORA TOCA LEVANTARSE.
Después vendrá la reconstrucción.
Será larga.
Será costosa.
Y exigirá enormes recursos.
Habrá que reconstruir viviendas, carreteras, hospitales, escuelas, infraestructuras y, sobre todo, devolver a miles de familias una normalidad que el terremoto les ha arrebatado en cuestión de segundos.
Y ahí será cuando podamos empezar a juzgar realmente la capacidad del nuevo Gobierno.
Pero hoy no.
Hoy toca rescatar.
Hoy toca ayudar.
Hoy toca acompañar.
Hoy toca estar.
Porque la autoridad no se proclama. Se demuestra cuando llega la hora de estar al frente.
Y quizá esa sea la primera gran lección que este terremoto está dejando al nuevo Gobierno colombiano.
No será la última.
Pero será una de las más importantes.
Colombia tendrá tiempo para discutir de política.
Tendrá tiempo para discutir de economía.
Tendrá tiempo para discutir de Petro, de Abelardo, de izquierdas y de derechas.
Hoy no.
Hoy Colombia necesita algo mucho más sencillo y mucho más importante:
que nadie que pueda ayudar mire hacia otro lado.
Desde aquí, mi solidaridad con las víctimas, con sus familias y con todos los colombianos.
Y mi reconocimiento a quienes, en estas horas terribles, están trabajando entre los escombros para salvar vidas.
Porque cuando la tierra tiembla, las banderas pueden esperar.
Primero están las personas.
— Luis Faraco Roldán
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