lunes, 14 de septiembre de 2026

CUANDO EL ÉXITO DE MADRID MOLESTA A SÁNCHEZ.





«La categoría de un político se demuestra cuando es capaz de reconocer el éxito de su adversario.»


Madrid acaba de celebrar su primer Gran Premio de España de Fórmula 1. Más de 350.000 espectadores han acudido durante el fin de semana a un acontecimiento retransmitido internacionalmente, con decenas de miles de visitantes procedentes de fuera de Madrid y unas previsiones de impacto económico de 467 millones de euros, según PwC.


Es uno de los grandes acontecimientos deportivos del mundo. Y, sin embargo, el Gobierno de España decidió mantenerse al margen.


No estuvo Pedro Sánchez. No estuvo ninguno de sus ministros. Tampoco el ministro responsable de Deportes. La representación institucional estuvo encabezada por el Rey y sus hijas, mientras que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, principales impulsores del proyecto, sí estuvieron presentes.


Podría ser simplemente una cuestión de agenda. Pero entonces apareció Óscar Puente.


El ministro calificó el Gran Premio de «auténtico truño» y describió la carrera como un «trenecito de coches». No estamos ante una crítica técnica ni ante una discrepancia sobre el coste del proyecto. Es una descalificación frontal de un acontecimiento que acaba de situar a Madrid en el calendario mundial de la Fórmula 1.


Puente tiene todo el derecho a que no le guste la Fórmula 1. Lo que resulta más difícil de comprender es que un ministro del Gobierno de España sea incapaz de reconocer la importancia de un acontecimiento internacional que proyecta la imagen de España y genera actividad económica.


No tenía que elogiar a Isabel Díaz Ayuso. Bastaba con reconocer un hecho: Madrid ha organizado un gran acontecimiento internacional y ha sido capaz de atraer a cientos de miles de personas.


Un político con altura de miras puede decir: «No comparto el modelo de Ayuso, pero esto es bueno para Madrid y para España».


Ahí está precisamente la diferencia entre la política de Estado y la política de trincheras.


Porque el verdadero problema quizá no sea la Fórmula 1. El problema es quién puede apuntarse el éxito.


Ayuso lleva años haciendo de la atracción de inversiones, empresas, turismo y grandes acontecimientos internacionales una de las señas de identidad de su gestión. Si la Fórmula 1 triunfa en Madrid, la principal beneficiaria política será inevitablemente ella.


Y eso puede resultar incómodo para Pedro Sánchez.


No podemos afirmar que Sánchez ordenara a Puente atacar el Gran Premio. No existe esa prueba. Pero sí podemos observar los indicios: ausencia del Gobierno, ausencia del ministro de Deportes, descalificación pública de un ministro y, hasta ahora, ninguna desautorización de Puente por parte de Sánchez, Moncloa o el PSOE.


El silencio no demuestra una orden. Pero políticamente tampoco es irrelevante.


La pregunta, por tanto, no es si Sánchez escribió el mensaje de Puente. Es otra:


¿Por qué, después de que un ministro del Gobierno calificara de «truño» el Gran Premio de España, nadie dentro del Gobierno consideró necesario defender la importancia de un acontecimiento que proyecta internacionalmente a nuestro país?


Quizá porque reconocer el éxito de Madrid significaría, inevitablemente, reconocer también el éxito de Ayuso.


Y ahí aparece una paradoja reveladora: mientras la Corona acudía a representar a España, mientras cientos de miles de personas llenaban Madrid y mientras el mundo contemplaba el estreno del nuevo circuito, un ministro del Gobierno se dedicaba a ridiculizarlo.


No sabemos si Sánchez ordenó la descalificación. Lo que sí sabemos es que nadie pareció considerar necesario desautorizarla.


Y quizá eso diga bastante de la política española actual.


Porque un adversario político puede ser combatido. Lo que exige verdadera categoría es saber reconocer cuando ha hecho algo bien.


Y parece que para Sánchez y su Gobierno reconocer un éxito de Ayuso puede resultar más difícil que ganar una carrera.


Luis Faraco

domingo, 13 de septiembre de 2026

EL MODELO DE INMIGRACIÓN DE LA IZQUIERDA.






¿A quién quiere España: al inmigrante que invierte, trabaja y emprende o al que depende del Estado?


España necesita inmigración. Es una realidad demográfica, económica y laboral que difícilmente puede discutirse.


La cuestión, por tanto, no es «inmigración sí o inmigración no». La verdadera pregunta es otra:


¿Qué inmigración necesita España, en qué cantidad y bajo qué criterios debe favorecerse su llegada, su integración y su permanencia?


Y ahí comienza un debate que, demasiadas veces, se pretende cerrar antes incluso de abrirlo.


¿POR QUÉ SE EXPULSA AL CAPITAL CUANDO FALTA VIVIENDA?


España decidió acabar con las llamadas Golden Visa, los permisos de residencia vinculados a determinadas inversiones extranjeras. La eliminación entró en vigor el 3 de abril de 2025. 


El argumento fundamental del Gobierno fue la vivienda.


Entre 2013 y 2023 se concedieron 14.576 Golden Visa vinculadas a inversiones inmobiliarias. El 90% se concentró en seis territorios: Barcelona, Madrid, Málaga, Alicante, Baleares y Valencia. En determinados mercados locales llegaron a representar porcentajes significativos de las compraventas: el 7,1% en Marbella, el 5,3% en Barcelona y hasta el 10% en algunos municipios de Baleares. 


Desde 2016 hasta enero de 2024, las inversiones asociadas a estos visados inmobiliarios superaron los 10.014 millones de euros, con una inversión media superior a 950.000 euros. 


Es razonable discutir el impacto que este tipo de demanda podía tener en determinados mercados locales.


Pero hay un dato que obliga a poner las cosas en perspectiva.


El Banco de España calcula que entre 2021 y 2025 se acumuló un déficit de aproximadamente 750.000 viviendas, resultado de la diferencia entre la construcción de vivienda residencial terminada y la creación neta de hogares. 


Y entonces surge una pregunta incómoda:


Si faltan cientos de miles de viviendas, ¿por qué la respuesta consiste en eliminar compradores solventes en lugar de construir las viviendas que faltan?


Porque hay algo evidente:


Eliminar compradores no construye viviendas.


Y todavía hay otra cuestión.


Si el problema eran las Golden Visa inmobiliarias, ¿por qué se terminó eliminando todo el régimen de inversores, incluidas otras vías vinculadas a inversiones en empresas, fondos, deuda pública, depósitos o determinados proyectos empresariales?


La propia discusión debería distinguir entre inversión inmobiliaria y capital productivo.


Porque no todo el capital extranjero compite por una vivienda.


¿QUÉ INMIGRACIÓN ESTAMOS FAVORECIENDO?


Mientras se cerraba la puerta a determinados inversores, España continuaba experimentando un fuerte crecimiento de su población nacida en el extranjero.


A 1 de julio de 2026 España tenía 49.801.559 habitantes, máximo histórico.


De ellos, 10.291.807 habían nacido en el extranjero.


El INE señala, además, que el crecimiento de la población española se debe al aumento de las personas nacidas fuera de España, mientras disminuye la población nacida en nuestro país. 


No estamos hablando, por tanto, de un fenómeno marginal.


Estamos hablando de uno de los principales factores que están transformando la sociedad española.


Al mismo tiempo, la Seguridad Social registraba en agosto 3.551.759 afiliados de nacionalidad extranjera, 482.490 más que un año antes. 


Estas dos cifras no son directamente comparables: una se refiere al lugar de nacimiento y la otra a la nacionalidad y a la afiliación. Sería un error utilizar su diferencia para afirmar que millones de inmigrantes «no trabajan» o «no contribuyen».


Pero precisamente por eso hay una pregunta que debería hacerse con absoluta normalidad:


¿Cuál es la situación laboral, contributiva y fiscal del conjunto de las personas nacidas en el extranjero que no aparecen en la cifra de afiliación?


No es una pregunta contra la inmigración.


Es una pregunta sobre el modelo de inmigración.


Porque no es lo mismo incorporar a una sociedad a una persona que llega para trabajar, emprender, invertir, cotizar y construir su proyecto de vida que incorporar a una persona cuya relación con el Estado comienza fundamentalmente alrededor de mecanismos de protección y asistencia.


REGULARIZAR NO ES LO MISMO QUE INTEGRAR


En 2026 España ha puesto en marcha además un proceso extraordinario de regularización.


El plazo terminó el 30 de junio con 1.174.978 solicitudes. El 79,6% correspondía a autorizaciones por arraigo extraordinario y el 20,4% a solicitantes de protección internacional. 


Aquí también conviene evitar simplificaciones.


El propio Gobierno reconoce que el 87% de los solicitantes está en edad laboral y que, a 30 de junio, el proceso había generado 159.097 nuevas afiliaciones a la Seguridad Social. Posteriormente, a 31 de agosto, la cifra de afiliados en alta procedentes del proceso extraordinario ascendía a 337.917. 


Es decir:


No sería serio presentar al inmigrante irregular como sinónimo de persona improductiva.


Muchos trabajan. Muchos quieren trabajar. Muchos contribuyen.


Pero eso no elimina la pregunta política.


¿Qué debe presidir una política migratoria?


¿La existencia de empleo?


¿Las necesidades reales del mercado laboral?


¿La cualificación?


¿La inversión?


¿El arraigo?


¿La protección humanitaria?


Probablemente una combinación de varios criterios.


Lo que sí deberíamos discutir es si la vulnerabilidad debe ser una situación que el Estado ayuda a superar o convertirse en un criterio permanente de acceso y permanencia.


Porque una cosa es proteger al vulnerable.


Y otra muy distinta es convertir la vulnerabilidad en un modelo de política migratoria.


¿CASUALIDAD, IDEOLOGÍA O INCENTIVO ELECTORAL?


Y llegamos al asunto más delicado.


¿Puede existir un incentivo electoral para que determinados partidos prefieran una población más dependiente de las políticas públicas?


No porque todos los inmigrantes sean de izquierdas.


No porque todos los pobres voten a la izquierda.


Y, desde luego, no podemos afirmar que exista un plan deliberado para «importar votantes».


Pero negar siquiera la existencia de indicios sería cerrar los ojos ante una cuestión que merece ser investigada.


No podemos afirmar el plan. Sí podemos plantear la sospecha.


Y podemos plantearla a partir de una cuestión elemental: los incentivos importan en política.


Una persona económicamente independiente dispone, en principio, de mayor margen para decidir su voto atendiendo a una pluralidad de intereses: impuestos, vivienda, seguridad, educación, pensiones, empleo, regulación, propiedad o libertad económica.


Una persona cuya situación depende en mayor medida de determinadas políticas públicas puede tener otros incentivos.


Esto no determina su voto.


Pero puede influir.


Y precisamente por eso merece ser estudiado.


La cuestión no es si un inmigrante pobre votará a la izquierda. La cuestión es si una política que aumenta el número de ciudadanos dependientes de determinadas decisiones del Estado puede generar, a largo plazo, un incentivo electoral para quienes controlan esas decisiones.


Es una hipótesis.


Pero es una hipótesis legítima.


EL CIUDADANO AUTÓNOMO Y EL CIUDADANO DEPENDIENTE.


Aquí aparece la verdadera cuestión ideológica.


Buena parte de la izquierda contemporánea ha construido su discurso alrededor de la protección de colectivos considerados vulnerables: trabajadores precarios, personas con bajos ingresos, familias en riesgo de exclusión, minorías o inmigrantes.


Es una concepción política legítima y perfectamente discutible en democracia.


El problema aparece cuando la protección deja de ser un instrumento para recuperar la autonomía y se convierte en una relación permanente entre ciudadano y Estado.


Porque existe una diferencia fundamental entre ayudar a una persona a volver a caminar por sí misma y construir un sistema en el que necesite permanentemente que otro camine por ella.


La tradición liberal parte de una idea diferente.


El ciudadano no es, ante todo, un miembro de un colectivo cuya vida debe ser administrada por el poder.


Es un individuo.


Una persona con derechos, pero también con responsabilidades.


Con libertad, pero también con capacidad de decidir sobre su propio destino.


Con derecho a recibir ayuda cuando realmente la necesita, pero también con el derecho —y la obligación— de intentar vivir sin depender permanentemente de ella.


Y aquí la inmigración deja de ser solamente una cuestión demográfica.


Se convierte en una cuestión de modelo de sociedad.


NO SE TRATA DE CERRAR LAS FRONTERAS.


España necesita inmigrantes.


Necesita médicos, ingenieros, investigadores, empresarios, agricultores, transportistas, profesionales cualificados y trabajadores que quieran ganarse la vida y contribuir al país.


Necesita también una política humanitaria capaz de proteger a quien realmente necesita protección.


Pero necesita, sobre todo, una política migratoria que favorezca el trabajo, la integración, la iniciativa, la propiedad, la responsabilidad y la autonomía personal.


Si España necesita vivienda, construyamos vivienda.


Si necesita trabajadores, atraigamos trabajadores.


Si necesita inversión, facilitemos la inversión.


Si necesita empresarios, investigadores o profesionales cualificados, hagamos que España sea un país atractivo para ellos.


Y si alguien necesita protección, protejámoslo.


Pero no confundamos protección con dependencia.


Porque la libertad y la responsabilidad son inseparables.


Y esa es, probablemente, la pregunta que deberíamos hacernos antes de decidir qué modelo migratorio queremos:


¿Estamos construyendo una sociedad de ciudadanos cada vez más libres, autónomos y responsables de su propio futuro, o una sociedad cada vez más dependiente de un Estado que después decide quién recibe qué?


Porque al final la discusión no es solamente sobre inmigración.


Es sobre qué tipo de ciudadano y qué tipo de sociedad queremos construir.


Luis Faraco Roldán

viernes, 11 de septiembre de 2026

SÁHARA Y MARRUECOS: ¿CON QUIÉN ESTÁ REALMENTE SÁNCHEZ?





Esta es una incoherencia más —y ya van unas cuantas— del Gobierno de Sánchez, que camina como pollo sin cabeza. O, quizá, pretende poner una vela a cada santo para engañar a todos y seguir aferrado a la Moncloa.


En 2022 Sánchez dio un giro histórico en la política española sobre el Sáhara y asumió la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto.


Y ahora su Gobierno impulsa la concesión de la nacionalidad española a decenas de miles de saharauis y a sus descendientes.


Pues habrá que preguntarle a Sánchez cómo se compaginan ambas cosas.


Si el futuro del Sáhara que él defiende pasa por una autonomía dentro de Marruecos, ¿cómo explica que ahora trate a los saharauis como un colectivo con un vínculo nacional español específico que hay que recuperar y extender incluso a sus descendientes?


Porque una cosa y la otra no casan.


No se puede estar a la vez con Marruecos y con los saharauis dependiendo de dónde sople el viento.


Y esta política errática, unida al enfrentamiento permanente con nuestros socios naturales, tiene inevitablemente un coste: desconcierto, desconfianza y pérdida de credibilidad de España en el concierto internacional.


La política exterior y la diplomacia son asuntos demasiado serios como para convertirlos en un ejercicio permanente de improvisación y oportunismo.


Y lo que estamos viendo hacer a este presidente y a este ministro de Exteriores se parece cada vez menos a una política exterior de Estado y cada vez más a una representación de bufones.


España merece algo bastante mejor.


«Es siempre un error en diplomacia presionar un asunto cuando está claro que no se puede avanzar más.»

— Winston Churchill


Luis Faraco Roldán

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿EN QUÉ ESTABA EL MINISTERIO DEL INTERIOR: EN PROTEGERNOS O EN CLASIFICARNOS?






Hay documentos que explican mucho más por lo que contienen que por lo que sus autores pretendían que significaran.


El dossier elaborado en 2024 por la Oficina de Comunicación del Ministerio del Interior, con 54 páginas y fichas de 280 periodistas y tertulianos, es uno de ellos.


Fotografías. Trayectorias profesionales. Medios en los que trabajan. Y, junto a todo ello, algo mucho más difícil de entender: valoraciones sobre su orientación ideológica y sobre su posición respecto al Gobierno.


A unos se les identifica como próximos al PSOE o favorables al Gobierno. A otros como de derechas, críticos o «anti-Sánchez».


Y entonces surge una pregunta que, a mi juicio, nadie puede evitar:


¿Para qué necesitaba el Ministerio del Interior clasificar ideológicamente a los periodistas?


UNA COSA ES CONOCER LOS MEDIOS. OTRA, CLASIFICAR A QUIENES INFORMAN.


Interior sostiene que se trataba de un documento interno de trabajo destinado a conocer el panorama mediático y mejorar la comunicación del Ministerio.


Puede ser.


Pero esa explicación no resuelve la cuestión fundamental.


Para saber qué piensa un periodista sobre una determinada política basta con leer sus artículos, escuchar sus intervenciones o consultar sus trabajos.


Para saber qué línea editorial mantiene un periódico, basta con conocer ese periódico.


Otra cosa muy distinta es elaborar una ficha personal, con fotografía, trayectoria e ideología atribuida.


Ahí ya no estamos solamente analizando información.


Estamos perfilando personas.


Y cuando quien realiza ese perfilado es un Ministerio del Gobierno, la pregunta adquiere una dimensión mucho mayor.


¿POR QUÉ INTERIOR?


Porque el Ministerio del Interior no es un partido político.


No es una organización electoral.


Y tampoco es un gabinete privado de comunicación.


Es el departamento responsable, entre otras materias, de la seguridad ciudadana, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y la protección de nuestras fronteras.


Por eso la pregunta que da título a este artículo no es retórica.


Es una pregunta política y democrática:


¿Estaba el Ministerio dedicando más energía a saber quiénes éramos ideológicamente los periodistas que a garantizar que los ciudadanos estuviéramos protegidos?


No afirmo que una cosa sustituyera a la otra.


No tenemos pruebas para decirlo.


Pero sí tenemos derecho a preguntarnos cuánto tiempo, cuántos medios y qué recursos públicos se dedicaron a elaborar aquel mapa ideológico del periodismo español.


Y tenemos derecho a exigir que se explique para qué se hizo.


¿Y DESPUÉS, QUÉ?


Aquí comienza la parte verdaderamente importante de la investigación.


Porque todavía necesitamos saber quién ordenó exactamente la elaboración del dossier, quién decidió sus criterios, quién redactó las fichas, quién tuvo acceso al documento y, sobre todo, si aquella clasificación tuvo alguna consecuencia práctica.


¿Influyó en la relación con determinados periodistas?


¿En el acceso a fuentes?


¿En entrevistas?


¿En la información facilitada?


¿En la prioridad de las respuestas?


¿En la publicidad institucional?


No sabemos que fuera así.


Y precisamente por eso hay que investigarlo antes de sacar conclusiones.


Lo que sí sabemos es que el documento existió.


Y sabemos también que las opiniones políticas aparecen tratadas como una característica de las personas incluidas.


Eso obliga, además, a formular otra pregunta: ¿con qué base jurídica se realizó ese tratamiento de información?


Las opiniones políticas son una categoría especialmente protegida por la legislación de protección de datos. Que una opinión haya sido expresada públicamente no significa automáticamente que una Administración pueda recopilarla, organizarla y convertirla en un perfil individual para sus propios fines.


Interior tiene que explicar también este extremo.


LA LIBERTAD DE PRENSA NO CONSISTE EN QUE EL PODER NOS TOLERE.


Hay una cuestión que deberíamos ser capaces de defender independientemente de nuestras preferencias políticas.


La libertad de prensa no consiste en que el poder distinga entre periodistas amigos y periodistas incómodos. Consiste precisamente en que el periodista pueda ser incómodo para el poder sin convertirse por ello en una ficha del poder.


Porque un periodista no tiene que ser de izquierdas para criticar a un Gobierno.


Ni de derechas para defenderlo.


Ni progresista para cuestionar una política.


Ni conservador para denunciar un abuso.


Su obligación es informar.


Y la obligación del poder democrático es soportar esa información, incluso cuando resulta incómoda.


NO ES UNA CUESTIÓN DE IZQUIERDAS O DE DERECHAS.


Si mañana un Gobierno de otro signo político hiciera exactamente lo mismo, mi opinión sería idéntica.


El Estado no debería elaborar mapas ideológicos de periodistas.


Ni de izquierdas.


Ni de derechas.


Ni favorables.


Ni críticos.


Porque cuando una Administración comienza a mirar a los periodistas no solamente por lo que publican, sino también por quiénes son políticamente, aparece una frontera que una democracia sana debería vigilar con enorme cuidado.


Y más aún cuando hablamos del Ministerio encargado de la seguridad y de la protección de los ciudadanos.


ESTA HISTORIA NO HA TERMINADO


Las 54 páginas son solamente el principio.


Ahora toca saber quién las encargó, cómo se confeccionaron, qué criterios se utilizaron y qué ocurrió después con ellas.


Y, sobre todo, si aquel mapa ideológico fue simplemente un documento interno sin consecuencias o si terminó sirviendo para algo más.


Porque una democracia no debería tener miedo de investigar al poder.


El poder democrático, por el contrario, debería ser el primero interesado en demostrar que nunca utiliza su fuerza para vigilar, clasificar o condicionar a quienes tienen la obligación de vigilarlo a él.


Y vuelvo a la pregunta inicial, que quizá sea la más sencilla y, al mismo tiempo, la más incómoda:


¿En qué estaba el Ministerio del Interior: en protegernos o en clasificarnos?


La respuesta no debería depender de nuestra ideología.


Debería depender de los hechos.


Luis Faraco.

martes, 8 de septiembre de 2026

EL SUPREMO OBLIGA A SEPARAR LA LEY “DE NIETOS” DE SU INTERPRETACIÓN.






Hay decisiones judiciales que no resuelven todavía el fondo de un asunto, pero que cambian por completo los términos del debate. La adoptada hoy por el Tribunal Supremo sobre la llamada «ley de nietos» es una de ellas.


La Sala de lo Contencioso-Administrativo ha acordado suspender cautelarmente los efectos electorales de determinadas inscripciones en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) de personas que obtuvieron la nacionalidad española al amparo de la Ley de Memoria Democrática. La medida no anula ninguna nacionalidad ni suspende la ley: afecta, mientras se resuelven los recursos, a sus efectos electorales.


Y aquí está lo verdaderamente importante.


El Supremo ha ordenado distinguir entre quienes accedieron a la nacionalidad por la aplicación directa de los supuestos establecidos en la disposición adicional octava de la Ley 20/2022 y quienes lo hicieron como consecuencia de la interpretación efectuada por la Instrucción de 25 de octubre de 2022 de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública.


No es una distinción menor.


La propia Instrucción reconocía que el texto legal «parece» dirigirse a determinados descendientes de exiliados y, a continuación, proponía una interpretación que consideraba más acorde con «la verdadera voluntad del legislador y el espíritu de la ley».


Es precisamente esa interpretación la que ahora tendrá que examinar el Tribunal Supremo.


La cuestión, por tanto, no consiste en cuestionar el derecho de los españoles a recuperar o adquirir la nacionalidad que la ley les reconoce. La cuestión es mucho más elemental: si una instrucción administrativa puede ampliar mediante interpretación el ámbito subjetivo de una ley aprobada por las Cortes.


Y el asunto adquiere una dimensión todavía mayor cuando esa interpretación termina teniendo consecuencias electorales.


El Supremo ha puesto también bajo examen el procedimiento de actualización del CERA y, particularmente, los criterios utilizados para determinar el municipio en el que se inscribe al elector residente en el extranjero.


No estamos hablando de una cuestión burocrática irrelevante.


El municipio determina la provincia y, en las elecciones generales, la provincia determina la circunscripción electoral. Por eso resulta imprescindible poder conocer y verificar el recorrido administrativo que lleva desde el reconocimiento de la nacionalidad hasta la inscripción electoral correspondiente.


La pregunta que debemos hacernos es sencilla:


¿Quién tiene derecho a votar, con arreglo a qué norma se le reconoce ese derecho y con qué garantías se determina dónde debe computarse su voto?


El Supremo acaba de exigir que algunas de esas preguntas sean contestadas antes de que el proceso pueda darse por cerrado.


La decisión es cautelar y no prejuzga la sentencia definitiva. Pero tiene una enorme trascendencia institucional: por primera vez, la interpretación administrativa de la «ley de nietos» y sus consecuencias electorales quedan sometidas conjuntamente al escrutinio del Tribunal Supremo.


Ahora toca esperar a la sentencia.


Y, sobre todo, comprobar si la interpretación que durante estos años permitió ampliar el alcance de la norma resiste el examen del máximo órgano jurisdiccional.


Porque cuando está en juego el derecho al voto, la seguridad jurídica no puede ser una cuestión de interpretaciones: tiene que ser una garantía.


Luis Faraco Roldán

lunes, 7 de septiembre de 2026

LA LEY DE NIETOS, EL CERA Y UNA PREGUNTA INCÓMODA.






Hoy el Tribunal Supremo tiene sobre la mesa una cuestión que puede tener importantes consecuencias sobre el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA).


Pero conviene recordar dónde empezó realmente el problema.


La disposición adicional octava de la Ley 20/2022 estableció determinados supuestos para acceder a la nacionalidad española. Sin embargo, la Instrucción de 25 de octubre de 2022, dictada por la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública, hizo una interpretación mucho más amplia de su alcance.


La propia Instrucción reconoce que el texto «parece dirigirse únicamente a los hijos, hijas, nietos y nietas», pero sostiene que cabe una interpretación diferente atendiendo a la «verdadera voluntad del legislador» y al «espíritu de la ley».


Y aquí está la primera pregunta:


¿Puede una instrucción administrativa ampliar mediante interpretación el ámbito subjetivo de una ley aprobada por las Cortes?


Corresponde responder a los tribunales.


Pero sí corresponde a los ciudadanos exigir que se aclare.


Porque la cuestión deja de ser exclusivamente jurídica cuando esa adquisición de nacionalidad tiene después consecuencias sobre el cuerpo electoral.


Y aquí aparece el CERA


Sabemos quién tiene derecho a votar y sabemos de qué circunscripción procede cada elector.


Pero hay otra cuestión que merece ser examinada con mucha más atención:


¿Podemos auditar dónde acaba cada voto?


La normativa establece una cadena de custodia: urnas precintadas, actas consulares y traslado de los votos hasta España mediante valija diplomática.


Pero, una vez que los votos llegan a España, existe una fase intermedia en la que son recibidos y posteriormente distribuidos a las juntas electorales correspondientes desde el Ministerio de Asuntos Exteriores.


No estoy poniendo en duda la honradez de los funcionarios ni afirmando que exista manipulación alguna.


Estoy planteando una cuestión de garantías:


¿Quién controla y documenta cada paso hasta que esos votos llegan a la circunscripción que finalmente los escruta?


La solución debería ser sencilla.


Al cierre de cada jornada electoral debería existir un acta electrónica, firmada y transmitida inmediatamente a la autoridad electoral, indicando cuántos votos salen del consulado y a qué circunscripciones corresponden.


Los votos físicos continuarían viajando por valija diplomática, pero su recepción, precintos, número de sobres y distribución deberían quedar registrados y ser perfectamente conciliables con el acta de origen.


En definitiva:


sabemos quién vota; debemos poder comprobar también dónde acaba cada voto.


Se trata de diseñar un sistema electoral en el que no sea necesario confiar ciegamente en nadie, porque todo pueda ser comprobado.


La amplitud de la interpretación de la Ley de Nietos y la absoluta trazabilidad del voto CERA son dos cuestiones distintas, pero tienen algo en común:


ambas afectan directamente a la confianza en nuestro sistema democrático.


Y esa confianza no se reclama. Se garantiza.


«La condición que Dios ha dado a la libertad del hombre es la vigilancia eterna.»

— John Philpot Curran, 1790


Luis Faraco Roldán

miércoles, 2 de septiembre de 2026

MARLASKA PREGUNTA AHORA A LA POLICÍA.






La crisis de Ceuta que el Gobierno ya no puede esconder


La crisis sufrida por Ceuta los días 30 y 31 de julio no puede quedar sepultada bajo declaraciones contradictorias, comunicados oficiales y nuevas explicaciones.


Hoy conocemos la existencia de informes y análisis policiales previos relacionados con los acontecimientos y vinculados a las actuaciones que se siguen en la Audiencia Nacional.


La pregunta, por tanto, ya no es si existió información.


La verdadera pregunta es:


¿QUIÉN LA CONOCÍA Y QUÉ HIZO CON ELLA?


Las advertencias existían. El análisis de riesgo existía. Y España tiene derecho a saber cuál fue el recorrido de aquella información dentro del Estado.


Lo que ahora debe explicar Marlaska.


La reacción del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, de madrugada, ha añadido una nueva y extraordinaria gravedad al asunto.


Marlaska ha pedido explicaciones al director general de la Policía sobre la información conocida y sobre cuándo disponía la Policía de ella.


Pero esa iniciativa, lejos de resolver el problema, plantea una cuestión todavía más inquietante:


¿Cómo es posible que el ministro del Interior tenga que preguntar ahora a la Policía qué sabía la propia Policía sobre unos hechos de semejante trascendencia?


Aquí se abre un dilema político del que resulta difícil escapar.


Si la información estaba en poder de la Policía y no llegó al ministro, alguien debe explicar un fallo de tal gravedad en la cadena de mando y de información.


Y si Marlaska conocía, o debía conocer, aquella información, tendrá que explicar por qué ahora aparece públicamente preguntando por ella.


Porque un ministro puede ignorar un informe. Lo que no puede ignorar son las consecuencias de no haberlo conocido.


La pregunta que queda en el aire es, por tanto, inevitable: ¿qué ha fallado en el Ministerio del Interior y quién debe responder por ello?


El director general de la Policía debe responder si una información de esta trascendencia no fue trasladada al ministro.


El ministro del Interior debe responder si conoció información relevante, si tenía la obligación de conocerla o si sus declaraciones públicas no reflejaron todo lo que se sabía.


Y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tampoco puede permanecer al margen.


Una crisis de esta dimensión no puede terminar reducida a una discusión entre un ministro y uno de sus subordinados. Si se ha producido un fallo grave en la cadena de información del Estado, el máximo responsable político del Gobierno debe explicar qué ocurrió.


José Manuel Albares debe aclarar igualmente qué información manejó el Ministerio de Asuntos Exteriores y cuál fue la respuesta diplomática ante unos acontecimientos que afectan directamente a una frontera española.


Ceuta exige respuestas.


La investigación judicial deberá establecer todos los hechos y determinar, en su caso, las responsabilidades jurídicas.


Pero las responsabilidades políticas tienen su propio terreno y no pueden quedar suspendidas indefinidamente.


Los ciudadanos tienen derecho a saber qué ocurrió.


Ceuta tiene derecho a conocer qué información existía antes de aquellos días y qué decisiones se tomaron cuando la ciudad española afrontó una crisis de una dimensión extraordinaria.


Porque Ceuta no es una periferia.


Ceuta es España.


Y los ceutíes tienen el mismo derecho a la seguridad, a la protección y a la defensa del Estado que cualquier ciudadano del resto del territorio nacional.


La cuestión ya no es si habrá responsabilidades.


La cuestión es quién va a asumirlas.


Si el director general de la Policía no informó al ministro de una cuestión de esta gravedad, deberá responder por ello.


Si el ministro conocía, o tenía la obligación de conocer, información relevante y ahora pretende situarse fuera de la cadena de responsabilidades, deberá dar muchas explicaciones.


Y si todo esto revela un fracaso político de mayor dimensión, el presidente del Gobierno no puede permanecer al margen.


Hoy, más que nunca, España necesita saber la verdad.


No nuevas versiones.


No más contradicciones.


La verdad.


CEUTA EXIGE LA VERDAD.


CEUTA EXIGE SEGURIDAD.


CEUTA EXIGE QUE ESPAÑA LA DEFIENDA.


CEUTA NO SE RINDE.


CEUTA SE DEFIENDE.


TODOS SOMOS CEUTA.


Luis Faraco Roldán.