“Gabilondo, el Constitucional y la estrategia para sobrevivir a una derrota electoral.”
«Si no es de una manera, será de otra». Pedro Sánchez pronunció estas palabras al referirse a la continuidad de su proyecto político durante los próximos cuatro años. Una frase que resume una concepción del poder que merece algo más que una lectura complaciente: la determinación de seguir gobernando incluso cuando las urnas pueden imponer un cambio.
La actuación de Ángel Gabilondo, antiguo ministro socialista y actual Defensor del Pueblo, encaja en este clima de confrontación. Su recurso ante el Tribunal Constitucional contra las medidas cautelares del Supremo relacionadas con el censo de la ley de nietos ha sido inadmitido por prematuro, por diez votos frente a dos. El procedimiento judicial sigue abierto, pero la iniciativa de Gabilondo ha sufrido un revés claro.
¿Qué pretendía? ¿Defender los derechos de los ciudadanos o conseguir que el Constitucional frenara una actuación judicial incómoda para el Gobierno? Su trayectoria socialista y el respaldo parlamentario con el que llegó al cargo hacen legítimo cuestionar políticamente su intervención. La independencia institucional no puede ser una etiqueta que exima a nadie del escrutinio público.
PRIMERA FASE: LA BATALLA POR LAS INSTITUCIONES
La controversia sobre la ley de nietos afecta a la nacionalidad, al censo electoral y a las garantías del derecho de voto. Las dudas sobre su aplicación deben resolverse con documentación y criterios transparentes, no mediante maniobras que conviertan a las instituciones en piezas de una batalla partidista.
El Supremo ha intervenido y el Constitucional ha rechazado, por prematuro, el intento de obtener una respuesta urgente. El episodio demuestra que la disputa sobre la aplicación de una ley puede convertirse en un pulso institucional con consecuencias políticas directas, especialmente cuando está en juego un censo electoral.
SEGUNDA FASE: INCENDIAR LA CALLE
Si el PSOE pierde las elecciones, ¿aceptará el resultado con normalidad o intentará convertir la derrota en una supuesta emergencia democrática?
Mi impresión es que Sánchez no se prepara para abandonar el poder sin combatir. La polarización y la deslegitimación de sus adversarios pueden trasladarse a la calle cuando las instituciones dejan de ofrecer los resultados esperados.
No se trata de cuestionar el derecho a manifestarse, sino de advertir del riesgo de utilizar la movilización como instrumento de presión contra una mayoría salida de las urnas. Una victoria del centro-derecha podría presentarse como una catástrofe política que justificara una resistencia extraordinaria, en lugar de aceptarse como una alternancia democrática.
En ese contexto, las palabras de Sánchez adquieren otro significado: «Si no es de una manera, será de otra». ¿Qué significa ese «de otra» cuando la continuidad de un proyecto político depende de la voluntad de los ciudadanos?
TERCERA FASE: GANAR LAS ELECCIONES Y NO PODER GOBERNAR
La hipótesis más preocupante es que la batalla no termine la noche electoral. Si el centro-derecha obtiene una mayoría legítima, podría comenzar una campaña de deslegitimación, presión callejera y cuestionamiento político destinada a dificultar la acción del nuevo Gobierno.
Recurrir unos resultados cuando existen irregularidades es legítimo. Utilizar los recursos sin fundamento para prolongar el conflicto o negar legitimidad al vencedor sería otra cosa.
No haría falta impedir una investidura. Bastaría con convertir cada decisión del Ejecutivo en una crisis nacional y mantener una presión constante para que la victoria electoral no se tradujera en capacidad efectiva de gobernar.
Esa es la estrategia que temo que Sánchez intente desplegar: conservar su influencia mediante la confrontación institucional y social, aun después de perder el Gobierno.
EL PODER NO ES PROPIEDAD DE NADIE
Sánchez tiene derecho a aspirar a otros cuatro años en la Moncloa. Lo que no puede hacer es dar por descontada su continuidad ni tratar una victoria de sus adversarios como una anomalía que deba combatirse por todos los medios políticos.
Si pierde, tendrá que aceptar la derrota. Si el centro-derecha gana, tendrá derecho a gobernar. El PSOE podrá ejercer una oposición dura, pero dentro de las reglas que obligan a todos.
La verdadera prueba de un dirigente no es cómo ejerce el poder cuando gana, sino cómo acepta perderlo. Porque hay una diferencia esencial entre luchar para ganar unas elecciones y pretender que, si se pierden, el adversario no pueda gobernar con tranquilidad.
Quien no acepta que puede perder el poder acaba intentando perpetuar su influencia allí donde nadie le ha elegido para gobernar.
Luis Faraco Roldán.















