Hay frases que retratan una determinada concepción del poder mucho mejor que cualquier programa político. Pedro Sánchez ha pronunciado esta mañana una de ellas desde las escalinatas de la Moncloa: «Sé que les indigna ver cómo sus intereses, los intereses de la gente de a pie, son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos».
La frase merece una reflexión precisamente porque la pronuncia el presidente del Gobierno. El Parlamento no es un obstáculo para la democracia ni una institución ajena a la voluntad popular. Es la expresión institucional de esa voluntad, formada por diputados elegidos por los ciudadanos.
El pasado viernes, el Pleno del Congreso rechazó los dos decretos sobre vivienda presentados por el Gobierno. Los diputados debatieron y votaron. Exactamente lo que establece nuestro sistema constitucional.
Sin embargo, en el relato presidencial parece que cuando el Parlamento rechaza las iniciativas del Gobierno deja de representar a la gente y pasa a convertirse en la institución que «pisotea» sus intereses.
¿Desde cuándo la voluntad popular solamente merece respeto cuando coincide con la voluntad del Gobierno?
La democracia parlamentaria exige que el Ejecutivo se someta al control del Parlamento, acepte sus decisiones y busque las mayorías necesarias para desarrollar su programa.
Y aquí es donde la intervención de esta mañana adquiere especial relevancia.
Según se ha anunciado, mañana el Consejo de Ministros volverá a aprobar medidas de vivienda sustancialmente similares a las rechazadas por el Pleno hace apenas tres días, para intentar que sean convalidadas por la Diputación Permanente.
No afirmo que esa operación sea ilegal. La Constitución contempla la existencia de la Diputación Permanente y sus facultades durante la disolución de las Cortes. Pero que algo pueda hacerse conforme a las reglas jurídicas no significa que no pueda plantear un serio problema político y democrático.
Porque no estamos ante unas medidas que todavía no hayan sido examinadas por el Parlamento. Estamos ante unas medidas que el Pleno acaba de rechazar.
Y ahora el Gobierno pretende volver a aprobarlas y llevarlas a un órgano parlamentario cuya composición y aritmética son diferentes.
Dicho de otra manera: cuando el Gobierno pierde una votación en el Pleno, en lugar de aceptar el resultado y pedir a los españoles la mayoría que necesita, busca una nueva votación en otro órgano antes de que los ciudadanos puedan pronunciarse.
Si los nuevos decretos contienen modificaciones sustanciales, será legítimo analizarlas. Pero si reproducen esencialmente aquello que el Pleno acaba de rechazar, la pregunta resulta inevitable:
¿Estamos ante una nueva iniciativa o ante un intento de sortear políticamente una decisión parlamentaria que no ha gustado al Gobierno?
Aquí aparece la gran contradicción.
Sánchez ha anunciado elecciones para el 29 de noviembre y ha reclamado a los ciudadanos una mayoría suficiente para gobernar. Si considera que el Parlamento actual no le permite desarrollar su programa, tiene una solución democrática: acudir a las urnas y pedir a los españoles una mayoría diferente.
Pero cuesta entender por qué, antes de que los ciudadanos puedan pronunciarse, pretende recuperar mediante otro órgano parlamentario aquello que el Pleno acaba de negarle.
Si quiere una nueva mayoría, que la busque en las urnas, no en una modificación sobrevenida de la aritmética parlamentaria.
No estamos discutiendo aquí si España necesita una política de vivienda. Estamos hablando de algo anterior: el respeto del Gobierno a las decisiones del Poder Legislativo.
Y aquí adquiere especial importancia la posición del PNV.
Los nacionalistas vascos han anunciado que estudiarán en profundidad los nuevos decretos antes de decidir su voto. Su decisión puede ser determinante.
El PNV deberá valorar no solamente el contenido de las medidas, sino también las circunstancias en las que el Gobierno pretende recuperarlas. Si los textos han cambiado sustancialmente, deberá explicar por qué. Si son esencialmente los mismos, tendrá que explicar también por qué deben aprobarse ahora después de que el Pleno los rechazara.
Porque los diputados de la Diputación Permanente no estarán simplemente votando unos decretos de vivienda. Estarán determinando si una derrota parlamentaria puede ser inmediatamente corregida buscando otro escenario parlamentario más favorable.
Y esa responsabilidad corresponde a todos los partidos que decidan respaldar la operación.
La Diputación Permanente es constitucional. Lo que debemos preguntarnos es para qué se utiliza en este caso.
Una cosa es garantizar el funcionamiento del Estado cuando las Cortes están disueltas. Otra muy diferente sería utilizar esa circunstancia para intentar rescatar unas medidas que el Pleno acaba de rechazar.
Y entonces volvemos a las palabras de Sánchez.
El presidente ha dicho que los intereses de «la gente de a pie» son pisoteados en el Parlamento. Pero los diputados que votaron contra sus decretos también representan a ciudadanos. Sus votos no son menos democráticos porque hayan resultado incómodos para el Gobierno.
El Parlamento no deja de representar al pueblo cuando pierde una votación el Ejecutivo. Es precisamente entonces cuando demuestra para qué sirve.
Sánchez ha hablado también de una mayoría progresista con la que «doblegar a las élites». Tiene derecho a defender su programa y pedir el voto de los ciudadanos. Pero hacerlo desde una declaración institucional en La Moncloa difumina la frontera entre el presidente del Gobierno y el candidato electoral.
El viernes habló el Congreso. Hoy ha hablado el presidente. Y el 29 de noviembre hablarán los españoles.
Ese debería ser el orden natural de una democracia.
La democracia no garantiza a ningún Gobierno que sus propuestas sean aprobadas. Le garantiza el derecho a defenderlas, someterlas a votación y, si son rechazadas, intentar convencer a los ciudadanos para obtener una mayoría que permita aprobarlas.
La cuestión no es si el Gobierno puede hacerlo. La cuestión es si debería hacerlo.
Y, sobre todo, si los partidos que lo hagan posible están dispuestos a asumir ante los ciudadanos la responsabilidad política de haberlo permitido.
Luis Faraco Roldán.





















