Hay tragedias que duran lo que dura una noticia. Después desaparecen de las portadas, de los discursos y, sobre todo, de las preguntas incómodas.
Lo ocurrido en Ceuta no debería ser una de ellas.
Entre el 30 y el 31 de julio, decenas de miles de personas intentaron entrar masivamente en territorio español desde Marruecos. La tragedia dejó 82 muertos en el lado español, y solo seis habían podido ser identificados cuando se hizo público el último balance forense.
Detrás de cada cadáver hay una persona, una familia y una historia.
Pero también hay una pregunta que alguien tendrá que responder:
¿Quién organizó aquello?
Una investigación de Golden Owl ha identificado una red de reclutamiento, amplificación y coordinación a través de redes sociales y apunta a que aquella movilización no fue simplemente un movimiento espontáneo.
Si fue organizada, ¿quién la instigó? ¿Quién la coordinó? ¿Quién difundió las convocatorias? ¿Quién pudo financiarla?
No estamos acusando a nadie sin pruebas.
Estamos reclamando que se investigue.
Porque cuando una frontera española es atravesada masivamente y existen indicios de una movilización organizada, saber quién está detrás no es xenofobia ni política partidista.
Es seguridad nacional.
EL NEGOCIO DE LA DESESPERACIÓN
Después aparece otra pregunta: el dinero.
Las mafias del tráfico de personas llevan años convirtiendo la desesperación de miles de personas en un negocio. Cobran miles de euros por organizar desplazamientos clandestinos, cruzar fronteras y trasladar posteriormente a quienes consiguen llegar.
Y entonces surge una pregunta incómoda:
¿De dónde sale ese dinero?
Si hablamos de personas extremadamente vulnerables, ¿cómo consiguen reunir cantidades que pueden alcanzar miles o incluso decenas de miles de euros?
No es una pregunta contra el inmigrante.
Es una pregunta contra quienes hacen negocio con su desesperación.
Porque esos miles de euros pueden representar, en muchos países de origen, años de ingresos familiares o capital suficiente para iniciar una pequeña actividad económica.
¿Por qué no seguimos el dinero?
Y el negocio no termina en la frontera.
Después aparecen los transportes, los alojamientos, los centros de acogida, las subvenciones y los contratos públicos.
No todas las ONG son iguales, naturalmente. Pero precisamente por eso hay que exigir transparencia:
¿Cuánto dinero público mueve todo este sistema? ¿Quién lo recibe? ¿Mediante qué procedimientos? ¿Qué controles existen?
La solidaridad no debería ser nunca un territorio opaco.
¿Y LAS VÍCTIMAS?
Después de la entrada masiva se han registrado numerosas denuncias por agresiones sexuales. La Fiscalía había confirmado 13 denuncias, mientras que fuentes policiales hablaban de 15 agresiones sexuales denunciadas. No son 15 condenas: son denuncias que deben ser investigadas y esclarecidas.
Pero hay víctimas.
Y entonces resulta inevitable preguntar:
¿Dónde están ahora quienes durante años nos dijeron que había que escuchar siempre a las víctimas?
¿Dónde están las grandes campañas?
¿Dónde están las condenas inequívocas?
No se trata de exigir declaraciones a una persona concreta. Se trata de una cuestión mucho más sencilla:
¿La defensa de una víctima depende de quién sea el presunto agresor?
Espero sinceramente que la respuesta sea no.
Porque una mujer víctima de una agresión sexual merece exactamente la misma solidaridad, protección y justicia independientemente del origen, nacionalidad o situación administrativa de quien presuntamente la haya agredido.
Una víctima es una víctima.
Y AHORA, LAS 500 NIÑAS
Y llegamos a una cuestión especialmente delicada.
El Gobierno prepara el traslado a la Península de unas 500 niñas migrantes no acompañadas, de entre 9 y 17 años, que permanecen en Ceuta después de la entrada masiva. El plan está siendo coordinado por el Ministerio de Juventud e Infancia y contempla mantener la responsabilidad sobre las menores en Ceuta mientras se articula su atención en la Península.
Son menores.
Y precisamente por eso deben estar protegidas.
Pero proteger a una menor también significa hacerse preguntas.
Porque mientras España prepara su traslado a la Península, Bruselas ha defendido que quienes permanezcan ilegalmente en Ceuta sean retornados a Marruecos y ha señalado expresamente que el marco europeo contempla también a los menores no acompañados, siempre con las garantías que exige el Derecho de la Unión. La Comisión Europea ha señalado además la necesidad de cooperación entre España y Marruecos para hacer efectivos esos retornos.
Y el propio Gobierno de Ceuta ha defendido el retorno y la reagrupación familiar en Marruecos cuando sea posible y responda al interés de las menores.
Entonces la pregunta es inevitable:
¿Por qué el Gobierno español opta por trasladar a 500 niñas a la Península?
¿Quién ha tomado esa decisión?
¿Con qué criterios?
¿Se ha estudiado individualmente la situación familiar de cada una?
¿Se ha estudiado la posibilidad de retorno o reagrupación familiar cuando legalmente proceda y sea lo mejor para ellas?
No son preguntas contra las niñas.
Son preguntas sobre una decisión que afecta directamente a su futuro.
Y hay otra pregunta, todavía más incómoda:
¿Es solamente una decisión humanitaria o existe también una dimensión política?
Porque el traslado de estas menores está abriendo un nuevo conflicto entre el Gobierno central y varias comunidades autónomas gobernadas por el PP, algunas de ellas en coalición con Vox.
¿Es casualidad que una decisión adoptada precisamente ahora coloque a esos gobiernos autonómicos en el centro de una nueva batalla política?
¿Busca el Ejecutivo resolver una emergencia humanitaria o trasladar el conflicto migratorio a las comunidades autónomas?
No tenemos pruebas para afirmar que exista una estrategia deliberada para dividir gobiernos autonómicos.
Pero la pregunta es legítima.
Y en democracia también tenemos derecho a preguntarnos por qué determinadas decisiones se toman de una determinada manera y precisamente en un determinado momento.
LAS PREGUNTAS QUE NO PUEDEN DESAPARECER
Lo sucedido en Ceuta nos deja demasiadas preguntas abiertas.
Muertos sin nombre.
Una movilización masiva con indicios de organización.
Mafias que convierten la desesperación humana en negocio.
Miles de euros circulando por esas rutas.
Dinero público destinado a la acogida.
Denuncias por agresiones sexuales.
Y ahora, cientos de menores cuyo futuro se pretende resolver mediante su traslado a la Península.
No se trata de escoger entre humanidad y seguridad.
Una sociedad democrática debe defender ambas.
Ayudar al que lo necesita no significa renunciar a controlar las fronteras.
Proteger a un menor no significa renunciar a conocer su origen, su familia y cuál es la solución que mejor responde a su interés superior.
Defender al inmigrante no significa ignorar a una víctima.
Y denunciar a las mafias no significa criminalizar a quienes caen en sus redes.
Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos ante las preguntas que incomodan.
Porque detrás de los muertos hay familias.
Detrás de las rutas hay mafias.
Detrás de las mafias hay dinero.
Detrás de las víctimas hay personas.
Y detrás de las decisiones políticas tiene que haber responsabilidades.
Cuando hay muertos, menores, mafias y millones de euros en juego, preguntar quién organiza, quién cobra y quién decide no es xenofobia.
Es democracia.
«La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.»
— Miguel de Cervantes
LUIS FARACO ROLDÁN







