domingo, 30 de agosto de 2026

EL2 DE SEPTIEMBRE: EL DERECHO A ESTAR JUNTOS.







«El individuo, moral y jurídicamente, es anterior a todos los organismos nacionales, a todo gremio, a toda clasificación.»

— Manuel Azaña


Hay días que deberían quedar fuera de la pelea partidista.


El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.


Ese día, ciudadanos, ayuntamientos y representantes de distintas sensibilidades políticas están llamados a expresar su solidaridad con Ceuta. No para discutir quién gobierna mejor o peor ni para convertir una ciudad española en patrimonio de ningún partido.


Simplemente para estar juntos.


Sin embargo, incluso eso parece haberse convertido en un problema político.


LA SOSPECHA DE COINCIDIR.


Una parte de la izquierda ha cuestionado las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre, denunciando su supuesto carácter partidista. El PSOE, según la información publicada, ha pedido a sus cargos públicos que no participen.


Naturalmente, cualquier partido tiene derecho a discrepar de una convocatoria.


Pero hay una pregunta inevitable:


¿Desde cuándo coincidir con el adversario en la defensa de una causa común se ha convertido en algo sospechoso?


Porque ese día no estarán únicamente ciudadanos del PP o de Vox. Habrá alcaldes independientes, representantes de pequeñas formaciones y ciudadanos sin afiliación política alguna.


Reducir una movilización de solidaridad con Ceuta a «la derecha y la ultraderecha» significa ignorar deliberadamente esa pluralidad.


La coincidencia puntual no convierte a nadie en aliado político. Un socialista puede compartir una concentración con un popular sin dejar de ser socialista. Una persona de izquierdas puede defender la españolidad de Ceuta junto a una persona de derechas sin renunciar a ninguna de sus convicciones.


Eso no es una amenaza para el pluralismo.


Es pluralismo.


UNA LÍNEA ROJA QUE DIVIDE.


Da la impresión de que se pretende extender una nueva frontera política: si el PP y Vox apoyan una iniciativa, los demás deben mantenerse fuera para evitar cualquier identificación con ellos.


Es una lógica empobrecedora.


La democracia no exige que los adversarios permanezcan siempre separados. Al contrario: demuestra su madurez cuando quienes discrepan profundamente son capaces de reconocer aquello que, por encima de sus diferencias, todavía pueden compartir.


Y aquí surge la cuestión esencial:


¿A QUIÉN BENEFICIA LA DIVISIÓN?


Mientras España discute sobre quién debe o no acudir a una concentración de apoyo a Ceuta, Marruecos mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.


Por eso conviene formular una pregunta sencilla:


¿A quién beneficia que España aparezca dividida ante una cuestión que afecta directamente a su soberanía?


Desde luego, no beneficia a Ceuta.


Tampoco a España.


Una ciudad cuya españolidad es cuestionada necesita claridad y la certeza de que cuenta con el respaldo de todos. Cuando esa respuesta común se fractura y los españoles empiezan a discutir sobre quién puede o no puede defenderla, alguien obtiene una ventaja política.


Y ese alguien no es Ceuta.


Es Marruecos.


No hace falta afirmar que quienes provocan esa división actúen conscientemente en beneficio de Marruecos. Pero en política también cuentan las consecuencias.


Y la consecuencia de una España dividida ante una reivindicación territorial es evidente: debilitar su posición y reforzar, aunque sea indirectamente, la de quien mantiene esa reivindicación.


LA PREGUNTA INCÓMODA.


Hay otra cuestión que tampoco debería quedar sin respuesta.


Mientras Marruecos ha vuelto a elevar públicamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, el Gobierno español afirma que su soberanía no está en discusión.


Pero cabe preguntarse si esa defensa está siendo expresada con la contundencia política que exige la situación.


Una cosa es evitar una escalada diplomática.


Otra muy distinta es dar la impresión de que la firmeza debe medirse constantemente para no incomodar a quien cuestiona nuestra soberanía.


No podemos afirmar, sin pruebas, qué piensa Pedro Sánchez en privado ni atribuirle miedo o subordinación.


Pero sí podemos plantear una pregunta política legítima:


¿Hasta qué punto condiciona la necesidad de no incomodar a Marruecos la forma en que el Gobierno español defiende públicamente Ceuta y Melilla?


Es una cuestión que merece respuesta.


CEUTA NO TIENE DUEÑO.


Ceuta no es del PP.


Ceuta no es de Vox.


Ceuta tampoco es del PSOE.


Ceuta es España.


Y por eso ningún partido debería apropiarse de su defensa. Pero tampoco ningún partido debería pretender decidir quién puede o no puede acompañarla.


Después podremos volver a discutir. Sobre inmigración, política exterior, relaciones con Marruecos y cualquier otra cuestión.


Eso forma parte de la democracia.


Pero hay momentos en los que las diferencias deben dejar espacio a aquello que nos une.


El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.


No debería ser el día de la derecha.


Ni de la izquierda.


Ni de ningún partido.


Debería ser el día en que los españoles demostraran que todavía pueden estar juntos.


Porque Ceuta necesita el apoyo de España.


Y España necesita recordar que cuando se divide ante quienes cuestionan su soberanía, otros se benefician de esa división.


El 2 de septiembre no debería servir para saber quién gana una batalla partidista.


Debería servir para recordar algo mucho más importante:


Que hay causas que siguen estando por encima de los partidos.


Luis Faraco.

sábado, 29 de agosto de 2026

CREYERON QUE CEUTA ESTABA SOLA.





Pedro Sánchez creyó que su política de acercamiento a Marruecos le proporcionaría tranquilidad. Que las concesiones, los gestos y la voluntad de entendimiento servirían para garantizar una relación estable con Rabat.
Pero la política tiene, a veces, una extraordinaria capacidad para convertir los supuestos éxitos en sus peores consecuencias.
Porque aquello que se presentó como una apuesta por la estabilidad puede acabar convirtiéndose, indirectamente, en uno de los mayores factores de desgaste político para quien la impulsó.
Hay derrotas que no comienzan en las urnas.
Comienzan cuando un Gobierno pierde el control del relato. Cuando sus ministros se contradicen. Cuando las explicaciones llegan después de los acontecimientos. Cuando, en lugar de transmitir seguridad, dan la impresión de ir siempre por detrás de los hechos.
Y, sobre todo, cuando una ciudad que algunos parecían considerar periférica, pequeña y fácilmente aislable consigue despertar una reacción que trasciende sus propias fronteras.
CEUTA NO ESTABA SOLA.
La FEMP ha convocado concentraciones ante los ayuntamientos de toda España el próximo 2 de septiembre como muestra de solidaridad con Ceuta.
Y la respuesta se está extendiendo.
Almonte, Huelva, Punta Umbría. Antequera. Espartinas. Málaga y otros municipios que se van sumando.
Unos convocan concentraciones y otros expresan institucionalmente su apoyo. Pero en cada nueva adhesión se repite, con distintos acentos, la misma idea:
Ceuta no está sola.
Jamás pensó Sánchez que una ciudad de menos de 80.000 habitantes, situada en África y tantas veces contemplada desde la Península como un problema lejano, pudiera conseguir algo que la política española parece incapaz de lograr casi nunca: unir a españoles de distintas ideologías y procedencias en torno a una causa común.
Y mientras esa solidaridad se extiende, la respuesta política parece cada vez más confusa.
EL INTENTO DE CAMBIAR EL RELATO.
Desde el PSOE se ha cuestionado la convocatoria de la FEMP y se ha intentado presentar la movilización como una confrontación partidista.
La paradoja es evidente.
Mientras se pide que la solidaridad con Ceuta no sea utilizada políticamente, aparecen mensajes que intentan precisamente reducir una reacción ciudadana a las siglas de quienes puedan apoyarla.
Pero Ceuta es mucho más importante que las siglas.
Y una cosa debería quedar clara: una convocatoria puede tener un origen institucional o político y, al mismo tiempo, ser asumida sinceramente por miles de ciudadanos que simplemente quieren expresar su solidaridad con Ceuta.
Por eso, quizá el problema no esté en quienes quieren concentrarse, sino en quienes parecen necesitar explicar por qué no deberían hacerlo.
UN GOBIERNO A LA DEFENSIVA.
La intervención de Marlaska en el Congreso ha añadido la imagen de un Gobierno sometido a una creciente presión política.
Explicaciones, acusaciones, anuncios de nuevas medidas y refuerzos después de que la crisis haya estallado.
Y eso es precisamente lo que muchos ciudadanos se preguntan:
¿Por qué ahora?
Ceuta necesita seguridad, protección, medios y presencia efectiva del Estado.
Necesita respuestas.
No relatos.
Y, al mismo tiempo, hay que decirlo con absoluta claridad: apoyar a Ceuta no significa justificar la violencia, el odio ni las agresiones contra nadie.
La movilización del 2 de septiembre debe ser exactamente lo contrario: una demostración cívica de solidaridad.
LA MANCHA DE ACEITE.
Y mientras unos discuten la convocatoria, otros siguen sumándose.
Cada nuevo municipio que se incorpora hace más difícil reducir lo que está ocurriendo a una simple maniobra partidista.
La solidaridad se extiende.
Como una mancha de aceite.
Quizá porque alguien cometió un error de cálculo.
Quizá creyeron que Ceuta era demasiado pequeña.
Quizá que estaba demasiado lejos.
Quizá que, como tantas otras veces, acabaría quedándose sola.
Pero no comprendieron algo esencial: Ceuta puede estar situada en África, pero forma parte del corazón de España.
EL PRESTIGIO.
Pedro Sánchez pudo creer que su política hacia Marruecos le proporcionaría estabilidad.
La paradoja es que aquello que pretendía protegerle puede acabar provocando —indirectamente y si esta crisis sigue deteriorándose— un profundo desgaste político.
Porque hay algo mucho más difícil de recuperar que una mayoría parlamentaria:
el prestigio.
Y ése puede ser el verdadero problema.
Mientras Ceuta habla, España empieza a escuchar.
Y cuanto más se intenta minimizar, explicar o politizar la reacción, más parece extenderse.
Como una mancha de aceite.
Creyeron que Ceuta estaba sola.
Y descubrieron que no lo estaba.
«Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal».
— Friedrich Nietzsche
Luis Faraco Roldán

viernes, 28 de agosto de 2026

PENSARON QUE CEUTA ESTABA LEJOS.






«No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige».

SÉNECA


CUANDO UN PUEBLO REACCIONA.


Hay momentos en los que un pueblo reacciona antes que sus gobernantes. Momentos en los que las diferencias políticas, las ideologías y las disputas cotidianas pasan a un segundo plano porque surge algo más profundo.


Eso es lo que ha ocurrido con Ceuta.


Durante demasiado tiempo, el Gobierno pareció confiar en que la crisis pasaría. Que el tiempo terminaría por apagar la indignación. Que los españoles volverían a sus preocupaciones cotidianas y Ceuta quedaría reducida a unas imágenes, unos titulares y unas declaraciones.


Se equivocaron.


Porque esta vez Ceuta no se ha sentido sola. Y, sobre todo, España ha descubierto —o quizá ha vuelto a recordar— que hay sentimientos que no caben en una estrategia de comunicación, ni en una rueda de prensa, ni en los cálculos necesarios para mantenerse en el poder.


EL BUEN GOBERNANTE SE ANTICIPA.


Esa es una de las obligaciones fundamentales de quien tiene la responsabilidad de gobernar: prever los riesgos, prepararse para las crisis y actuar antes de que los problemas estallen.


Y cuando las cosas salen mal, un buen gobernante no se limita a felicitarse por su actuación. Da explicaciones. Reconoce los errores. Asume responsabilidades.


Después de todo lo ocurrido, muchos ceutíes sienten que han sido abandonados. Han vivido la angustia y la tensión en primera persona. Han visto cómo una crisis crecía y terminaba trasladándose a la vida cotidiana de su ciudad.


Y mientras ellos esperan respuestas, desde el Gobierno se insiste en que todo lo realizado ha sido correcto, que la actuación ha sido impecable y que se ha hecho lo que debía hacerse.


LA PREGUNTA QUE SIGUE SIN RESPUESTA.


Pero hay una pregunta que sigue esperando una respuesta clara:


¿QUÉ PASÓ REALMENTE EN CEUTA?


Tres ministros comparecieron en las Cortes. Tres ministros tuvieron la oportunidad de explicar a los españoles cómo se llegó a esta situación.


Y, sin embargo, después de escucharles, la pregunta esencial sigue en pie.


¿Qué información se tenía? ¿Qué falló? ¿Por qué no se anticipó una crisis de semejante magnitud? ¿Y quién asume la responsabilidad?


Porque un Gobierno no puede pretender que la defensa de su propia gestión sustituya a la explicación que deben recibir los ciudadanos.


LA INDIGNACIÓN Y LA LEY.


Lo ocurrido después ha demostrado, además, algo todavía más preocupante: cuando una crisis se prolonga sin una solución eficaz, la tensión termina extendiéndose a la sociedad. La indignación crece, el miedo aparece y la convivencia puede verse amenazada.


Nada de ello justifica la violencia.


LA DEFENSA DE CEUTA, DE ESPAÑA Y DE LOS CEUTÍES DEBE ESTAR SIEMPRE DENTRO DE LA LEY Y DE LOS PRINCIPIOS QUE QUEREMOS DEFENDER.


Precisamente porque un Estado tiene la obligación de proteger sus fronteras y a sus ciudadanos, no puede permitir que la falta de respuestas convierta la frustración en desesperación.


CEUTA NO ESTABA SOLA.


Pero quizá lo más importante de estos días no sea solamente la crisis.


Quizá lo más importante sea la reacción de los españoles.


Quienes creyeron que Ceuta era una cuestión lejana no entendieron lo que representa. No comprendieron que Ceuta no es un punto distante en el mapa ni un problema que pueda contemplarse desde la comodidad de un despacho.


CEUTA ES ESPAÑA.


Y cuando los ceutíes han sentido la inquietud, la tensión y el abandono, muchos españoles han sentido que aquello también les pertenecía.


Por encima de diferencias ideológicas y políticas ha aparecido un sentimiento que algunos parecen incapaces de comprender:


LA CONCIENCIA DE QUE NINGÚN TERRITORIO ESPAÑOL DEBE SENTIRSE SOLO.


LA DISTANCIA VERDADERA.


Tal vez esa haya sido la gran sorpresa para quienes gobiernan desde el cálculo permanente, acostumbrados a medir cada decisión en función de sus consecuencias políticas.


Hay cosas que no se pueden medir así.


Hay sentimientos que no desaparecen porque un Gobierno espere lo suficiente.


Y hay pueblos que, cuando sienten que algo esencial está en juego, son capaces de reaccionar con una fuerza que sorprende a quienes ya no saben escucharlos.


PENSARON QUE CEUTA ESTABA LEJOS.


DESCUBRIERON QUE CEUTA ESTÁ EN EL CORAZÓN DE ESPAÑA.


Y quizá esa sea, al final, la reflexión más importante de todo lo ocurrido: la distancia más grande no es la que separa a Ceuta de la Península.


LA VERDADERA DISTANCIA ES LA QUE PUEDE SEPARAR A QUIENES GOBIERNAN DE LOS SENTIMIENTOS PROFUNDOS DEL PUEBLO AL QUE PRETENDEN REPRESENTAR.


Luis Faraco Roldán.

jueves, 27 de agosto de 2026

CEUTA: EL POPULISMO VIVE DE LA CRISPACIÓN.

 




Ione Belarra, portavoz de Podemos, ha afirmado que lo ocurrido con los inmigrantes en Ceuta «no se aceptaría si esas personas fueran blancas» y que «por eso es racismo». Para sostenerlo, compara la llegada de inmigrantes a Ceuta con los millones de turistas que visitan España y con los cientos de miles de ucranianos que han llegado a nuestro país desde el comienzo de la invasión rusa.


Cuanto más leo estas palabras, más me indigna el populismo perverso que encierran.


¿De verdad vamos a comparar turistas, refugiados de una guerra de agresión e inmigración irregular como si fueran la misma realidad?


Los turistas entran legalmente, permanecen temporalmente y regresan a sus países.


Los ucranianos huyeron de una guerra provocada por una invasión. España y la Unión Europea les ofrecieron protección. Muchas mujeres y niños tuvieron que abandonar su país mientras numerosos hombres permanecían allí para combatir y defenderlo.


¿Es comparable esa tragedia con una entrada masiva e irregular en nuestra frontera?


No.


Y decirlo no es xenofobia.


Tampoco se trata de criminalizar a quien llega ni de atribuir a todos las mismas intenciones. Se trata de distinguir entre realidades diferentes: inmigración legal e irregular, refugiados de guerra y migrantes económicos, personas que entran por los cauces establecidos y quienes cruzan ilegalmente una frontera.


Eso no es racismo.


Eso es exigir que un Estado cumpla con sus responsabilidades.


Porque preguntar cuántas personas han entrado, cuántas permanecen, qué ocurrirá con ellas, quién debe hacerse cargo o qué está haciendo Marruecos para impedir que vuelva a suceder no convierte a nadie en racista.


La etiqueta no responde a la pregunta.


Y ahí está la esencia del populismo: transformar un problema complejo en un enfrentamiento entre buenos y malos; convertir al que pregunta en culpable y, una vez colocado el estigma, evitar la obligación de ofrecer soluciones.


Decir «racista», «xenófobo» o «fascista» no resuelve absolutamente nada.


No explica qué hacer con una crisis migratoria. No controla una frontera. No protege a quienes llegan ni a quienes viven en Ceuta.


Pero sí consigue algo: enfrentar a unos españoles con otros.


Y mientras tanto, Ceuta sigue esperando respuestas.


Decenas de miles de personas entraron masivamente desde Marruecos. Una ciudad de apenas unos 80.000 habitantes se vio sometida en muy poco tiempo a una presión extraordinaria.


Y Ceuta sigue sin recibir respuestas claras.


¿Cuántas personas permanecen realmente en Ceuta?


¿Qué va a ocurrir con quienes no tengan derecho a permanecer en España?


¿Qué sabía el Gobierno antes de aquella entrada masiva?


¿Y qué está negociando exactamente España con Marruecos?


Mientras tanto, la respuesta política ha sido difícil de entender.


Pedro Sánchez permaneció de vacaciones. Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, tampoco asumió públicamente un papel relevante en la crisis ni acudió a Ceuta. Desde Sumar llegaron incluso a justificar su ausencia diciendo que acudir no era cuestión de «hacerse una foto».


Si ir a Ceuta era “hacerse una foto”, ¿qué fue entonces acudir a los Óscar sin ser ministra de Cultura?


Y ahora sabemos que Pedro Sánchez comparecerá en el Congreso el 3 de septiembre: treinta y cinco días después de la entrada masiva.


¿Es esa la importancia que el presidente del Gobierno concede a Ceuta?


Pero esta noche hemos llegado a un punto todavía más peligroso: los enfrentamientos entre ciudadanos desesperados y algunos de los acampados en la playa.


Nadie debería tomarse la justicia por su mano. Los ciudadanos no pueden ni deben sustituir al Estado ni a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.


Precisamente por eso es tan grave que una crisis se haya prolongado hasta generar este nivel de tensión y desesperación.


La obligación del Estado es proteger a todos, garantizar la convivencia, controlar las fronteras y restablecer el orden dentro de la ley.


Cuando no lo hace con eficacia, corre el riesgo de dejar un vacío que la frustración puede intentar ocupar.


Y eso es gravísimo.


También debemos recordar a los muertos.


Detrás de las cifras y de las consignas políticas hay seres humanos que han perdido la vida intentando alcanzar nuestro territorio.


No son cifras. Son personas.


Si hablamos de derechos humanos, deberían importarnos todos: quienes llegan, quienes viven en Ceuta y quienes mueren intentando cruzar una frontera.


No, señora Belarra.


Preguntar no es racismo.

Distinguir no es xenofobia.

Exigir fronteras controladas no es insolidaridad.


Y exigir a un Gobierno que gobierne tampoco lo es.


Porque el populismo no necesita resolver los problemas.


Necesita que los problemas sigan alimentando el enfrentamiento.


Necesita etiquetas para sustituir argumentos, enemigos para sustituir soluciones y crispación para mantener vivo el relato.


Cuando se acaba el argumento, empieza la etiqueta.


Luis Faraco.

miércoles, 26 de agosto de 2026

CEUTA: UNA CRISIS QUE SÁNCHEZ YA NO CONTROLA.






¿Y si Pedro Sánchez hubiera cometido un error de cálculo de consecuencias imprevisibles?


No hace falta afirmar que exista un pacto secreto con Marruecos para plantear una pregunta mucho más inquietante: ¿creyó Sánchez que podía gestionar la crisis de Ceuta con Rabat y terminó descubriendo que Marruecos tenía su propia agenda?


Los acontecimientos de estos días obligan a hacerse esa pregunta.


Marruecos ha elevado el tono hasta extremos que ya no pueden considerarse declaraciones aisladas. El ministro de Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, ha hablado de la «liberación» de Ceuta y Melilla en un acto oficial presidido por Mohamed VI y con el príncipe heredero presente. No es una declaración de un dirigente marginal: es una reivindicación territorial formulada por un miembro del Gobierno marroquí en un acto de Estado.


Y mientras Rabat eleva su discurso, Madrid intenta recuperar el control de una crisis que comenzó hace casi un mes.


Pero ahora el problema está también dentro del Gobierno.


La comparecencia de Margarita Robles ha abierto una fractura de enorme gravedad. La ministra de Defensa sostiene que el CNI había trasladado información sobre la posibilidad de una entrada masiva y que esa información fue compartida con los responsables de seguridad.


Marlaska sostiene lo contrario.


Y la Delegación del Gobierno en Ceuta ha ido todavía más lejos: afirma que no recibió en ningún momento ningún informe que advirtiera de lo que iba a suceder el 30 de julio.


Tres instancias del Estado. Tres versiones que no encajan.


La pregunta es inevitable:


¿Quién dice la verdad?


Porque si Robles tiene razón, alguien recibió información relevante y no actuó adecuadamente. Si Marlaska tiene razón, habrá que explicar por qué la ministra de Defensa sostiene públicamente lo contrario. Y si la Delegación tiene razón, habrá que aclarar qué información llegó realmente al Estado, por qué canales y quién decidió que no exigía una respuesta extraordinaria.


En cualquiera de los casos hay una responsabilidad política.


Y esa responsabilidad tiene un nombre: Pedro Sánchez.


El presidente no puede esconderse detrás de sus ministros cuando son sus propios ministros quienes se contradicen sobre una cuestión que afecta a la seguridad de una ciudad española y a la integridad territorial del Estado.


Ni puede esconderse en Andorra.


Mientras sus ministros comparecen, se contradicen y tratan de explicar qué ocurrió, Sánchez ha retomado sus vacaciones con un viaje privado a Andorra. Una imagen difícil de conciliar con la gravedad de una crisis que el propio Gobierno ha terminado declarando de interés para la Seguridad Nacional y para la que ha creado, casi un mes después, un mando único que coordinará a once ministerios. 


El Gobierno ha tenido además que modificar su respuesta migratoria y aprobar reformas de las leyes de asilo y extranjería en plena crisis de Ceuta, después de que durante semanas la oposición reclamara medidas de mayor control fronterizo.


La realidad ha terminado obligando al Ejecutivo a rectificar.


Mientras tanto, Marruecos no rectifica.


Marruecos eleva el discurso sobre Ceuta y Melilla. España modifica su respuesta migratoria. Y el Gobierno discute internamente sobre quién sabía qué antes de que se produjera la crisis.


¿Quién está marcando entonces el ritmo?


¿Madrid o Rabat?


Tal vez no exista ningún pacto secreto. Pero existe una hipótesis mucho más preocupante: que Sánchez haya confundido una relación privilegiada con Marruecos con una capacidad real para controlar las decisiones de Marruecos.


Y si ese fuera el error, las consecuencias pueden ser mucho mayores que las de una crisis migratoria.


Porque una crisis puede ser gestionada. Puede incluso ser instrumentalizada políticamente.


Lo que ningún Gobierno puede garantizar es que, una vez desencadenada, vaya a comportarse como estaba previsto.


«La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana». — John F. Kennedy


Y si Sánchez creyó que podía controlar a Marruecos, controlar la crisis de Ceuta y controlar las consecuencias políticas dentro de su propio Gobierno, quizá esté descubriendo demasiado tarde que las tres cosas se le están escapando de las manos.


Ya no estamos, por tanto, ante un simple problema migratorio.


Estamos ante una crisis de seguridad nacional, de política exterior y de autoridad del Gobierno.


Y la responsabilidad última, en una democracia parlamentaria, no puede recaer en los ministros.


Recae en quien los dirige.


Luis Faraco Roldán

martes, 25 de agosto de 2026

ORMUZ NOS ENSEÑA EL VALOR DE GIBRALTAR.







La geografía vuelve a mandar.


Ormuz nos está enseñando una lección que Europa no puede permitirse ignorar: quien garantiza la seguridad del Estrecho de Gibraltar no protege solo a España; protege una de las grandes arterias comerciales de Occidente.


Durante demasiado tiempo hemos contemplado los grandes estrechos marítimos como simples accidentes geográficos. No lo son. Son puntos estratégicos cuya seguridad puede determinar el funcionamiento de la economía mundial.


Ormuz acaba de demostrarlo.


Antes de la actual crisis, por este estrecho circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportados diariamente en el mundo. El volumen de crudo y productos petrolíferos cayó de una media de 21,6 millones de barriles diarios en el último trimestre de 2025 a solo 4,9 millones en el segundo trimestre de 2026. 


Las consecuencias no se quedan en el golfo Pérsico. Afectan al petróleo, al gas, a los fletes, a los seguros marítimos, a las cadenas de suministro y, finalmente, a la economía de millones de ciudadanos.


Eso es lo que significa poder condicionar una vía marítima estratégica.


Y debería hacernos mirar inmediatamente hacia Gibraltar.


GIBRALTAR NO ES UNA FRONTERA MÁS.


Por el Estrecho de Gibraltar transitan más de 100.000 buques cada año. La propia Estrategia Nacional de Seguridad Marítima española advierte de que un incidente grave que afectase a ese tráfico podría tener serias consecuencias para la economía mundial.


Por aquí se comunican el Atlántico y el Mediterráneo y discurren algunas de las principales rutas comerciales entre Europa, África, América y Asia.


Por eso el Estrecho no puede contemplarse únicamente como una frontera española.


Es una vía esencial para Occidente.


CEUTA, MELILLA Y LAS PLAZAS ESPAÑOLAS.


Desde esta perspectiva debemos contemplar también Ceuta, Melilla, las Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera y Alborán.


No son vestigios de un pasado congelado en los libros de Historia. Son posiciones españolas situadas junto a una de las grandes rutas marítimas del planeta, en un espacio donde confluyen intereses comerciales, energéticos, militares y de seguridad.


Ceuta ocupa una posición excepcional en la entrada occidental del Mediterráneo.


Por eso reducir toda esta cuestión a un simple contencioso bilateral entre España y Marruecos supone perder de vista su verdadera dimensión.


La pregunta que debería hacerse Europa es otra:


¿Quién garantiza la seguridad y la libertad de navegación en esta puerta marítima esencial?


España es una democracia europea, miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Su presencia en esta zona contribuye a la vigilancia y seguridad de una ruta de importancia internacional.


MARRUECOS: UNA REIVINDICACIÓN VIGENTE.


Y aquí debemos hablar con claridad.


Marruecos mantiene una reivindicación territorial sobre Ceuta y Melilla. No es una cuestión histórica académica.


El pasado 21 de agosto, el ministro marroquí de Justicia volvió a afirmar que ambas ciudades constituyen un supuesto “derecho histórico y geográfico” de Marruecos, reclamando incluso un mecanismo de diálogo sobre su futuro. El Gobierno español respondió con un “rechazo tajante”, reafirmando que Ceuta y Melilla forman parte de la soberanía española.


No debemos aceptar, por tanto, el marco que pretende presentar estas ciudades como una cuestión colonial pendiente o como territorios cuyo futuro deba negociarse con Marruecos.


Ceuta y Melilla son españolas. Y, por ello, son también ciudades de la Unión Europea.


Pero hay algo todavía más importante: la reivindicación marroquí no debería conseguir que Europa pierda de vista el verdadero valor estratégico de estas posiciones.


El valor de Ceuta no se mide solamente en kilómetros cuadrados.


UNA RESPONSABILIDAD TAMBIÉN PARA ESPAÑA.


Esta realidad debería exigirnos una política de Estado a la altura de nuestra posición geográfica.


España necesita una política exterior coherente con sus intereses estratégicos, una defensa suficientemente sólida y una política migratoria y demográfica concebida con visión de largo plazo.


No parece prudente convertir la política exterior en una sucesión de gestos contra unos u otros aliados, ni deteriorar las relaciones con Estados Unidos, Israel o nuestros socios europeos por razones de política doméstica o posiciones ideológicas coyunturales cuando están en juego intereses permanentes de seguridad.


Tampoco parece prudente abordar transformaciones demográficas de gran magnitud sin planificación, integración y evaluación rigurosa de sus consecuencias.


La inmigración ordenada, legal e integrada puede contribuir al desarrollo de una sociedad. Pero los cambios demográficos bruscos no son una cuestión electoral: son transformaciones históricas.


Las políticas de regularización, inmigración y acceso a la nacionalidad deben valorar sus consecuencias sobre la vivienda, el empleo, la educación, los servicios públicos, la cohesión social y la sostenibilidad del Estado de bienestar.


Porque el Estado de bienestar no apareció por generación espontánea. Es el resultado de décadas de crecimiento económico, empleo, esfuerzo fiscal e instituciones.


Modificar profundamente esos equilibrios sin una planificación suficiente puede generar una factura cuyo importe tendrán que afrontar generaciones que todavía no han nacido.


LA LECCIÓN DE ORMUZ.


Durante años Europa creyó que la globalización había reducido la importancia de la geografía.


Ucrania, el mar Rojo y ahora Ormuz están demostrando lo contrario.


La geografía ha vuelto.


Las rutas energéticas importan. Los puertos importan. La capacidad para proteger las rutas comerciales importa. Y también importa quién ocupa las posiciones estratégicas desde las que esas rutas pueden ser vigiladas y protegidas.


China lo sabe perfectamente. Washington también.


Europa debería saberlo.


Y España, por encima de todos, debería comprenderlo.


Lo que ocurre en Ormuz nos ofrece una lección que no deberíamos desperdiciar:


una vía marítima internacional puede ser internacional y, sin embargo, extraordinariamente vulnerable.


Por eso Ceuta importa.


Por eso Melilla importa.


Por eso las Chafarinas, Alhucemas, Vélez de la Gomera y Alborán importan.


Y, sobre todo, por eso el Estrecho de Gibraltar importa a Europa.


No estamos hablando simplemente de unos territorios situados frente a las costas de Marruecos.


Estamos hablando de una de las grandes puertas marítimas del mundo.


El Estrecho de Gibraltar no es una frontera española; es una de las puertas estratégicas de Occidente.


Luis Faraco Roldán

lunes, 24 de agosto de 2026

MAROCGATE: EL PODER DE MARRUECOS.






«Los Estados no tienen amigos, solo intereses permanentes.»

Lord Palmerston


Hay escándalos que terminan con las detenciones. Y hay otros que, lejos de terminar, abren preguntas mucho más incómodas.


El Marocgate, destapado en diciembre de 2022 en el Parlamento Europeo, pertenece a la segunda categoría.


La investigación judicial belga puso al descubierto una trama de corrupción en la que aparecieron eurodiputados, asistentes parlamentarios, dinero e intermediarios al servicio de intereses extranjeros. En la vertiente marroquí, el objetivo era defender los intereses de Rabat y, especialmente, su posición sobre el Sáhara Occidental.


Y surge una pregunta inevitable:


Si Marruecos fue capaz de construir una red de influencia en el Parlamento Europeo, ¿qué mecanismos utiliza para defender sus intereses en España?


NO ESTAMOS HABLANDO DE UNA DEMOCRACIA OCCIDENTAL.


Antes de seguir, conviene recordar quién es el actor que tenemos delante.


Marruecos es una monarquía autoritaria, con un poder político, religioso y de seguridad extraordinariamente concentrado en la Corona y en el entorno del Majzén.


Las elecciones existen. El Parlamento existe. Los partidos existen.


Pero no confundamos las formas con el fondo.


Marruecos no funciona como una democracia liberal europea.


Y esto es fundamental para entender lo que viene: cuando hablamos de diplomacia, inteligencia, lobby o presión migratoria, estamos hablando de un Estado con una estrategia de poder muy definida y con una enorme concentración de decisiones en torno a la Corona.


SÁNCHEZ: UN GIRO COPERNICANO Y DEMASIADAS PREGUNTAS.


El 18 de marzo de 2022 Pedro Sánchez dio un giro copernicano a la política española sobre el Sáhara.


La propuesta marroquí de autonomía pasó a ser para el Gobierno español «la base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto.


Marruecos había conseguido lo que llevaba años buscando.


Y lo había conseguido de un Gobierno socialista.


Sánchez ha defendido que aquello no fue una ruptura, sino una evolución de posiciones anteriores. Puede defenderlo.


Pero las preguntas permanecen:


¿Por qué entonces?


¿Por qué después de la crisis de Ceuta?


¿Por qué después del espionaje mediante Pegasus?


Y, sobre todo:


¿Qué recibió España a cambio de abandonar una posición mantenida durante décadas?


Una política exterior puede cambiar. Lo que resulta difícil de entender es que un cambio tan radical parezca no haber tenido un precio político conocido ni una explicación suficientemente convincente.


PEGASUS: LA PIEZA INCÓMODA.


En mayo de 2021, en plena crisis con Marruecos, los teléfonos de Pedro Sánchez y Margarita Robles fueron infectados con Pegasus. Posteriormente se conoció también la infección del teléfono de la entonces ministra de Exteriores, Arancha González Laya.


El Gobierno calificó los ataques de externos e ilícitos.


No existe una prueba pública que permita afirmar que Marruecos utilizó Pegasus para chantajear a Sánchez.


Pero tampoco podemos ignorar la secuencia:


crisis con Marruecos → Pegasus → menos de un año después, giro histórico sobre el Sáhara.


Sánchez negó que ambas cuestiones estuvieran relacionadas.


Perfecto. Esa es su explicación.


Pero la pregunta permanece:


¿Qué información fue obtenida mediante Pegasus y pudo influir, directa o indirectamente, en las decisiones posteriores del Gobierno español?


No afirmo una relación directa.


Digo que merece ser investigada.


LA IZQUIERDA Y SU PROPIA CONTRADICCIÓN.


Durante décadas, el Sáhara fue una de las grandes causas internacionales de la izquierda española.


PSOE, PCE, Izquierda Unida y posteriormente Podemos hicieron de la defensa del pueblo saharaui y de su derecho a la autodeterminación una bandera política.


Hasta marzo de 2022.


Sánchez cambió la posición española.


Podemos protestó.


El PCE habló de traición.


El Frente Polisario rompió con el Gobierno español.


¿Y qué hizo Podemos?


Continuó en el Gobierno.


Porque una cosa es denunciar una decisión y otra estar dispuesto a perder el poder por ella.


Podemos no lo estuvo.


En 2023 llegó Sumar. Se negoció un nuevo Gobierno con Sánchez y el Sáhara no fue una condición para gobernar.


Sumar ha seguido defendiendo posteriormente la autodeterminación saharaui. Es cierto.


Pero existe una diferencia fundamental entre mantener una causa en el discurso y convertirla en una condición para ejercer el poder.


Para una parte de la izquierda española, el Sáhara fue una causa irrenunciable mientras estaba en la oposición. Cuando llegó la hora de gobernar, dejó de ser una condición irrenunciable.


LOS AMIGOS ESPAÑOLES DE RABAT.


Después del giro aparecen antiguos dirigentes españoles defendiendo una relación especialmente estrecha con Marruecos.


Zapatero, Bono, Trujillo, Moratinos…


No estamos diciendo que sean agentes marroquíes ni que hayan recibido dinero de Rabat.


Estamos señalando algo mucho más concreto:


Existe una red de relaciones políticas, diplomáticas, empresariales y personales entre determinados sectores de las élites españolas y Marruecos.


Y aparece otra palabra:


lobby.


El Marocgate representa la influencia clandestina: dinero, intermediarios y presunta corrupción.


Pero la influencia también puede ejercerse legalmente.


Aquí aparece Acento, la consultora fundada por José Blanco, con actividad de lobby y vinculaciones profesionales con intereses marroquíes. Su estructura ha contado además con antiguos cargos del PP, como Alfonso Alonso.


Esto demuestra que el fenómeno no puede reducirse a un solo partido.


Y tampoco tiene que ser ilegal para ser poderoso.


La pregunta es:


¿Qué intereses se defienden, ante quién, con qué intensidad y con qué resultados?


Y LLEGAMOS A CEUTA.


Después de la crisis de 2021, España modificó su posición sobre el Sáhara y construyó con Marruecos una relación presentada como estratégica y privilegiada.


Se reforzó la cooperación migratoria y de seguridad.


Y, sin embargo, en 2026 decenas de miles de personas llegaron a Ceuta desde Marruecos, en una avalancha de dimensiones extraordinarias.


Aquí resulta difícil aceptar sin más la explicación de que «nadie lo esperaba».


En esta crisis confluyen Marruecos, España, Estados Unidos e Israel, cuatro países con capacidades de inteligencia y seguridad de primer nivel.


Por eso la pregunta no es:


«¿Por qué no se esperaba la avalancha?»


La pregunta es:


¿Qué sabía el Gobierno español, cuándo lo supo, quién recibió esa información y qué hizo con ella?


Porque las posibilidades son muy diferentes.


Una cosa sería una extraordinaria ineficacia.


Otra, recibir información suficiente y no actuar adecuadamente.


Y otra, infinitamente más grave, que hubiera algún grado de conocimiento, tolerancia o entendimiento previo que todavía no conocemos.


Porque pretender que una avalancha de semejante magnitud podía producirse sin información previa suficiente es pedirnos demasiado.


LA VERDADERA PREGUNTA.


Después de recorrer todo este camino, quizá la pregunta inicial —«¿compra Marruecos políticos?»— sea demasiado simple.


El Marocgate demuestra que Rabat utilizó mecanismos clandestinos de influencia en Bruselas.


Pegasus introdujo una dimensión de espionaje extraordinariamente sensible durante una crisis con Marruecos.


El giro de 2022 modificó radicalmente la posición española sobre el Sáhara.


Podemos y Sumar muestran la contradicción de una izquierda que mantuvo el discurso de apoyo al pueblo saharaui, pero no convirtió esa causa en una condición para continuar gobernando.


El lobby demuestra que la influencia también puede ejercerse dentro de la legalidad.


Y Ceuta 2026 obliga a preguntar qué sabía realmente el Estado español sobre lo que estaba ocurriendo al otro lado de su frontera.


No sabemos si todas estas piezas forman parte de una misma estrategia.


Pero tampoco parece razonable contemplarlas como episodios completamente aislados.


Porque quizá el verdadero éxito de Marruecos no consista en comprar voluntades.


Quizá consista en algo mucho más sofisticado:


Construir relaciones, generar dependencias, ejercer presión y conseguir que sus intereses terminen siendo asumidos como propios por quienes toman las decisiones.


Y si eso fuera así, el Marocgate no sería el final de la historia.


Sería solamente el momento en que descubrimos cómo funciona una parte de ella.


«Cuando un Estado autoritario consigue que una democracia haga su voluntad sin necesidad de ordenárselo, quizá ya no estamos hablando solamente de diplomacia. Estamos hablando de poder.»


Luis Faraco Roldán.