«Los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos». En este caso, quizá, a pesar del Gobierno.
Hay momentos en los que una sociedad siente que debe reaccionar por sí misma. No porque las instituciones no sean necesarias, sino precisamente porque, cuando percibe que quienes tienen la responsabilidad de actuar parecen más preocupados por dividir, justificar o mirar hacia otro lado, el pueblo acaba ocupando el espacio que otros han dejado vacío.
Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo con Ceuta.
El próximo 2 de septiembre, ciudadanos de muy distintos lugares de España se concentrarán para expresar su solidaridad con una ciudad española que ha vivido una situación excepcional. Y lo harán, además, con un carácter que debería resultar especialmente significativo: muchas de esas convocatorias han surgido desde la sociedad, desde asociaciones, colectivos y ciudadanos, y han terminado reuniendo sensibilidades políticas muy diferentes.
Porque Ceuta no pertenece a un partido.
Ceuta es España.
Y cuando una parte de España se siente desbordada, amenazada o abandonada, lo natural debería ser que el resto del país reaccionara sin preguntar primero quién convoca, quién gobierna el ayuntamiento o qué bandera partidista puede rentabilizar la protesta.
CUANDO LA SOCIEDAD VA POR DELANTE.
Lo más llamativo de estas concentraciones es que el propio discurso político ha quedado, en algunos lugares, desbordado por los ciudadanos.
Ayuntamientos y responsables políticos de distintos signos han terminado expresando su solidaridad con Ceuta. También municipios gobernados por el PSOE han impulsado o respaldado convocatorias. Incluso agrupaciones socialistas han anunciado su presencia en las concentraciones.
Eso demuestra algo elemental: la preocupación por Ceuta ha conseguido atravesar las fronteras partidistas.
Y quizá sea precisamente eso lo que más debería hacer reflexionar al Gobierno.
Porque resulta difícil sostener que una movilización es simplemente «de la extrema derecha» o de un determinado partido cuando alcaldes, militantes y agrupaciones socialistas participan también en ella. Cuando la sociedad civil se mueve, las etiquetas simplistas suelen acabar chocando con la realidad.
La solidaridad con Ceuta no debería tener carné.
CEUTA NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN TABÚ.
Naturalmente, es legítimo discutir qué ocurrió, por qué ocurrió y qué responsabilidades existen. De hecho, esa discusión es imprescindible.
No existe, hasta donde se ha hecho público, una prueba concluyente que permita atribuir directamente a las autoridades marroquíes la organización de la entrada masiva en Ceuta. Eso hay que decirlo con claridad.
Pero tampoco existe una información pública, fidedigna y contrastada que permita presentar al Estado marroquí como completamente ajeno a lo ocurrido.
Y, sobre todo, hay una realidad difícil de ignorar: una entrada multitudinaria de esas dimensiones no puede analizarse seriamente sin tener en cuenta el papel que desempeñaron las autoridades encargadas de controlar el territorio desde el que partieron miles de personas.
No se trata de condenar sin pruebas.
Se trata de no exculpar sin pruebas.
La diferencia es importante.
Porque una cosa es afirmar aquello que no está acreditado, y otra muy distinta cerrar los ojos ante los indicios, las circunstancias y las preguntas que todavía siguen sin respuesta.
UNA EXTRAÑA COMPRENSIÓN CON RABAT.
Lo que más sorprende es la actitud del presidente del Gobierno.
Pedro Sánchez ha adoptado en los últimos tiempos una posición extraordinariamente comprensiva con Marruecos. Hasta el punto de que, ante una crisis de la magnitud de la vivida en Ceuta, su reacción política ha parecido orientada, ante todo, a evitar cualquier confrontación o exigencia incómoda hacia Rabat.
Es legítimo defender la cooperación con Marruecos. España necesita mantener una relación estable con su vecino del sur. Nadie sensato puede discutir la importancia de la colaboración en inmigración, seguridad, lucha antiterrorista, comercio o política exterior.
Pero cooperar no significa callar.
Mantener buenas relaciones no significa renunciar a hacer preguntas.
Y la diplomacia no puede convertirse en una sucesión de concesiones en las que una parte exige, presiona o marca los límites y la otra se limita a comprender.
LA COMPARACIÓN CON NUESTRA PROPIA CORONA.
Hay, además, un contraste que resulta difícil de pasar por alto.
Mientras Sánchez ha mostrado una sensibilidad extraordinaria hacia el rey Mohamed VI y hacia las posiciones del régimen marroquí, su actitud respecto a una eventual visita del rey Felipe VI a Ceuta y Melilla ha resultado mucho más fría, displicente y distante.
Y ahí aparece una pregunta política inevitable.
¿Por qué parece preocupar más al presidente del Gobierno la posible incomodidad de Rabat que la necesidad de que la Corona española esté presente, simbólica y políticamente, en todos los territorios de España?
El Rey no tendría que pedir permiso a nadie para visitar Ceuta o Melilla.
Son ciudades españolas.
Y la presencia del jefe del Estado en cualquier parte del territorio nacional debería considerarse una normalidad institucional, no un problema diplomático que haya que medir en función de la reacción de otro país.
Esa diferencia de trato, esa cautela hacia la sensibilidad de Marruecos y esa aparente incomodidad cuando se habla de la propia Corona española, es políticamente difícil de comprender.
LAS PREGUNTAS QUE SIGUEN AHÍ.
No sabemos qué teme Pedro Sánchez de Marruecos, si es que teme algo. Y no sería responsable afirmar como hechos hipótesis que no están acreditadas.
Pero sí existen preguntas políticas perfectamente legítimas.
¿Por qué tanta cautela ante Rabat?
¿Por qué una defensa tan cerrada de la posición marroquí incluso cuando dentro del propio espacio político del Gobierno se reclaman explicaciones y mayor firmeza?
¿Por qué parece tan difícil exigir responsabilidades o, sencillamente, pedir explicaciones?
¿Por qué la visita del Rey de España a Ceuta o Melilla puede ser presentada como una cuestión que conviene pensar cuidadosamente, mientras se acepta como normal que Marruecos defienda con absoluta firmeza sus propios intereses y sensibilidades?
España no necesita una política exterior basada en la hostilidad.
Pero tampoco una basada en el temor.
EL 2 DE SEPTIEMBRE
Por eso las concentraciones del 2 de septiembre tienen un significado que va más allá de una simple convocatoria.
Son la expresión de una ciudadanía que quiere decir algo muy sencillo: Ceuta no está sola.
Y quizá también algo más.
Que la defensa de la integridad territorial, de las fronteras y de los ciudadanos españoles no puede depender de la conveniencia política del momento.
Que Ceuta no es del PP.
Ni del PSOE.
Ni de Vox.
Ni de ningún partido.
Ceuta es de España.
Y cuando las instituciones parecen llegar tarde, cuando el debate político intenta apropiarse del sentimiento de la calle o cuando quienes tienen la responsabilidad de dar explicaciones prefieren levantar muros de silencio, los ciudadanos terminan recordando una vieja verdad:
los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos.
Y, en esta ocasión, quizá España esté demostrando que todavía sabe reaccionar a pesar de su Gobierno.
LUIS FARACO.