miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿EN QUÉ ESTABA EL MINISTERIO DEL INTERIOR: EN PROTEGERNOS O EN CLASIFICARNOS?






Hay documentos que explican mucho más por lo que contienen que por lo que sus autores pretendían que significaran.


El dossier elaborado en 2024 por la Oficina de Comunicación del Ministerio del Interior, con 54 páginas y fichas de 280 periodistas y tertulianos, es uno de ellos.


Fotografías. Trayectorias profesionales. Medios en los que trabajan. Y, junto a todo ello, algo mucho más difícil de entender: valoraciones sobre su orientación ideológica y sobre su posición respecto al Gobierno.


A unos se les identifica como próximos al PSOE o favorables al Gobierno. A otros como de derechas, críticos o «anti-Sánchez».


Y entonces surge una pregunta que, a mi juicio, nadie puede evitar:


¿Para qué necesitaba el Ministerio del Interior clasificar ideológicamente a los periodistas?


UNA COSA ES CONOCER LOS MEDIOS. OTRA, CLASIFICAR A QUIENES INFORMAN.


Interior sostiene que se trataba de un documento interno de trabajo destinado a conocer el panorama mediático y mejorar la comunicación del Ministerio.


Puede ser.


Pero esa explicación no resuelve la cuestión fundamental.


Para saber qué piensa un periodista sobre una determinada política basta con leer sus artículos, escuchar sus intervenciones o consultar sus trabajos.


Para saber qué línea editorial mantiene un periódico, basta con conocer ese periódico.


Otra cosa muy distinta es elaborar una ficha personal, con fotografía, trayectoria e ideología atribuida.


Ahí ya no estamos solamente analizando información.


Estamos perfilando personas.


Y cuando quien realiza ese perfilado es un Ministerio del Gobierno, la pregunta adquiere una dimensión mucho mayor.


¿POR QUÉ INTERIOR?


Porque el Ministerio del Interior no es un partido político.


No es una organización electoral.


Y tampoco es un gabinete privado de comunicación.


Es el departamento responsable, entre otras materias, de la seguridad ciudadana, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y la protección de nuestras fronteras.


Por eso la pregunta que da título a este artículo no es retórica.


Es una pregunta política y democrática:


¿Estaba el Ministerio dedicando más energía a saber quiénes éramos ideológicamente los periodistas que a garantizar que los ciudadanos estuviéramos protegidos?


No afirmo que una cosa sustituyera a la otra.


No tenemos pruebas para decirlo.


Pero sí tenemos derecho a preguntarnos cuánto tiempo, cuántos medios y qué recursos públicos se dedicaron a elaborar aquel mapa ideológico del periodismo español.


Y tenemos derecho a exigir que se explique para qué se hizo.


¿Y DESPUÉS, QUÉ?


Aquí comienza la parte verdaderamente importante de la investigación.


Porque todavía necesitamos saber quién ordenó exactamente la elaboración del dossier, quién decidió sus criterios, quién redactó las fichas, quién tuvo acceso al documento y, sobre todo, si aquella clasificación tuvo alguna consecuencia práctica.


¿Influyó en la relación con determinados periodistas?


¿En el acceso a fuentes?


¿En entrevistas?


¿En la información facilitada?


¿En la prioridad de las respuestas?


¿En la publicidad institucional?


No sabemos que fuera así.


Y precisamente por eso hay que investigarlo antes de sacar conclusiones.


Lo que sí sabemos es que el documento existió.


Y sabemos también que las opiniones políticas aparecen tratadas como una característica de las personas incluidas.


Eso obliga, además, a formular otra pregunta: ¿con qué base jurídica se realizó ese tratamiento de información?


Las opiniones políticas son una categoría especialmente protegida por la legislación de protección de datos. Que una opinión haya sido expresada públicamente no significa automáticamente que una Administración pueda recopilarla, organizarla y convertirla en un perfil individual para sus propios fines.


Interior tiene que explicar también este extremo.


LA LIBERTAD DE PRENSA NO CONSISTE EN QUE EL PODER NOS TOLERE.


Hay una cuestión que deberíamos ser capaces de defender independientemente de nuestras preferencias políticas.


La libertad de prensa no consiste en que el poder distinga entre periodistas amigos y periodistas incómodos. Consiste precisamente en que el periodista pueda ser incómodo para el poder sin convertirse por ello en una ficha del poder.


Porque un periodista no tiene que ser de izquierdas para criticar a un Gobierno.


Ni de derechas para defenderlo.


Ni progresista para cuestionar una política.


Ni conservador para denunciar un abuso.


Su obligación es informar.


Y la obligación del poder democrático es soportar esa información, incluso cuando resulta incómoda.


NO ES UNA CUESTIÓN DE IZQUIERDAS O DE DERECHAS.


Si mañana un Gobierno de otro signo político hiciera exactamente lo mismo, mi opinión sería idéntica.


El Estado no debería elaborar mapas ideológicos de periodistas.


Ni de izquierdas.


Ni de derechas.


Ni favorables.


Ni críticos.


Porque cuando una Administración comienza a mirar a los periodistas no solamente por lo que publican, sino también por quiénes son políticamente, aparece una frontera que una democracia sana debería vigilar con enorme cuidado.


Y más aún cuando hablamos del Ministerio encargado de la seguridad y de la protección de los ciudadanos.


ESTA HISTORIA NO HA TERMINADO


Las 54 páginas son solamente el principio.


Ahora toca saber quién las encargó, cómo se confeccionaron, qué criterios se utilizaron y qué ocurrió después con ellas.


Y, sobre todo, si aquel mapa ideológico fue simplemente un documento interno sin consecuencias o si terminó sirviendo para algo más.


Porque una democracia no debería tener miedo de investigar al poder.


El poder democrático, por el contrario, debería ser el primero interesado en demostrar que nunca utiliza su fuerza para vigilar, clasificar o condicionar a quienes tienen la obligación de vigilarlo a él.


Y vuelvo a la pregunta inicial, que quizá sea la más sencilla y, al mismo tiempo, la más incómoda:


¿En qué estaba el Ministerio del Interior: en protegernos o en clasificarnos?


La respuesta no debería depender de nuestra ideología.


Debería depender de los hechos.


Luis Faraco.

martes, 8 de septiembre de 2026

EL SUPREMO OBLIGA A SEPARAR LA LEY “DE NIETOS” DE SU INTERPRETACIÓN.






Hay decisiones judiciales que no resuelven todavía el fondo de un asunto, pero que cambian por completo los términos del debate. La adoptada hoy por el Tribunal Supremo sobre la llamada «ley de nietos» es una de ellas.


La Sala de lo Contencioso-Administrativo ha acordado suspender cautelarmente los efectos electorales de determinadas inscripciones en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA) de personas que obtuvieron la nacionalidad española al amparo de la Ley de Memoria Democrática. La medida no anula ninguna nacionalidad ni suspende la ley: afecta, mientras se resuelven los recursos, a sus efectos electorales.


Y aquí está lo verdaderamente importante.


El Supremo ha ordenado distinguir entre quienes accedieron a la nacionalidad por la aplicación directa de los supuestos establecidos en la disposición adicional octava de la Ley 20/2022 y quienes lo hicieron como consecuencia de la interpretación efectuada por la Instrucción de 25 de octubre de 2022 de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública.


No es una distinción menor.


La propia Instrucción reconocía que el texto legal «parece» dirigirse a determinados descendientes de exiliados y, a continuación, proponía una interpretación que consideraba más acorde con «la verdadera voluntad del legislador y el espíritu de la ley».


Es precisamente esa interpretación la que ahora tendrá que examinar el Tribunal Supremo.


La cuestión, por tanto, no consiste en cuestionar el derecho de los españoles a recuperar o adquirir la nacionalidad que la ley les reconoce. La cuestión es mucho más elemental: si una instrucción administrativa puede ampliar mediante interpretación el ámbito subjetivo de una ley aprobada por las Cortes.


Y el asunto adquiere una dimensión todavía mayor cuando esa interpretación termina teniendo consecuencias electorales.


El Supremo ha puesto también bajo examen el procedimiento de actualización del CERA y, particularmente, los criterios utilizados para determinar el municipio en el que se inscribe al elector residente en el extranjero.


No estamos hablando de una cuestión burocrática irrelevante.


El municipio determina la provincia y, en las elecciones generales, la provincia determina la circunscripción electoral. Por eso resulta imprescindible poder conocer y verificar el recorrido administrativo que lleva desde el reconocimiento de la nacionalidad hasta la inscripción electoral correspondiente.


La pregunta que debemos hacernos es sencilla:


¿Quién tiene derecho a votar, con arreglo a qué norma se le reconoce ese derecho y con qué garantías se determina dónde debe computarse su voto?


El Supremo acaba de exigir que algunas de esas preguntas sean contestadas antes de que el proceso pueda darse por cerrado.


La decisión es cautelar y no prejuzga la sentencia definitiva. Pero tiene una enorme trascendencia institucional: por primera vez, la interpretación administrativa de la «ley de nietos» y sus consecuencias electorales quedan sometidas conjuntamente al escrutinio del Tribunal Supremo.


Ahora toca esperar a la sentencia.


Y, sobre todo, comprobar si la interpretación que durante estos años permitió ampliar el alcance de la norma resiste el examen del máximo órgano jurisdiccional.


Porque cuando está en juego el derecho al voto, la seguridad jurídica no puede ser una cuestión de interpretaciones: tiene que ser una garantía.


Luis Faraco Roldán

lunes, 7 de septiembre de 2026

LA LEY DE NIETOS, EL CERA Y UNA PREGUNTA INCÓMODA.






Hoy el Tribunal Supremo tiene sobre la mesa una cuestión que puede tener importantes consecuencias sobre el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA).


Pero conviene recordar dónde empezó realmente el problema.


La disposición adicional octava de la Ley 20/2022 estableció determinados supuestos para acceder a la nacionalidad española. Sin embargo, la Instrucción de 25 de octubre de 2022, dictada por la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública, hizo una interpretación mucho más amplia de su alcance.


La propia Instrucción reconoce que el texto «parece dirigirse únicamente a los hijos, hijas, nietos y nietas», pero sostiene que cabe una interpretación diferente atendiendo a la «verdadera voluntad del legislador» y al «espíritu de la ley».


Y aquí está la primera pregunta:


¿Puede una instrucción administrativa ampliar mediante interpretación el ámbito subjetivo de una ley aprobada por las Cortes?


Corresponde responder a los tribunales.


Pero sí corresponde a los ciudadanos exigir que se aclare.


Porque la cuestión deja de ser exclusivamente jurídica cuando esa adquisición de nacionalidad tiene después consecuencias sobre el cuerpo electoral.


Y aquí aparece el CERA


Sabemos quién tiene derecho a votar y sabemos de qué circunscripción procede cada elector.


Pero hay otra cuestión que merece ser examinada con mucha más atención:


¿Podemos auditar dónde acaba cada voto?


La normativa establece una cadena de custodia: urnas precintadas, actas consulares y traslado de los votos hasta España mediante valija diplomática.


Pero, una vez que los votos llegan a España, existe una fase intermedia en la que son recibidos y posteriormente distribuidos a las juntas electorales correspondientes desde el Ministerio de Asuntos Exteriores.


No estoy poniendo en duda la honradez de los funcionarios ni afirmando que exista manipulación alguna.


Estoy planteando una cuestión de garantías:


¿Quién controla y documenta cada paso hasta que esos votos llegan a la circunscripción que finalmente los escruta?


La solución debería ser sencilla.


Al cierre de cada jornada electoral debería existir un acta electrónica, firmada y transmitida inmediatamente a la autoridad electoral, indicando cuántos votos salen del consulado y a qué circunscripciones corresponden.


Los votos físicos continuarían viajando por valija diplomática, pero su recepción, precintos, número de sobres y distribución deberían quedar registrados y ser perfectamente conciliables con el acta de origen.


En definitiva:


sabemos quién vota; debemos poder comprobar también dónde acaba cada voto.


Se trata de diseñar un sistema electoral en el que no sea necesario confiar ciegamente en nadie, porque todo pueda ser comprobado.


La amplitud de la interpretación de la Ley de Nietos y la absoluta trazabilidad del voto CERA son dos cuestiones distintas, pero tienen algo en común:


ambas afectan directamente a la confianza en nuestro sistema democrático.


Y esa confianza no se reclama. Se garantiza.


«La condición que Dios ha dado a la libertad del hombre es la vigilancia eterna.»

— John Philpot Curran, 1790


Luis Faraco Roldán

miércoles, 2 de septiembre de 2026

MARLASKA PREGUNTA AHORA A LA POLICÍA.






La crisis de Ceuta que el Gobierno ya no puede esconder


La crisis sufrida por Ceuta los días 30 y 31 de julio no puede quedar sepultada bajo declaraciones contradictorias, comunicados oficiales y nuevas explicaciones.


Hoy conocemos la existencia de informes y análisis policiales previos relacionados con los acontecimientos y vinculados a las actuaciones que se siguen en la Audiencia Nacional.


La pregunta, por tanto, ya no es si existió información.


La verdadera pregunta es:


¿QUIÉN LA CONOCÍA Y QUÉ HIZO CON ELLA?


Las advertencias existían. El análisis de riesgo existía. Y España tiene derecho a saber cuál fue el recorrido de aquella información dentro del Estado.


Lo que ahora debe explicar Marlaska.


La reacción del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, de madrugada, ha añadido una nueva y extraordinaria gravedad al asunto.


Marlaska ha pedido explicaciones al director general de la Policía sobre la información conocida y sobre cuándo disponía la Policía de ella.


Pero esa iniciativa, lejos de resolver el problema, plantea una cuestión todavía más inquietante:


¿Cómo es posible que el ministro del Interior tenga que preguntar ahora a la Policía qué sabía la propia Policía sobre unos hechos de semejante trascendencia?


Aquí se abre un dilema político del que resulta difícil escapar.


Si la información estaba en poder de la Policía y no llegó al ministro, alguien debe explicar un fallo de tal gravedad en la cadena de mando y de información.


Y si Marlaska conocía, o debía conocer, aquella información, tendrá que explicar por qué ahora aparece públicamente preguntando por ella.


Porque un ministro puede ignorar un informe. Lo que no puede ignorar son las consecuencias de no haberlo conocido.


La pregunta que queda en el aire es, por tanto, inevitable: ¿qué ha fallado en el Ministerio del Interior y quién debe responder por ello?


El director general de la Policía debe responder si una información de esta trascendencia no fue trasladada al ministro.


El ministro del Interior debe responder si conoció información relevante, si tenía la obligación de conocerla o si sus declaraciones públicas no reflejaron todo lo que se sabía.


Y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tampoco puede permanecer al margen.


Una crisis de esta dimensión no puede terminar reducida a una discusión entre un ministro y uno de sus subordinados. Si se ha producido un fallo grave en la cadena de información del Estado, el máximo responsable político del Gobierno debe explicar qué ocurrió.


José Manuel Albares debe aclarar igualmente qué información manejó el Ministerio de Asuntos Exteriores y cuál fue la respuesta diplomática ante unos acontecimientos que afectan directamente a una frontera española.


Ceuta exige respuestas.


La investigación judicial deberá establecer todos los hechos y determinar, en su caso, las responsabilidades jurídicas.


Pero las responsabilidades políticas tienen su propio terreno y no pueden quedar suspendidas indefinidamente.


Los ciudadanos tienen derecho a saber qué ocurrió.


Ceuta tiene derecho a conocer qué información existía antes de aquellos días y qué decisiones se tomaron cuando la ciudad española afrontó una crisis de una dimensión extraordinaria.


Porque Ceuta no es una periferia.


Ceuta es España.


Y los ceutíes tienen el mismo derecho a la seguridad, a la protección y a la defensa del Estado que cualquier ciudadano del resto del territorio nacional.


La cuestión ya no es si habrá responsabilidades.


La cuestión es quién va a asumirlas.


Si el director general de la Policía no informó al ministro de una cuestión de esta gravedad, deberá responder por ello.


Si el ministro conocía, o tenía la obligación de conocer, información relevante y ahora pretende situarse fuera de la cadena de responsabilidades, deberá dar muchas explicaciones.


Y si todo esto revela un fracaso político de mayor dimensión, el presidente del Gobierno no puede permanecer al margen.


Hoy, más que nunca, España necesita saber la verdad.


No nuevas versiones.


No más contradicciones.


La verdad.


CEUTA EXIGE LA VERDAD.


CEUTA EXIGE SEGURIDAD.


CEUTA EXIGE QUE ESPAÑA LA DEFIENDA.


CEUTA NO SE RINDE.


CEUTA SE DEFIENDE.


TODOS SOMOS CEUTA.


Luis Faraco Roldán.

martes, 1 de septiembre de 2026

UNA MOCIÓN DE CENSURA EN LAS CALLES CONTRA EL AUTORITARISMO DEL GOBIERNO.



El derecho de los españoles a reunirse y expresar pacíficamente su solidaridad con Ceuta no debería convertirse en una cuestión de permiso político.


La noticia de que la Delegación del Gobierno ha impedido determinadas concentraciones de apoyo a Ceuta merece una reflexión.


Porque la libertad de expresión y el derecho de reunión no son una concesión del Gobierno de turno. Son derechos fundamentales de los españoles.


Y resulta difícil entender la paradoja: mientras ciudadanos de toda España quieren reunirse pacíficamente para decir que Ceuta no está sola, la Administración del Estado encuentra la manera de impedir determinadas convocatorias.


Que se discuta quién tiene capacidad jurídica para convocar un acto es una cuestión administrativa. Pero otra cosa es el mensaje político que termina llegando a los ciudadanos.


¿De verdad el Gobierno cree que la solidaridad con Ceuta debe ser limitada, regulada o discutida en función de quién presenta un escrito?


Ceuta no necesita permiso para ser española.


Y los españoles no deberían sentirse obligados a pedir permiso político para expresar pacíficamente su apoyo a una ciudad española.


Si la convocatoria inicial encuentra obstáculos administrativos, la respuesta democrática no debería ser la resignación.


Debería ser la participación.


Que mañana, en cada pueblo y en cada ciudad donde sea posible, los ciudadanos expresen pacíficamente su solidaridad con Ceuta.


No contra nadie.


No para alimentar el odio.


No para provocar enfrentamientos.


Para decir algo mucho más sencillo: Ceuta no está sola.


Y quizá esa sea la mejor respuesta política que hoy pueden dar los españoles.


Una respuesta cívica, democrática y pacífica.


Una especie de moción de censura popular.


No una moción parlamentaria, porque los ciudadanos no necesitan escaños para expresar lo que piensan.


Una moción de censura en las calles.


La que se produce cuando un Gobierno deja de representar un sentimiento ampliamente compartido y los ciudadanos deciden expresar públicamente que quieren otra actitud, otra firmeza y otra manera de defender aquello que consideran común.


Mañana puede hablar España.


Y cuanto más serena, democrática y masiva sea su respuesta, más difícil será ignorar el mensaje:


¡¡CEUTA NO ESTÁ SOLA!!


Luis Faraco.

EL 2 DE SEPTIEMBRE: CUÁNDO LOS PUEBLOS SE UNEN A PESAR DEL GOBIERNO.






«Los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos». En este caso, quizá, a pesar del Gobierno.


Hay momentos en los que una sociedad siente que debe reaccionar por sí misma. No porque las instituciones no sean necesarias, sino precisamente porque, cuando percibe que quienes tienen la responsabilidad de actuar parecen más preocupados por dividir, justificar o mirar hacia otro lado, el pueblo acaba ocupando el espacio que otros han dejado vacío.


Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo con Ceuta.


El próximo 2 de septiembre, ciudadanos de muy distintos lugares de España se concentrarán para expresar su solidaridad con una ciudad española que ha vivido una situación excepcional. Y lo harán, además, con un carácter que debería resultar especialmente significativo: muchas de esas convocatorias han surgido desde la sociedad, desde asociaciones, colectivos y ciudadanos, y han terminado reuniendo sensibilidades políticas muy diferentes.


Porque Ceuta no pertenece a un partido.


Ceuta es España.


Y cuando una parte de España se siente desbordada, amenazada o abandonada, lo natural debería ser que el resto del país reaccionara sin preguntar primero quién convoca, quién gobierna el ayuntamiento o qué bandera partidista puede rentabilizar la protesta.


CUANDO LA SOCIEDAD VA POR DELANTE.


Lo más llamativo de estas concentraciones es que el propio discurso político ha quedado, en algunos lugares, desbordado por los ciudadanos.


Ayuntamientos y responsables políticos de distintos signos han terminado expresando su solidaridad con Ceuta. También municipios gobernados por el PSOE han impulsado o respaldado convocatorias. Incluso agrupaciones socialistas han anunciado su presencia en las concentraciones.


Eso demuestra algo elemental: la preocupación por Ceuta ha conseguido atravesar las fronteras partidistas.


Y quizá sea precisamente eso lo que más debería hacer reflexionar al Gobierno.


Porque resulta difícil sostener que una movilización es simplemente «de la extrema derecha» o de un determinado partido cuando alcaldes, militantes y agrupaciones socialistas participan también en ella. Cuando la sociedad civil se mueve, las etiquetas simplistas suelen acabar chocando con la realidad.


La solidaridad con Ceuta no debería tener carné.


CEUTA NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN TABÚ.


Naturalmente, es legítimo discutir qué ocurrió, por qué ocurrió y qué responsabilidades existen. De hecho, esa discusión es imprescindible.


No existe, hasta donde se ha hecho público, una prueba concluyente que permita atribuir directamente a las autoridades marroquíes la organización de la entrada masiva en Ceuta. Eso hay que decirlo con claridad.


Pero tampoco existe una información pública, fidedigna y contrastada que permita presentar al Estado marroquí como completamente ajeno a lo ocurrido.


Y, sobre todo, hay una realidad difícil de ignorar: una entrada multitudinaria de esas dimensiones no puede analizarse seriamente sin tener en cuenta el papel que desempeñaron las autoridades encargadas de controlar el territorio desde el que partieron miles de personas.


No se trata de condenar sin pruebas.


Se trata de no exculpar sin pruebas.


La diferencia es importante.


Porque una cosa es afirmar aquello que no está acreditado, y otra muy distinta cerrar los ojos ante los indicios, las circunstancias y las preguntas que todavía siguen sin respuesta.


UNA EXTRAÑA COMPRENSIÓN CON RABAT.


Lo que más sorprende es la actitud del presidente del Gobierno.


Pedro Sánchez ha adoptado en los últimos tiempos una posición extraordinariamente comprensiva con Marruecos. Hasta el punto de que, ante una crisis de la magnitud de la vivida en Ceuta, su reacción política ha parecido orientada, ante todo, a evitar cualquier confrontación o exigencia incómoda hacia Rabat.


Es legítimo defender la cooperación con Marruecos. España necesita mantener una relación estable con su vecino del sur. Nadie sensato puede discutir la importancia de la colaboración en inmigración, seguridad, lucha antiterrorista, comercio o política exterior.


Pero cooperar no significa callar.


Mantener buenas relaciones no significa renunciar a hacer preguntas.


Y la diplomacia no puede convertirse en una sucesión de concesiones en las que una parte exige, presiona o marca los límites y la otra se limita a comprender.


LA COMPARACIÓN CON NUESTRA PROPIA CORONA.


Hay, además, un contraste que resulta difícil de pasar por alto.


Mientras Sánchez ha mostrado una sensibilidad extraordinaria hacia el rey Mohamed VI y hacia las posiciones del régimen marroquí, su actitud respecto a una eventual visita del rey Felipe VI a Ceuta y Melilla ha resultado mucho más fría, displicente y distante.


Y ahí aparece una pregunta política inevitable.


¿Por qué parece preocupar más al presidente del Gobierno la posible incomodidad de Rabat que la necesidad de que la Corona española esté presente, simbólica y políticamente, en todos los territorios de España?


El Rey no tendría que pedir permiso a nadie para visitar Ceuta o Melilla.


Son ciudades españolas.


Y la presencia del jefe del Estado en cualquier parte del territorio nacional debería considerarse una normalidad institucional, no un problema diplomático que haya que medir en función de la reacción de otro país.


Esa diferencia de trato, esa cautela hacia la sensibilidad de Marruecos y esa aparente incomodidad cuando se habla de la propia Corona española, es políticamente difícil de comprender.


LAS PREGUNTAS QUE SIGUEN AHÍ.


No sabemos qué teme Pedro Sánchez de Marruecos, si es que teme algo. Y no sería responsable afirmar como hechos hipótesis que no están acreditadas.


Pero sí existen preguntas políticas perfectamente legítimas.


¿Por qué tanta cautela ante Rabat?


¿Por qué una defensa tan cerrada de la posición marroquí incluso cuando dentro del propio espacio político del Gobierno se reclaman explicaciones y mayor firmeza?


¿Por qué parece tan difícil exigir responsabilidades o, sencillamente, pedir explicaciones?


¿Por qué la visita del Rey de España a Ceuta o Melilla puede ser presentada como una cuestión que conviene pensar cuidadosamente, mientras se acepta como normal que Marruecos defienda con absoluta firmeza sus propios intereses y sensibilidades?


España no necesita una política exterior basada en la hostilidad.


Pero tampoco una basada en el temor.


EL 2 DE SEPTIEMBRE


Por eso las concentraciones del 2 de septiembre tienen un significado que va más allá de una simple convocatoria.


Son la expresión de una ciudadanía que quiere decir algo muy sencillo: Ceuta no está sola.


Y quizá también algo más.


Que la defensa de la integridad territorial, de las fronteras y de los ciudadanos españoles no puede depender de la conveniencia política del momento.


Que Ceuta no es del PP.


Ni del PSOE.


Ni de Vox.


Ni de ningún partido.


Ceuta es de España.


Y cuando las instituciones parecen llegar tarde, cuando el debate político intenta apropiarse del sentimiento de la calle o cuando quienes tienen la responsabilidad de dar explicaciones prefieren levantar muros de silencio, los ciudadanos terminan recordando una vieja verdad:


los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos.


Y, en esta ocasión, quizá España esté demostrando que todavía sabe reaccionar a pesar de su Gobierno.


LUIS FARACO.

lunes, 31 de agosto de 2026

PEDRO SÁNCHEZ Y LOS VEINTE AÑOS DEL REY.





«La contradicción es el homenaje que el error rinde a la verdad».


Hay apenas dos minutos de una entrevista que sirven como una extraordinaria medida de lo que es Pedro Sánchez.


Dos minutos.


Dos minutos bastan para comprobar cómo el presidente del Gobierno convierte una pregunta sobre una posible visita del Rey a Ceuta y Melilla en un reproche al jefe del Estado. Y cómo, en apenas unos segundos, queda atrapado en una contradicción de la que resulta difícil escapar.


Todo comienza con una afirmación que merece ser subrayada.


Pedro Sánchez dice:


—El Rey lleva reinando más de veinte años.


No.


Felipe VI fue proclamado Rey de España el 19 de junio de 2014.


Lleva poco más de doce años reinando.


Y Pedro Sánchez lleva más de ocho de esos doce años como presidente del Gobierno.


Mariano Rajoy estuvo menos de cuatro años al frente del Ejecutivo durante el reinado de Felipe VI.


El dato no es menor.


Sánchez ha gobernado durante más de dos tercios del reinado de Felipe VI.


Y, sin embargo, habla de «más de veinte años».


Puede ser un error.


Si lo es, resulta difícilmente explicable que el presidente del Gobierno se equivoque en algo tan elemental como los años de reinado del jefe del Estado con el que lleva más de ocho años despachando.


Pero existe otra posibilidad.


Que no sea un error inocente.


Que alargar artificialmente el reinado hasta los veinte años tenga una utilidad política: presentar la ausencia de visitas del Rey a Ceuta y Melilla como una responsabilidad exclusivamente suya y diluir un hecho incómodo.


Durante más de ocho de los doce años del reinado de Felipe VI, el Gobierno de España ha estado presidido por Pedro Sánchez.


Y entonces llega la pregunta:


—¿Cuántas veces ha ido el Rey a Ceuta y Melilla?


La respuesta es conocida.


Ninguna.


Sánchez adopta entonces un tono muy distinto al de otros momentos de la entrevista. Interrumpe. Corrige. Insiste.


—No, no, discúlpeme. Pero discúlpeme.


Después:


—No, no, escúcheme. Escúcheme.


Y poco a poco aparece una contradicción que merece toda la atención.


Sánchez asegura que existen «argumentos y razones suficientes» para que el jefe del Estado visite «por fin» Ceuta y Melilla.


Afirma que ha hablado de ello con el Rey.


Y asegura que la visita se realizará.


Pero cuando se le pregunta cuándo, responde:


—Cuando se den las condiciones para ello.


Y remata con la frase fundamental:


—Esa visita se hará. Y es una visita que, lógicamente, tendremos que coordinar y trabajar, pues, la Casa Real en este caso y el Gobierno de España.


Ahí está todo.


Si la visita del Rey a Ceuta y Melilla requiere coordinación y trabajo entre la Casa Real y el Gobierno de España, ¿por qué Pedro Sánchez convierte la ausencia de esa visita en un reproche dirigido exclusivamente al Rey?


La pregunta resulta todavía más incómoda cuando recordamos que Sánchez lleva más de ocho años presidiendo ese Gobierno.


Porque entonces la cuestión debería ser otra:


¿Qué ha hecho Pedro Sánchez durante más de ocho años para facilitar esa visita?


¿Qué ha impedido que durante esos años se dieran las condiciones que ahora considera necesarias?


¿Por qué ahora sí hay «argumentos y razones suficientes» y durante más de ocho años no los había?


Y hay otra pregunta que queda inevitablemente flotando después de escuchar sus propias palabras.


Sánchez no quiere revelar las conversaciones mantenidas con el jefe del Estado.


Es razonable.


Pero entonces, ¿qué sentido tiene reprochar al Rey que no haya ido a Ceuta y Melilla si, inmediatamente después, reconoce que una visita de esta naturaleza depende de una coordinación institucional con el Gobierno?


¿Quería ir el Rey y no se habían dado hasta ahora las condiciones para ello?


No lo sabemos.


Pedro Sánchez no lo aclara.


Pero sí sabemos algo.


Sabemos que Felipe VI no lleva veinte años reinando.


Lleva poco más de doce.


Sabemos que Sánchez ha sido presidente durante más de ocho de esos doce años.


Y sabemos, porque él mismo lo reconoce, que la visita del Rey a Ceuta y Melilla debe coordinarse entre la Casa Real y el Gobierno.


Por eso, el reproche de Sánchez se vuelve contra él mismo.


No se puede acusar al Rey de no haber realizado una visita y, acto seguido, reconocer que esa visita requiere precisamente de la coordinación del Gobierno que uno mismo preside desde hace más de ocho años.


No sin asumir una parte de la responsabilidad.


Quizá por eso resultó tan revelador aquel momento.


Porque durante apenas dos minutos se produjo una concentración extraordinaria de contradicciones.


El Rey lleva «más de veinte años» reinando.


No. Lleva poco más de doce.


El Rey no ha ido a Ceuta y Melilla.


Cierto.


Pero Sánchez ha sido presidente durante más de dos tercios de su reinado.


La visita se hará.


¿Y cuándo?


Cuando «se den las condiciones».


¿De quién depende?


De la coordinación entre la Casa Real y el Gobierno.


Entonces, volvamos al principio.


¿Por qué reprochar al Rey aquello que, según el propio Sánchez, depende también del Gobierno de España?


Quizá porque la pregunta permite descubrir algo más profundo.


En apenas dos minutos, el presidente del Gobierno quiso señalar al Rey.


Y acabó señalándose a sí mismo.


No fue el Rey quien quedó atrapado en la contradicción.


Fue Pedro Sánchez.


Luis Faraco.