«No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige».
SÉNECA
CUANDO UN PUEBLO REACCIONA.
Hay momentos en los que un pueblo reacciona antes que sus gobernantes. Momentos en los que las diferencias políticas, las ideologías y las disputas cotidianas pasan a un segundo plano porque surge algo más profundo.
Eso es lo que ha ocurrido con Ceuta.
Durante demasiado tiempo, el Gobierno pareció confiar en que la crisis pasaría. Que el tiempo terminaría por apagar la indignación. Que los españoles volverían a sus preocupaciones cotidianas y Ceuta quedaría reducida a unas imágenes, unos titulares y unas declaraciones.
Se equivocaron.
Porque esta vez Ceuta no se ha sentido sola. Y, sobre todo, España ha descubierto —o quizá ha vuelto a recordar— que hay sentimientos que no caben en una estrategia de comunicación, ni en una rueda de prensa, ni en los cálculos necesarios para mantenerse en el poder.
EL BUEN GOBERNANTE SE ANTICIPA.
Esa es una de las obligaciones fundamentales de quien tiene la responsabilidad de gobernar: prever los riesgos, prepararse para las crisis y actuar antes de que los problemas estallen.
Y cuando las cosas salen mal, un buen gobernante no se limita a felicitarse por su actuación. Da explicaciones. Reconoce los errores. Asume responsabilidades.
Después de todo lo ocurrido, muchos ceutíes sienten que han sido abandonados. Han vivido la angustia y la tensión en primera persona. Han visto cómo una crisis crecía y terminaba trasladándose a la vida cotidiana de su ciudad.
Y mientras ellos esperan respuestas, desde el Gobierno se insiste en que todo lo realizado ha sido correcto, que la actuación ha sido impecable y que se ha hecho lo que debía hacerse.
LA PREGUNTA QUE SIGUE SIN RESPUESTA.
Pero hay una pregunta que sigue esperando una respuesta clara:
¿QUÉ PASÓ REALMENTE EN CEUTA?
Tres ministros comparecieron en las Cortes. Tres ministros tuvieron la oportunidad de explicar a los españoles cómo se llegó a esta situación.
Y, sin embargo, después de escucharles, la pregunta esencial sigue en pie.
¿Qué información se tenía? ¿Qué falló? ¿Por qué no se anticipó una crisis de semejante magnitud? ¿Y quién asume la responsabilidad?
Porque un Gobierno no puede pretender que la defensa de su propia gestión sustituya a la explicación que deben recibir los ciudadanos.
LA INDIGNACIÓN Y LA LEY.
Lo ocurrido después ha demostrado, además, algo todavía más preocupante: cuando una crisis se prolonga sin una solución eficaz, la tensión termina extendiéndose a la sociedad. La indignación crece, el miedo aparece y la convivencia puede verse amenazada.
Nada de ello justifica la violencia.
LA DEFENSA DE CEUTA, DE ESPAÑA Y DE LOS CEUTÍES DEBE ESTAR SIEMPRE DENTRO DE LA LEY Y DE LOS PRINCIPIOS QUE QUEREMOS DEFENDER.
Precisamente porque un Estado tiene la obligación de proteger sus fronteras y a sus ciudadanos, no puede permitir que la falta de respuestas convierta la frustración en desesperación.
CEUTA NO ESTABA SOLA.
Pero quizá lo más importante de estos días no sea solamente la crisis.
Quizá lo más importante sea la reacción de los españoles.
Quienes creyeron que Ceuta era una cuestión lejana no entendieron lo que representa. No comprendieron que Ceuta no es un punto distante en el mapa ni un problema que pueda contemplarse desde la comodidad de un despacho.
CEUTA ES ESPAÑA.
Y cuando los ceutíes han sentido la inquietud, la tensión y el abandono, muchos españoles han sentido que aquello también les pertenecía.
Por encima de diferencias ideológicas y políticas ha aparecido un sentimiento que algunos parecen incapaces de comprender:
LA CONCIENCIA DE QUE NINGÚN TERRITORIO ESPAÑOL DEBE SENTIRSE SOLO.
LA DISTANCIA VERDADERA.
Tal vez esa haya sido la gran sorpresa para quienes gobiernan desde el cálculo permanente, acostumbrados a medir cada decisión en función de sus consecuencias políticas.
Hay cosas que no se pueden medir así.
Hay sentimientos que no desaparecen porque un Gobierno espere lo suficiente.
Y hay pueblos que, cuando sienten que algo esencial está en juego, son capaces de reaccionar con una fuerza que sorprende a quienes ya no saben escucharlos.
PENSARON QUE CEUTA ESTABA LEJOS.
DESCUBRIERON QUE CEUTA ESTÁ EN EL CORAZÓN DE ESPAÑA.
Y quizá esa sea, al final, la reflexión más importante de todo lo ocurrido: la distancia más grande no es la que separa a Ceuta de la Península.
LA VERDADERA DISTANCIA ES LA QUE PUEDE SEPARAR A QUIENES GOBIERNAN DE LOS SENTIMIENTOS PROFUNDOS DEL PUEBLO AL QUE PRETENDEN REPRESENTAR.
Luis Faraco Roldán.






















