Hay noticias que uno lee dos veces. No porque sean difíciles de entender, sino porque cuesta creer que la realidad pueda superar a la ficción con semejante desparpajo. La exclusiva publicada hoy por El Debate es una de ellas. Y, sinceramente, tiene todos los ingredientes de una película de Torrente. Solo falta Santiago Segura detrás de la cámara.
Según publica el diario, Óscar Puente habría dimitido apenas dos horas después de que Pedro Sánchez recibiera información sobre unas presuntas relaciones comprometedoras entre el ministro y un empresario que, al parecer, le habría invitado a banquetes y fiestas con prostitutas a cambio de su ayuda para conseguir subvenciones públicas.
El empresario en cuestión responde al nombre de Francisco Javier Meléndez Juárez, consejero delegado y propietario de… atención, que aquí viene el detalle que hace que uno tenga que contener la carcajada: ¡Patatas Meléndez!
Sí, patatas. De las de toda la vida. La empresa tiene su sede en un polígono industrial de Medina del Campo. Uno se imagina la escena y no sabe si está leyendo una información política, el argumento de una comedia de destape de los años setenta o el guion de la próxima entrega de Torrente.
Pero el asunto, más allá de lo pintoresco de sus protagonistas, es bastante menos gracioso.
Según el relato de El Debate, Diego Rubio, jefe de gabinete de Pedro Sánchez, habría trasladado al presidente el martes a las siete de la tarde una información relativa a Óscar Puente. El empresario habría solicitado al ministro que intercediera ante el Gobierno para obtener subvenciones para su compañía. A cambio, siempre según la información publicada, Puente habría recibido invitaciones a comidas y fiestas con prostitutas en el domicilio del empresario.
Y aquí aparece la coincidencia temporal que convierte la noticia en un auténtico terremoto político: dos horas después de recibir Sánchez esa información, Óscar Puente anunciaba su dimisión al término de su comparecencia en el Congreso sobre el accidente ferroviario de Adamuz.
Naturalmente, todo ello debe ser investigado y acreditado. No estamos ante hechos judicialmente probados, sino ante acusaciones periodísticas de enorme gravedad. Pero si el relato se confirma, estaríamos ante algo que va mucho más allá de una anécdota de mal gusto.
Porque, de ser cierto, estaríamos hablando de un ministro, de un empresario, de posibles favores a cambio de ayudas públicas y de unas fiestas que, por lo descrito, parecen sacadas de la imaginación más desinhibida de un guionista de cine quinqui.
Y entonces uno no puede evitar acordarse de José Luis Ábalos. Otra vez el PSOE orbitando alrededor de las mismas palabras: empresarios, favores, mordidas, prostitutas. Todo presuntamente, por supuesto. Pero demasiadas coincidencias como para despacharlas con el habitual «no todos somos iguales».
¡Claro que no todos somos iguales! Algunos se pasan la vida predicando ejemplaridad, regeneración democrática y superioridad moral, mientras la realidad les va escribiendo, capítulo a capítulo, una sátira bastante más eficaz que cualquier oposición parlamentaria.
El socialismo español lleva años vendiendo una imagen de solemnidad moral que, a la vista de determinadas informaciones, empieza a parecerse peligrosamente a un decorado de cartón piedra. Mucho discurso sobre la dignidad de las instituciones, mucha condena de la corrupción ajena y mucha pose de ciudadanos ejemplares. Y, entretanto, las noticias que van apareciendo parecen empeñadas en desmontar el escenario.
Lo de Patatas Meléndez, si se confirma, no sería solamente un escándalo político. Sería también una caricatura perfecta de esa política de salón que se proclama austera, progresista y comprometida con los más desfavorecidos, pero que termina protagonizando historias de banquetes, privilegios y supuestos intercambios de favores.
La cuestión ya no es si el guion tiene más o menos gracia. La cuestión es si los ciudadanos pueden confiar en quienes administran el dinero público y en quienes presumen de ser moralmente superiores al resto.
Y mientras esperamos que se esclarezcan los hechos, permitámonos al menos una reflexión: hay películas que envejecen mal, pero hay políticos que parecen empeñados en convertirlas en documentales.
Óscar Puente, el ministro que hizo de la bravuconería un estilo político, de la descalificación un argumento y de la soberbia una forma de comparecer ante los ciudadanos, parece encontrar en esta historia el colofón más grotesco a su vida ministerial.
El hombre que tantas veces se dedicó a repartir lecciones, a desafiar a sus adversarios y a exhibir una indisimulada chulería acabaría despedido de la escena política por un guion que ni el mismísimo Torrente habría sido capaz de escribir.
Hay finales que se escriben solos. Y este, desde luego, tiene aroma a comedia berlanguiana.
¡Dí que sí, no todos somos iguales!
Luis Faraco Roldán.















