martes, 1 de septiembre de 2026

UNA MOCIÓN DE CENSURA EN LAS CALLES CONTRA EL AUTORITARISMO DEL GOBIERNO.



El derecho de los españoles a reunirse y expresar pacíficamente su solidaridad con Ceuta no debería convertirse en una cuestión de permiso político.


La noticia de que la Delegación del Gobierno ha impedido determinadas concentraciones de apoyo a Ceuta merece una reflexión.


Porque la libertad de expresión y el derecho de reunión no son una concesión del Gobierno de turno. Son derechos fundamentales de los españoles.


Y resulta difícil entender la paradoja: mientras ciudadanos de toda España quieren reunirse pacíficamente para decir que Ceuta no está sola, la Administración del Estado encuentra la manera de impedir determinadas convocatorias.


Que se discuta quién tiene capacidad jurídica para convocar un acto es una cuestión administrativa. Pero otra cosa es el mensaje político que termina llegando a los ciudadanos.


¿De verdad el Gobierno cree que la solidaridad con Ceuta debe ser limitada, regulada o discutida en función de quién presenta un escrito?


Ceuta no necesita permiso para ser española.


Y los españoles no deberían sentirse obligados a pedir permiso político para expresar pacíficamente su apoyo a una ciudad española.


Si la convocatoria inicial encuentra obstáculos administrativos, la respuesta democrática no debería ser la resignación.


Debería ser la participación.


Que mañana, en cada pueblo y en cada ciudad donde sea posible, los ciudadanos expresen pacíficamente su solidaridad con Ceuta.


No contra nadie.


No para alimentar el odio.


No para provocar enfrentamientos.


Para decir algo mucho más sencillo: Ceuta no está sola.


Y quizá esa sea la mejor respuesta política que hoy pueden dar los españoles.


Una respuesta cívica, democrática y pacífica.


Una especie de moción de censura popular.


No una moción parlamentaria, porque los ciudadanos no necesitan escaños para expresar lo que piensan.


Una moción de censura en las calles.


La que se produce cuando un Gobierno deja de representar un sentimiento ampliamente compartido y los ciudadanos deciden expresar públicamente que quieren otra actitud, otra firmeza y otra manera de defender aquello que consideran común.


Mañana puede hablar España.


Y cuanto más serena, democrática y masiva sea su respuesta, más difícil será ignorar el mensaje:


¡¡CEUTA NO ESTÁ SOLA!!


Luis Faraco.

EL 2 DE SEPTIEMBRE: CUÁNDO LOS PUEBLOS SE UNEN A PESAR DEL GOBIERNO.






«Los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos». En este caso, quizá, a pesar del Gobierno.


Hay momentos en los que una sociedad siente que debe reaccionar por sí misma. No porque las instituciones no sean necesarias, sino precisamente porque, cuando percibe que quienes tienen la responsabilidad de actuar parecen más preocupados por dividir, justificar o mirar hacia otro lado, el pueblo acaba ocupando el espacio que otros han dejado vacío.


Eso es, en buena medida, lo que está ocurriendo con Ceuta.


El próximo 2 de septiembre, ciudadanos de muy distintos lugares de España se concentrarán para expresar su solidaridad con una ciudad española que ha vivido una situación excepcional. Y lo harán, además, con un carácter que debería resultar especialmente significativo: muchas de esas convocatorias han surgido desde la sociedad, desde asociaciones, colectivos y ciudadanos, y han terminado reuniendo sensibilidades políticas muy diferentes.


Porque Ceuta no pertenece a un partido.


Ceuta es España.


Y cuando una parte de España se siente desbordada, amenazada o abandonada, lo natural debería ser que el resto del país reaccionara sin preguntar primero quién convoca, quién gobierna el ayuntamiento o qué bandera partidista puede rentabilizar la protesta.


CUANDO LA SOCIEDAD VA POR DELANTE.


Lo más llamativo de estas concentraciones es que el propio discurso político ha quedado, en algunos lugares, desbordado por los ciudadanos.


Ayuntamientos y responsables políticos de distintos signos han terminado expresando su solidaridad con Ceuta. También municipios gobernados por el PSOE han impulsado o respaldado convocatorias. Incluso agrupaciones socialistas han anunciado su presencia en las concentraciones.


Eso demuestra algo elemental: la preocupación por Ceuta ha conseguido atravesar las fronteras partidistas.


Y quizá sea precisamente eso lo que más debería hacer reflexionar al Gobierno.


Porque resulta difícil sostener que una movilización es simplemente «de la extrema derecha» o de un determinado partido cuando alcaldes, militantes y agrupaciones socialistas participan también en ella. Cuando la sociedad civil se mueve, las etiquetas simplistas suelen acabar chocando con la realidad.


La solidaridad con Ceuta no debería tener carné.


CEUTA NO PUEDE CONVERTIRSE EN UN TABÚ.


Naturalmente, es legítimo discutir qué ocurrió, por qué ocurrió y qué responsabilidades existen. De hecho, esa discusión es imprescindible.


No existe, hasta donde se ha hecho público, una prueba concluyente que permita atribuir directamente a las autoridades marroquíes la organización de la entrada masiva en Ceuta. Eso hay que decirlo con claridad.


Pero tampoco existe una información pública, fidedigna y contrastada que permita presentar al Estado marroquí como completamente ajeno a lo ocurrido.


Y, sobre todo, hay una realidad difícil de ignorar: una entrada multitudinaria de esas dimensiones no puede analizarse seriamente sin tener en cuenta el papel que desempeñaron las autoridades encargadas de controlar el territorio desde el que partieron miles de personas.


No se trata de condenar sin pruebas.


Se trata de no exculpar sin pruebas.


La diferencia es importante.


Porque una cosa es afirmar aquello que no está acreditado, y otra muy distinta cerrar los ojos ante los indicios, las circunstancias y las preguntas que todavía siguen sin respuesta.


UNA EXTRAÑA COMPRENSIÓN CON RABAT.


Lo que más sorprende es la actitud del presidente del Gobierno.


Pedro Sánchez ha adoptado en los últimos tiempos una posición extraordinariamente comprensiva con Marruecos. Hasta el punto de que, ante una crisis de la magnitud de la vivida en Ceuta, su reacción política ha parecido orientada, ante todo, a evitar cualquier confrontación o exigencia incómoda hacia Rabat.


Es legítimo defender la cooperación con Marruecos. España necesita mantener una relación estable con su vecino del sur. Nadie sensato puede discutir la importancia de la colaboración en inmigración, seguridad, lucha antiterrorista, comercio o política exterior.


Pero cooperar no significa callar.


Mantener buenas relaciones no significa renunciar a hacer preguntas.


Y la diplomacia no puede convertirse en una sucesión de concesiones en las que una parte exige, presiona o marca los límites y la otra se limita a comprender.


LA COMPARACIÓN CON NUESTRA PROPIA CORONA.


Hay, además, un contraste que resulta difícil de pasar por alto.


Mientras Sánchez ha mostrado una sensibilidad extraordinaria hacia el rey Mohamed VI y hacia las posiciones del régimen marroquí, su actitud respecto a una eventual visita del rey Felipe VI a Ceuta y Melilla ha resultado mucho más fría, displicente y distante.


Y ahí aparece una pregunta política inevitable.


¿Por qué parece preocupar más al presidente del Gobierno la posible incomodidad de Rabat que la necesidad de que la Corona española esté presente, simbólica y políticamente, en todos los territorios de España?


El Rey no tendría que pedir permiso a nadie para visitar Ceuta o Melilla.


Son ciudades españolas.


Y la presencia del jefe del Estado en cualquier parte del territorio nacional debería considerarse una normalidad institucional, no un problema diplomático que haya que medir en función de la reacción de otro país.


Esa diferencia de trato, esa cautela hacia la sensibilidad de Marruecos y esa aparente incomodidad cuando se habla de la propia Corona española, es políticamente difícil de comprender.


LAS PREGUNTAS QUE SIGUEN AHÍ.


No sabemos qué teme Pedro Sánchez de Marruecos, si es que teme algo. Y no sería responsable afirmar como hechos hipótesis que no están acreditadas.


Pero sí existen preguntas políticas perfectamente legítimas.


¿Por qué tanta cautela ante Rabat?


¿Por qué una defensa tan cerrada de la posición marroquí incluso cuando dentro del propio espacio político del Gobierno se reclaman explicaciones y mayor firmeza?


¿Por qué parece tan difícil exigir responsabilidades o, sencillamente, pedir explicaciones?


¿Por qué la visita del Rey de España a Ceuta o Melilla puede ser presentada como una cuestión que conviene pensar cuidadosamente, mientras se acepta como normal que Marruecos defienda con absoluta firmeza sus propios intereses y sensibilidades?


España no necesita una política exterior basada en la hostilidad.


Pero tampoco una basada en el temor.


EL 2 DE SEPTIEMBRE


Por eso las concentraciones del 2 de septiembre tienen un significado que va más allá de una simple convocatoria.


Son la expresión de una ciudadanía que quiere decir algo muy sencillo: Ceuta no está sola.


Y quizá también algo más.


Que la defensa de la integridad territorial, de las fronteras y de los ciudadanos españoles no puede depender de la conveniencia política del momento.


Que Ceuta no es del PP.


Ni del PSOE.


Ni de Vox.


Ni de ningún partido.


Ceuta es de España.


Y cuando las instituciones parecen llegar tarde, cuando el debate político intenta apropiarse del sentimiento de la calle o cuando quienes tienen la responsabilidad de dar explicaciones prefieren levantar muros de silencio, los ciudadanos terminan recordando una vieja verdad:


los pueblos, a veces, son como las enfermedades: se curan a pesar de los médicos.


Y, en esta ocasión, quizá España esté demostrando que todavía sabe reaccionar a pesar de su Gobierno.


LUIS FARACO.

lunes, 31 de agosto de 2026

PEDRO SÁNCHEZ Y LOS VEINTE AÑOS DEL REY.





«La contradicción es el homenaje que el error rinde a la verdad».


Hay apenas dos minutos de una entrevista que sirven como una extraordinaria medida de lo que es Pedro Sánchez.


Dos minutos.


Dos minutos bastan para comprobar cómo el presidente del Gobierno convierte una pregunta sobre una posible visita del Rey a Ceuta y Melilla en un reproche al jefe del Estado. Y cómo, en apenas unos segundos, queda atrapado en una contradicción de la que resulta difícil escapar.


Todo comienza con una afirmación que merece ser subrayada.


Pedro Sánchez dice:


—El Rey lleva reinando más de veinte años.


No.


Felipe VI fue proclamado Rey de España el 19 de junio de 2014.


Lleva poco más de doce años reinando.


Y Pedro Sánchez lleva más de ocho de esos doce años como presidente del Gobierno.


Mariano Rajoy estuvo menos de cuatro años al frente del Ejecutivo durante el reinado de Felipe VI.


El dato no es menor.


Sánchez ha gobernado durante más de dos tercios del reinado de Felipe VI.


Y, sin embargo, habla de «más de veinte años».


Puede ser un error.


Si lo es, resulta difícilmente explicable que el presidente del Gobierno se equivoque en algo tan elemental como los años de reinado del jefe del Estado con el que lleva más de ocho años despachando.


Pero existe otra posibilidad.


Que no sea un error inocente.


Que alargar artificialmente el reinado hasta los veinte años tenga una utilidad política: presentar la ausencia de visitas del Rey a Ceuta y Melilla como una responsabilidad exclusivamente suya y diluir un hecho incómodo.


Durante más de ocho de los doce años del reinado de Felipe VI, el Gobierno de España ha estado presidido por Pedro Sánchez.


Y entonces llega la pregunta:


—¿Cuántas veces ha ido el Rey a Ceuta y Melilla?


La respuesta es conocida.


Ninguna.


Sánchez adopta entonces un tono muy distinto al de otros momentos de la entrevista. Interrumpe. Corrige. Insiste.


—No, no, discúlpeme. Pero discúlpeme.


Después:


—No, no, escúcheme. Escúcheme.


Y poco a poco aparece una contradicción que merece toda la atención.


Sánchez asegura que existen «argumentos y razones suficientes» para que el jefe del Estado visite «por fin» Ceuta y Melilla.


Afirma que ha hablado de ello con el Rey.


Y asegura que la visita se realizará.


Pero cuando se le pregunta cuándo, responde:


—Cuando se den las condiciones para ello.


Y remata con la frase fundamental:


—Esa visita se hará. Y es una visita que, lógicamente, tendremos que coordinar y trabajar, pues, la Casa Real en este caso y el Gobierno de España.


Ahí está todo.


Si la visita del Rey a Ceuta y Melilla requiere coordinación y trabajo entre la Casa Real y el Gobierno de España, ¿por qué Pedro Sánchez convierte la ausencia de esa visita en un reproche dirigido exclusivamente al Rey?


La pregunta resulta todavía más incómoda cuando recordamos que Sánchez lleva más de ocho años presidiendo ese Gobierno.


Porque entonces la cuestión debería ser otra:


¿Qué ha hecho Pedro Sánchez durante más de ocho años para facilitar esa visita?


¿Qué ha impedido que durante esos años se dieran las condiciones que ahora considera necesarias?


¿Por qué ahora sí hay «argumentos y razones suficientes» y durante más de ocho años no los había?


Y hay otra pregunta que queda inevitablemente flotando después de escuchar sus propias palabras.


Sánchez no quiere revelar las conversaciones mantenidas con el jefe del Estado.


Es razonable.


Pero entonces, ¿qué sentido tiene reprochar al Rey que no haya ido a Ceuta y Melilla si, inmediatamente después, reconoce que una visita de esta naturaleza depende de una coordinación institucional con el Gobierno?


¿Quería ir el Rey y no se habían dado hasta ahora las condiciones para ello?


No lo sabemos.


Pedro Sánchez no lo aclara.


Pero sí sabemos algo.


Sabemos que Felipe VI no lleva veinte años reinando.


Lleva poco más de doce.


Sabemos que Sánchez ha sido presidente durante más de ocho de esos doce años.


Y sabemos, porque él mismo lo reconoce, que la visita del Rey a Ceuta y Melilla debe coordinarse entre la Casa Real y el Gobierno.


Por eso, el reproche de Sánchez se vuelve contra él mismo.


No se puede acusar al Rey de no haber realizado una visita y, acto seguido, reconocer que esa visita requiere precisamente de la coordinación del Gobierno que uno mismo preside desde hace más de ocho años.


No sin asumir una parte de la responsabilidad.


Quizá por eso resultó tan revelador aquel momento.


Porque durante apenas dos minutos se produjo una concentración extraordinaria de contradicciones.


El Rey lleva «más de veinte años» reinando.


No. Lleva poco más de doce.


El Rey no ha ido a Ceuta y Melilla.


Cierto.


Pero Sánchez ha sido presidente durante más de dos tercios de su reinado.


La visita se hará.


¿Y cuándo?


Cuando «se den las condiciones».


¿De quién depende?


De la coordinación entre la Casa Real y el Gobierno.


Entonces, volvamos al principio.


¿Por qué reprochar al Rey aquello que, según el propio Sánchez, depende también del Gobierno de España?


Quizá porque la pregunta permite descubrir algo más profundo.


En apenas dos minutos, el presidente del Gobierno quiso señalar al Rey.


Y acabó señalándose a sí mismo.


No fue el Rey quien quedó atrapado en la contradicción.


Fue Pedro Sánchez.


Luis Faraco.

domingo, 30 de agosto de 2026

EL2 DE SEPTIEMBRE: EL DERECHO A ESTAR JUNTOS.







«El individuo, moral y jurídicamente, es anterior a todos los organismos nacionales, a todo gremio, a toda clasificación.»

— Manuel Azaña


Hay días que deberían quedar fuera de la pelea partidista.


El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.


Ese día, ciudadanos, ayuntamientos y representantes de distintas sensibilidades políticas están llamados a expresar su solidaridad con Ceuta. No para discutir quién gobierna mejor o peor ni para convertir una ciudad española en patrimonio de ningún partido.


Simplemente para estar juntos.


Sin embargo, incluso eso parece haberse convertido en un problema político.


LA SOSPECHA DE COINCIDIR.


Una parte de la izquierda ha cuestionado las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre, denunciando su supuesto carácter partidista. El PSOE, según la información publicada, ha pedido a sus cargos públicos que no participen.


Naturalmente, cualquier partido tiene derecho a discrepar de una convocatoria.


Pero hay una pregunta inevitable:


¿Desde cuándo coincidir con el adversario en la defensa de una causa común se ha convertido en algo sospechoso?


Porque ese día no estarán únicamente ciudadanos del PP o de Vox. Habrá alcaldes independientes, representantes de pequeñas formaciones y ciudadanos sin afiliación política alguna.


Reducir una movilización de solidaridad con Ceuta a «la derecha y la ultraderecha» significa ignorar deliberadamente esa pluralidad.


La coincidencia puntual no convierte a nadie en aliado político. Un socialista puede compartir una concentración con un popular sin dejar de ser socialista. Una persona de izquierdas puede defender la españolidad de Ceuta junto a una persona de derechas sin renunciar a ninguna de sus convicciones.


Eso no es una amenaza para el pluralismo.


Es pluralismo.


UNA LÍNEA ROJA QUE DIVIDE.


Da la impresión de que se pretende extender una nueva frontera política: si el PP y Vox apoyan una iniciativa, los demás deben mantenerse fuera para evitar cualquier identificación con ellos.


Es una lógica empobrecedora.


La democracia no exige que los adversarios permanezcan siempre separados. Al contrario: demuestra su madurez cuando quienes discrepan profundamente son capaces de reconocer aquello que, por encima de sus diferencias, todavía pueden compartir.


Y aquí surge la cuestión esencial:


¿A QUIÉN BENEFICIA LA DIVISIÓN?


Mientras España discute sobre quién debe o no acudir a una concentración de apoyo a Ceuta, Marruecos mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.


Por eso conviene formular una pregunta sencilla:


¿A quién beneficia que España aparezca dividida ante una cuestión que afecta directamente a su soberanía?


Desde luego, no beneficia a Ceuta.


Tampoco a España.


Una ciudad cuya españolidad es cuestionada necesita claridad y la certeza de que cuenta con el respaldo de todos. Cuando esa respuesta común se fractura y los españoles empiezan a discutir sobre quién puede o no puede defenderla, alguien obtiene una ventaja política.


Y ese alguien no es Ceuta.


Es Marruecos.


No hace falta afirmar que quienes provocan esa división actúen conscientemente en beneficio de Marruecos. Pero en política también cuentan las consecuencias.


Y la consecuencia de una España dividida ante una reivindicación territorial es evidente: debilitar su posición y reforzar, aunque sea indirectamente, la de quien mantiene esa reivindicación.


LA PREGUNTA INCÓMODA.


Hay otra cuestión que tampoco debería quedar sin respuesta.


Mientras Marruecos ha vuelto a elevar públicamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, el Gobierno español afirma que su soberanía no está en discusión.


Pero cabe preguntarse si esa defensa está siendo expresada con la contundencia política que exige la situación.


Una cosa es evitar una escalada diplomática.


Otra muy distinta es dar la impresión de que la firmeza debe medirse constantemente para no incomodar a quien cuestiona nuestra soberanía.


No podemos afirmar, sin pruebas, qué piensa Pedro Sánchez en privado ni atribuirle miedo o subordinación.


Pero sí podemos plantear una pregunta política legítima:


¿Hasta qué punto condiciona la necesidad de no incomodar a Marruecos la forma en que el Gobierno español defiende públicamente Ceuta y Melilla?


Es una cuestión que merece respuesta.


CEUTA NO TIENE DUEÑO.


Ceuta no es del PP.


Ceuta no es de Vox.


Ceuta tampoco es del PSOE.


Ceuta es España.


Y por eso ningún partido debería apropiarse de su defensa. Pero tampoco ningún partido debería pretender decidir quién puede o no puede acompañarla.


Después podremos volver a discutir. Sobre inmigración, política exterior, relaciones con Marruecos y cualquier otra cuestión.


Eso forma parte de la democracia.


Pero hay momentos en los que las diferencias deben dejar espacio a aquello que nos une.


El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.


No debería ser el día de la derecha.


Ni de la izquierda.


Ni de ningún partido.


Debería ser el día en que los españoles demostraran que todavía pueden estar juntos.


Porque Ceuta necesita el apoyo de España.


Y España necesita recordar que cuando se divide ante quienes cuestionan su soberanía, otros se benefician de esa división.


El 2 de septiembre no debería servir para saber quién gana una batalla partidista.


Debería servir para recordar algo mucho más importante:


Que hay causas que siguen estando por encima de los partidos.


Luis Faraco.

sábado, 29 de agosto de 2026

CREYERON QUE CEUTA ESTABA SOLA.





Pedro Sánchez creyó que su política de acercamiento a Marruecos le proporcionaría tranquilidad. Que las concesiones, los gestos y la voluntad de entendimiento servirían para garantizar una relación estable con Rabat.
Pero la política tiene, a veces, una extraordinaria capacidad para convertir los supuestos éxitos en sus peores consecuencias.
Porque aquello que se presentó como una apuesta por la estabilidad puede acabar convirtiéndose, indirectamente, en uno de los mayores factores de desgaste político para quien la impulsó.
Hay derrotas que no comienzan en las urnas.
Comienzan cuando un Gobierno pierde el control del relato. Cuando sus ministros se contradicen. Cuando las explicaciones llegan después de los acontecimientos. Cuando, en lugar de transmitir seguridad, dan la impresión de ir siempre por detrás de los hechos.
Y, sobre todo, cuando una ciudad que algunos parecían considerar periférica, pequeña y fácilmente aislable consigue despertar una reacción que trasciende sus propias fronteras.
CEUTA NO ESTABA SOLA.
La FEMP ha convocado concentraciones ante los ayuntamientos de toda España el próximo 2 de septiembre como muestra de solidaridad con Ceuta.
Y la respuesta se está extendiendo.
Almonte, Huelva, Punta Umbría. Antequera. Espartinas. Málaga y otros municipios que se van sumando.
Unos convocan concentraciones y otros expresan institucionalmente su apoyo. Pero en cada nueva adhesión se repite, con distintos acentos, la misma idea:
Ceuta no está sola.
Jamás pensó Sánchez que una ciudad de menos de 80.000 habitantes, situada en África y tantas veces contemplada desde la Península como un problema lejano, pudiera conseguir algo que la política española parece incapaz de lograr casi nunca: unir a españoles de distintas ideologías y procedencias en torno a una causa común.
Y mientras esa solidaridad se extiende, la respuesta política parece cada vez más confusa.
EL INTENTO DE CAMBIAR EL RELATO.
Desde el PSOE se ha cuestionado la convocatoria de la FEMP y se ha intentado presentar la movilización como una confrontación partidista.
La paradoja es evidente.
Mientras se pide que la solidaridad con Ceuta no sea utilizada políticamente, aparecen mensajes que intentan precisamente reducir una reacción ciudadana a las siglas de quienes puedan apoyarla.
Pero Ceuta es mucho más importante que las siglas.
Y una cosa debería quedar clara: una convocatoria puede tener un origen institucional o político y, al mismo tiempo, ser asumida sinceramente por miles de ciudadanos que simplemente quieren expresar su solidaridad con Ceuta.
Por eso, quizá el problema no esté en quienes quieren concentrarse, sino en quienes parecen necesitar explicar por qué no deberían hacerlo.
UN GOBIERNO A LA DEFENSIVA.
La intervención de Marlaska en el Congreso ha añadido la imagen de un Gobierno sometido a una creciente presión política.
Explicaciones, acusaciones, anuncios de nuevas medidas y refuerzos después de que la crisis haya estallado.
Y eso es precisamente lo que muchos ciudadanos se preguntan:
¿Por qué ahora?
Ceuta necesita seguridad, protección, medios y presencia efectiva del Estado.
Necesita respuestas.
No relatos.
Y, al mismo tiempo, hay que decirlo con absoluta claridad: apoyar a Ceuta no significa justificar la violencia, el odio ni las agresiones contra nadie.
La movilización del 2 de septiembre debe ser exactamente lo contrario: una demostración cívica de solidaridad.
LA MANCHA DE ACEITE.
Y mientras unos discuten la convocatoria, otros siguen sumándose.
Cada nuevo municipio que se incorpora hace más difícil reducir lo que está ocurriendo a una simple maniobra partidista.
La solidaridad se extiende.
Como una mancha de aceite.
Quizá porque alguien cometió un error de cálculo.
Quizá creyeron que Ceuta era demasiado pequeña.
Quizá que estaba demasiado lejos.
Quizá que, como tantas otras veces, acabaría quedándose sola.
Pero no comprendieron algo esencial: Ceuta puede estar situada en África, pero forma parte del corazón de España.
EL PRESTIGIO.
Pedro Sánchez pudo creer que su política hacia Marruecos le proporcionaría estabilidad.
La paradoja es que aquello que pretendía protegerle puede acabar provocando —indirectamente y si esta crisis sigue deteriorándose— un profundo desgaste político.
Porque hay algo mucho más difícil de recuperar que una mayoría parlamentaria:
el prestigio.
Y ése puede ser el verdadero problema.
Mientras Ceuta habla, España empieza a escuchar.
Y cuanto más se intenta minimizar, explicar o politizar la reacción, más parece extenderse.
Como una mancha de aceite.
Creyeron que Ceuta estaba sola.
Y descubrieron que no lo estaba.
«Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal».
— Friedrich Nietzsche
Luis Faraco Roldán

viernes, 28 de agosto de 2026

PENSARON QUE CEUTA ESTABA LEJOS.






«No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige».

SÉNECA


CUANDO UN PUEBLO REACCIONA.


Hay momentos en los que un pueblo reacciona antes que sus gobernantes. Momentos en los que las diferencias políticas, las ideologías y las disputas cotidianas pasan a un segundo plano porque surge algo más profundo.


Eso es lo que ha ocurrido con Ceuta.


Durante demasiado tiempo, el Gobierno pareció confiar en que la crisis pasaría. Que el tiempo terminaría por apagar la indignación. Que los españoles volverían a sus preocupaciones cotidianas y Ceuta quedaría reducida a unas imágenes, unos titulares y unas declaraciones.


Se equivocaron.


Porque esta vez Ceuta no se ha sentido sola. Y, sobre todo, España ha descubierto —o quizá ha vuelto a recordar— que hay sentimientos que no caben en una estrategia de comunicación, ni en una rueda de prensa, ni en los cálculos necesarios para mantenerse en el poder.


EL BUEN GOBERNANTE SE ANTICIPA.


Esa es una de las obligaciones fundamentales de quien tiene la responsabilidad de gobernar: prever los riesgos, prepararse para las crisis y actuar antes de que los problemas estallen.


Y cuando las cosas salen mal, un buen gobernante no se limita a felicitarse por su actuación. Da explicaciones. Reconoce los errores. Asume responsabilidades.


Después de todo lo ocurrido, muchos ceutíes sienten que han sido abandonados. Han vivido la angustia y la tensión en primera persona. Han visto cómo una crisis crecía y terminaba trasladándose a la vida cotidiana de su ciudad.


Y mientras ellos esperan respuestas, desde el Gobierno se insiste en que todo lo realizado ha sido correcto, que la actuación ha sido impecable y que se ha hecho lo que debía hacerse.


LA PREGUNTA QUE SIGUE SIN RESPUESTA.


Pero hay una pregunta que sigue esperando una respuesta clara:


¿QUÉ PASÓ REALMENTE EN CEUTA?


Tres ministros comparecieron en las Cortes. Tres ministros tuvieron la oportunidad de explicar a los españoles cómo se llegó a esta situación.


Y, sin embargo, después de escucharles, la pregunta esencial sigue en pie.


¿Qué información se tenía? ¿Qué falló? ¿Por qué no se anticipó una crisis de semejante magnitud? ¿Y quién asume la responsabilidad?


Porque un Gobierno no puede pretender que la defensa de su propia gestión sustituya a la explicación que deben recibir los ciudadanos.


LA INDIGNACIÓN Y LA LEY.


Lo ocurrido después ha demostrado, además, algo todavía más preocupante: cuando una crisis se prolonga sin una solución eficaz, la tensión termina extendiéndose a la sociedad. La indignación crece, el miedo aparece y la convivencia puede verse amenazada.


Nada de ello justifica la violencia.


LA DEFENSA DE CEUTA, DE ESPAÑA Y DE LOS CEUTÍES DEBE ESTAR SIEMPRE DENTRO DE LA LEY Y DE LOS PRINCIPIOS QUE QUEREMOS DEFENDER.


Precisamente porque un Estado tiene la obligación de proteger sus fronteras y a sus ciudadanos, no puede permitir que la falta de respuestas convierta la frustración en desesperación.


CEUTA NO ESTABA SOLA.


Pero quizá lo más importante de estos días no sea solamente la crisis.


Quizá lo más importante sea la reacción de los españoles.


Quienes creyeron que Ceuta era una cuestión lejana no entendieron lo que representa. No comprendieron que Ceuta no es un punto distante en el mapa ni un problema que pueda contemplarse desde la comodidad de un despacho.


CEUTA ES ESPAÑA.


Y cuando los ceutíes han sentido la inquietud, la tensión y el abandono, muchos españoles han sentido que aquello también les pertenecía.


Por encima de diferencias ideológicas y políticas ha aparecido un sentimiento que algunos parecen incapaces de comprender:


LA CONCIENCIA DE QUE NINGÚN TERRITORIO ESPAÑOL DEBE SENTIRSE SOLO.


LA DISTANCIA VERDADERA.


Tal vez esa haya sido la gran sorpresa para quienes gobiernan desde el cálculo permanente, acostumbrados a medir cada decisión en función de sus consecuencias políticas.


Hay cosas que no se pueden medir así.


Hay sentimientos que no desaparecen porque un Gobierno espere lo suficiente.


Y hay pueblos que, cuando sienten que algo esencial está en juego, son capaces de reaccionar con una fuerza que sorprende a quienes ya no saben escucharlos.


PENSARON QUE CEUTA ESTABA LEJOS.


DESCUBRIERON QUE CEUTA ESTÁ EN EL CORAZÓN DE ESPAÑA.


Y quizá esa sea, al final, la reflexión más importante de todo lo ocurrido: la distancia más grande no es la que separa a Ceuta de la Península.


LA VERDADERA DISTANCIA ES LA QUE PUEDE SEPARAR A QUIENES GOBIERNAN DE LOS SENTIMIENTOS PROFUNDOS DEL PUEBLO AL QUE PRETENDEN REPRESENTAR.


Luis Faraco Roldán.

jueves, 27 de agosto de 2026

CEUTA: EL POPULISMO VIVE DE LA CRISPACIÓN.

 




Ione Belarra, portavoz de Podemos, ha afirmado que lo ocurrido con los inmigrantes en Ceuta «no se aceptaría si esas personas fueran blancas» y que «por eso es racismo». Para sostenerlo, compara la llegada de inmigrantes a Ceuta con los millones de turistas que visitan España y con los cientos de miles de ucranianos que han llegado a nuestro país desde el comienzo de la invasión rusa.


Cuanto más leo estas palabras, más me indigna el populismo perverso que encierran.


¿De verdad vamos a comparar turistas, refugiados de una guerra de agresión e inmigración irregular como si fueran la misma realidad?


Los turistas entran legalmente, permanecen temporalmente y regresan a sus países.


Los ucranianos huyeron de una guerra provocada por una invasión. España y la Unión Europea les ofrecieron protección. Muchas mujeres y niños tuvieron que abandonar su país mientras numerosos hombres permanecían allí para combatir y defenderlo.


¿Es comparable esa tragedia con una entrada masiva e irregular en nuestra frontera?


No.


Y decirlo no es xenofobia.


Tampoco se trata de criminalizar a quien llega ni de atribuir a todos las mismas intenciones. Se trata de distinguir entre realidades diferentes: inmigración legal e irregular, refugiados de guerra y migrantes económicos, personas que entran por los cauces establecidos y quienes cruzan ilegalmente una frontera.


Eso no es racismo.


Eso es exigir que un Estado cumpla con sus responsabilidades.


Porque preguntar cuántas personas han entrado, cuántas permanecen, qué ocurrirá con ellas, quién debe hacerse cargo o qué está haciendo Marruecos para impedir que vuelva a suceder no convierte a nadie en racista.


La etiqueta no responde a la pregunta.


Y ahí está la esencia del populismo: transformar un problema complejo en un enfrentamiento entre buenos y malos; convertir al que pregunta en culpable y, una vez colocado el estigma, evitar la obligación de ofrecer soluciones.


Decir «racista», «xenófobo» o «fascista» no resuelve absolutamente nada.


No explica qué hacer con una crisis migratoria. No controla una frontera. No protege a quienes llegan ni a quienes viven en Ceuta.


Pero sí consigue algo: enfrentar a unos españoles con otros.


Y mientras tanto, Ceuta sigue esperando respuestas.


Decenas de miles de personas entraron masivamente desde Marruecos. Una ciudad de apenas unos 80.000 habitantes se vio sometida en muy poco tiempo a una presión extraordinaria.


Y Ceuta sigue sin recibir respuestas claras.


¿Cuántas personas permanecen realmente en Ceuta?


¿Qué va a ocurrir con quienes no tengan derecho a permanecer en España?


¿Qué sabía el Gobierno antes de aquella entrada masiva?


¿Y qué está negociando exactamente España con Marruecos?


Mientras tanto, la respuesta política ha sido difícil de entender.


Pedro Sánchez permaneció de vacaciones. Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, tampoco asumió públicamente un papel relevante en la crisis ni acudió a Ceuta. Desde Sumar llegaron incluso a justificar su ausencia diciendo que acudir no era cuestión de «hacerse una foto».


Si ir a Ceuta era “hacerse una foto”, ¿qué fue entonces acudir a los Óscar sin ser ministra de Cultura?


Y ahora sabemos que Pedro Sánchez comparecerá en el Congreso el 3 de septiembre: treinta y cinco días después de la entrada masiva.


¿Es esa la importancia que el presidente del Gobierno concede a Ceuta?


Pero esta noche hemos llegado a un punto todavía más peligroso: los enfrentamientos entre ciudadanos desesperados y algunos de los acampados en la playa.


Nadie debería tomarse la justicia por su mano. Los ciudadanos no pueden ni deben sustituir al Estado ni a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.


Precisamente por eso es tan grave que una crisis se haya prolongado hasta generar este nivel de tensión y desesperación.


La obligación del Estado es proteger a todos, garantizar la convivencia, controlar las fronteras y restablecer el orden dentro de la ley.


Cuando no lo hace con eficacia, corre el riesgo de dejar un vacío que la frustración puede intentar ocupar.


Y eso es gravísimo.


También debemos recordar a los muertos.


Detrás de las cifras y de las consignas políticas hay seres humanos que han perdido la vida intentando alcanzar nuestro territorio.


No son cifras. Son personas.


Si hablamos de derechos humanos, deberían importarnos todos: quienes llegan, quienes viven en Ceuta y quienes mueren intentando cruzar una frontera.


No, señora Belarra.


Preguntar no es racismo.

Distinguir no es xenofobia.

Exigir fronteras controladas no es insolidaridad.


Y exigir a un Gobierno que gobierne tampoco lo es.


Porque el populismo no necesita resolver los problemas.


Necesita que los problemas sigan alimentando el enfrentamiento.


Necesita etiquetas para sustituir argumentos, enemigos para sustituir soluciones y crispación para mantener vivo el relato.


Cuando se acaba el argumento, empieza la etiqueta.


Luis Faraco.