El
prepara su travesía del desierto
Hay formas de ejercer el poder que resultan especialmente reveladoras. No son las que se exhiben en los grandes discursos, ni las que se anuncian solemnemente ante las cámaras. Son aquellas que se ejecutan en silencio, entre despachos, nombramientos, modificaciones de requisitos y decisiones administrativas que, bajo una apariencia de normalidad, pueden esconder una estrategia mucho más ambiciosa: garantizar que los fieles sigan teniendo acomodo cuando el poder cambie de manos.
La información publicada por The Objective sobre los movimientos del Ministerio de Exteriores que dirige José Manuel Albares vuelve a poner sobre la mesa una cuestión de enorme trascendencia política: ¿se está utilizando la Administración del Estado para proteger posiciones de influencia de determinados cuadros afines al Gobierno?
Si las denuncias sobre estos nombramientos se confirman, no estaríamos ante una simple controversia administrativa. Estaríamos ante una práctica que deteriora la confianza en las instituciones y que alimenta la sospecha de que algunos consideran el Estado una propiedad particular del partido que lo gobierna.
Y eso es precisamente lo que resulta indignante.
El Estado no es el cortijo de nadie
La Administración pública debe estar al servicio de los ciudadanos, no al servicio de una organización política. Sus puestos deben responder a criterios de capacidad, mérito, profesionalidad y legalidad. No pueden convertirse en premios de consolación, refugios de confianza o mecanismos de supervivencia política.
Sin embargo, cuando se acumulan decisiones que despiertan sospechas sobre la alteración de requisitos o el favorecimiento de determinadas personas, la pregunta resulta inevitable: ¿se está buscando al mejor candidato o se está construyendo una red de protección para los propios?
El problema no es que existan funcionarios que continúen en sus puestos cuando cambia un Gobierno. Eso es normal y necesario. El problema es que se utilicen cargos de especial responsabilidad para perpetuar una influencia política que las urnas podrían haber revocado.
Porque perder el poder no debería significar conservarlo por otras vías.
La travesía del desierto y los peones del sanchismo
El sanchismo ha demostrado una extraordinaria capacidad para resistir políticamente. Pero toda resistencia tiene un límite: el día en que los ciudadanos deciden que ha llegado la hora de una alternativa.
Y es precisamente ante esa posibilidad cuando debemos prestar especial atención a los movimientos que se producen en las estructuras del Estado.
¿Se están asegurando posiciones para los fieles? ¿Se están consolidando redes de influencia que puedan sobrevivir a una derrota electoral? ¿Se está preparando una Administración paralela, no necesariamente formal, pero sí política, capaz de condicionar al futuro Gobierno?
Son preguntas legítimas. Y merecen respuestas.
No se trata de afirmar que cada nombramiento responde a una conspiración. Se trata de exigir que cada decisión pública pueda justificarse con transparencia, con criterios objetivos y con respeto escrupuloso a la legalidad.
La democracia no puede funcionar bajo la sospecha permanente de que quienes gobiernan están utilizando su posición para garantizarse una retaguardia.
PP y VOX: tomar nota y actuar
Si el Partido Popular y VOX aspiran a protagonizar una alternativa de Gobierno, deberían estar tomando buena nota de cada uno de estos movimientos.
Porque el cambio político no puede limitarse a sustituir a los ministros y a ocupar los despachos del Consejo de Ministros. El verdadero cambio exige revisar las estructuras, auditar los nombramientos que presenten indicios de irregularidad y comprobar si se han respetado los principios de mérito, capacidad e igualdad.
Y cuando se detecten ilegalidades, actuar con todas las consecuencias.
No se trata de purgar funcionarios por su ideología. Eso sería reproducir exactamente aquello que se critica. Se trata de desmontar los mecanismos de favoritismo, de recuperar la neutralidad institucional y de garantizar que ningún partido pueda convertir la Administración en su refugio particular.
La transparencia debe ser la primera herramienta. La legalidad, la única frontera. Y la responsabilidad política, una obligación ineludible.
La democracia no admite propietarios
Hay algo profundamente perverso en la idea de que un partido pueda perder las elecciones y, sin embargo, conservar una parte sustancial de su poder mediante posiciones estratégicamente aseguradas dentro de las instituciones.
El Estado pertenece a todos los españoles. No a Pedro Sánchez, no al PSOE y tampoco a quienes hoy se benefician de la confianza del Gobierno.
La alternancia es una de las bases de la democracia. Quien gobierna debe asumir que algún día dejará de hacerlo. Y debe hacerlo sin intentar condicionar al sucesor mediante una red de privilegios o de posiciones de influencia construidas a costa del interés general.
Si el sanchismo está preparando su travesía del desierto, que la haga como cualquier otra fuerza política: desde la oposición, con sus diputados, sus militantes y sus argumentos.
Lo que no puede pretender es llevarse consigo una parte del Estado para seguir ejerciendo un poder que los ciudadanos ya no le hayan otorgado.
Porque una democracia no se degrada únicamente cuando se vulneran las leyes. También se degrada cuando quienes gobiernan empiezan a comportarse como si las instituciones les pertenecieran.
Y cuando llegue el momento de la alternancia, PP y VOX tendrán una responsabilidad histórica: demostrar que el Estado puede recuperar su neutralidad y que España no es el cortijo de ningún partido.
Luis Faraco Roldán
LIBERTAD SIN MIEDO












