El sanchismo y la degradación de los límites del poder.
Hay ocasiones en las que una expresión resume mejor una realidad política que cientos de páginas de análisis. «Sin escrúpulos» es una de ellas. Y escucharla aplicada al modo de ejercer el poder de Pedro Sánchez, en una televisión colombiana como NTN24, invita a una reflexión que trasciende la polémica partidista.
Porque lo que está sucediendo en España no puede analizarse exclusivamente desde la perspectiva de los escándalos que salpican al Gobierno, al partido que lo sostiene o a su entorno más próximo. El problema es más profundo. Tiene que ver con la concepción misma del poder, con los límites que deben imponérsele y con la resistencia de quien lo ejerce a aceptar que las instituciones democráticas no son patrimonio de nadie.
Pedro Sánchez ha convertido la supervivencia política en una auténtica razón de Estado. Cada dificultad se transforma en una batalla; cada crítica, en una conspiración; cada exigencia de responsabilidad, en un ataque político. Y cada principio que ayer se presentaba como innegociable parece hoy susceptible de ser sacrificado si la aritmética parlamentaria lo exige.
La hemeroteca, en este sentido, resulta demoledora. Las promesas, las líneas rojas y las afirmaciones solemnes han ido cediendo ante las necesidades de una permanencia en el poder que parece justificarlo todo. Lo que antes era inaceptable se convierte en inevitable. Lo que ayer se rechazaba con vehemencia se abraza hoy con entusiasmo. Y lo que se prometió no hacer termina haciéndose con una explicación de conveniencia.
Pero una democracia no puede vivir permanentemente de las excepciones.
El problema no es que un Gobierno negocie. Negociar forma parte de la política. El problema aparece cuando la negociación deja de perseguir el interés general y se convierte en un mecanismo de supervivencia personal; cuando las instituciones se perciben como instrumentos de resistencia; cuando la responsabilidad política se sustituye por una estrategia de comunicación destinada a desacreditar a quien pregunta.
Y es precisamente ahí donde la cuestión de los escrúpulos adquiere su verdadera dimensión.
Los escrúpulos no son una debilidad del gobernante. Son una garantía para el ciudadano. Constituyen ese límite moral que impide confundir la legitimidad electoral con una licencia ilimitada para actuar. Porque ganar unas elecciones otorga el derecho a gobernar, pero no el de desnaturalizar las reglas, despreciar los contrapesos o convertir la conveniencia partidista en norma de conducta.
La democracia no consiste únicamente en votar. También consiste en controlar, fiscalizar, exigir explicaciones y asumir responsabilidades. Una mayoría parlamentaria puede sostener un Gobierno, pero no puede convertir en aceptable cualquier comportamiento. La legalidad es el suelo sobre el que se construye el poder; la ejemplaridad es el mínimo que se espera de quienes lo ejercen.
España necesita recuperar esa distinción.
Y mientras el sanchismo siga confundiendo la resistencia política con la impunidad moral, mientras la permanencia en La Moncloa parezca prevalecer sobre cualquier otra consideración, la pregunta seguirá siendo inevitable: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar un gobernante que considera que perder el poder es un mal mayor que comprometer la confianza de los ciudadanos?
No se trata de una cuestión de derechas o de izquierdas. Se trata de una cuestión de democracia. De dignidad institucional. De respeto a una ciudadanía que merece algo más que explicaciones cambiantes, enfrentamientos calculados y una política convertida en permanente estado de excepción retórico.
La historia no juzga únicamente a los gobernantes por las leyes que aprobaron o por los años que permanecieron en el poder. También los juzga por la forma en que lo ejercieron, por los límites que respetaron y por aquellos que decidieron cruzar.
Y cuando el poder deja de reconocer límites, los escrúpulos dejan de ser una virtud privada para convertirse en una exigencia pública.
Porque gobernar no consiste en hacer todo lo posible para no marcharse. Consiste, sobre todo, en saber que hay cosas que jamás deberían hacerse para quedarse.
Luis Faraco Roldán.
LIBERTAD SIN MIEDO.
















