«El individuo, moral y jurídicamente, es anterior a todos los organismos nacionales, a todo gremio, a toda clasificación.»
— Manuel Azaña
Hay días que deberían quedar fuera de la pelea partidista.
El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.
Ese día, ciudadanos, ayuntamientos y representantes de distintas sensibilidades políticas están llamados a expresar su solidaridad con Ceuta. No para discutir quién gobierna mejor o peor ni para convertir una ciudad española en patrimonio de ningún partido.
Simplemente para estar juntos.
Sin embargo, incluso eso parece haberse convertido en un problema político.
LA SOSPECHA DE COINCIDIR.
Una parte de la izquierda ha cuestionado las concentraciones convocadas para el 2 de septiembre, denunciando su supuesto carácter partidista. El PSOE, según la información publicada, ha pedido a sus cargos públicos que no participen.
Naturalmente, cualquier partido tiene derecho a discrepar de una convocatoria.
Pero hay una pregunta inevitable:
¿Desde cuándo coincidir con el adversario en la defensa de una causa común se ha convertido en algo sospechoso?
Porque ese día no estarán únicamente ciudadanos del PP o de Vox. Habrá alcaldes independientes, representantes de pequeñas formaciones y ciudadanos sin afiliación política alguna.
Reducir una movilización de solidaridad con Ceuta a «la derecha y la ultraderecha» significa ignorar deliberadamente esa pluralidad.
La coincidencia puntual no convierte a nadie en aliado político. Un socialista puede compartir una concentración con un popular sin dejar de ser socialista. Una persona de izquierdas puede defender la españolidad de Ceuta junto a una persona de derechas sin renunciar a ninguna de sus convicciones.
Eso no es una amenaza para el pluralismo.
Es pluralismo.
UNA LÍNEA ROJA QUE DIVIDE.
Da la impresión de que se pretende extender una nueva frontera política: si el PP y Vox apoyan una iniciativa, los demás deben mantenerse fuera para evitar cualquier identificación con ellos.
Es una lógica empobrecedora.
La democracia no exige que los adversarios permanezcan siempre separados. Al contrario: demuestra su madurez cuando quienes discrepan profundamente son capaces de reconocer aquello que, por encima de sus diferencias, todavía pueden compartir.
Y aquí surge la cuestión esencial:
¿A QUIÉN BENEFICIA LA DIVISIÓN?
Mientras España discute sobre quién debe o no acudir a una concentración de apoyo a Ceuta, Marruecos mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.
Por eso conviene formular una pregunta sencilla:
¿A quién beneficia que España aparezca dividida ante una cuestión que afecta directamente a su soberanía?
Desde luego, no beneficia a Ceuta.
Tampoco a España.
Una ciudad cuya españolidad es cuestionada necesita claridad y la certeza de que cuenta con el respaldo de todos. Cuando esa respuesta común se fractura y los españoles empiezan a discutir sobre quién puede o no puede defenderla, alguien obtiene una ventaja política.
Y ese alguien no es Ceuta.
Es Marruecos.
No hace falta afirmar que quienes provocan esa división actúen conscientemente en beneficio de Marruecos. Pero en política también cuentan las consecuencias.
Y la consecuencia de una España dividida ante una reivindicación territorial es evidente: debilitar su posición y reforzar, aunque sea indirectamente, la de quien mantiene esa reivindicación.
LA PREGUNTA INCÓMODA.
Hay otra cuestión que tampoco debería quedar sin respuesta.
Mientras Marruecos ha vuelto a elevar públicamente sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla, el Gobierno español afirma que su soberanía no está en discusión.
Pero cabe preguntarse si esa defensa está siendo expresada con la contundencia política que exige la situación.
Una cosa es evitar una escalada diplomática.
Otra muy distinta es dar la impresión de que la firmeza debe medirse constantemente para no incomodar a quien cuestiona nuestra soberanía.
No podemos afirmar, sin pruebas, qué piensa Pedro Sánchez en privado ni atribuirle miedo o subordinación.
Pero sí podemos plantear una pregunta política legítima:
¿Hasta qué punto condiciona la necesidad de no incomodar a Marruecos la forma en que el Gobierno español defiende públicamente Ceuta y Melilla?
Es una cuestión que merece respuesta.
CEUTA NO TIENE DUEÑO.
Ceuta no es del PP.
Ceuta no es de Vox.
Ceuta tampoco es del PSOE.
Ceuta es España.
Y por eso ningún partido debería apropiarse de su defensa. Pero tampoco ningún partido debería pretender decidir quién puede o no puede acompañarla.
Después podremos volver a discutir. Sobre inmigración, política exterior, relaciones con Marruecos y cualquier otra cuestión.
Eso forma parte de la democracia.
Pero hay momentos en los que las diferencias deben dejar espacio a aquello que nos une.
El 2 de septiembre debería ser uno de ellos.
No debería ser el día de la derecha.
Ni de la izquierda.
Ni de ningún partido.
Debería ser el día en que los españoles demostraran que todavía pueden estar juntos.
Porque Ceuta necesita el apoyo de España.
Y España necesita recordar que cuando se divide ante quienes cuestionan su soberanía, otros se benefician de esa división.
El 2 de septiembre no debería servir para saber quién gana una batalla partidista.
Debería servir para recordar algo mucho más importante:
Que hay causas que siguen estando por encima de los partidos.
Luis Faraco.




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