jueves, 27 de agosto de 2026

CEUTA: EL POPULISMO VIVE DE LA CRISPACIÓN.

 




Ione Belarra, portavoz de Podemos, ha afirmado que lo ocurrido con los inmigrantes en Ceuta «no se aceptaría si esas personas fueran blancas» y que «por eso es racismo». Para sostenerlo, compara la llegada de inmigrantes a Ceuta con los millones de turistas que visitan España y con los cientos de miles de ucranianos que han llegado a nuestro país desde el comienzo de la invasión rusa.


Cuanto más leo estas palabras, más me indigna el populismo perverso que encierran.


¿De verdad vamos a comparar turistas, refugiados de una guerra de agresión e inmigración irregular como si fueran la misma realidad?


Los turistas entran legalmente, permanecen temporalmente y regresan a sus países.


Los ucranianos huyeron de una guerra provocada por una invasión. España y la Unión Europea les ofrecieron protección. Muchas mujeres y niños tuvieron que abandonar su país mientras numerosos hombres permanecían allí para combatir y defenderlo.


¿Es comparable esa tragedia con una entrada masiva e irregular en nuestra frontera?


No.


Y decirlo no es xenofobia.


Tampoco se trata de criminalizar a quien llega ni de atribuir a todos las mismas intenciones. Se trata de distinguir entre realidades diferentes: inmigración legal e irregular, refugiados de guerra y migrantes económicos, personas que entran por los cauces establecidos y quienes cruzan ilegalmente una frontera.


Eso no es racismo.


Eso es exigir que un Estado cumpla con sus responsabilidades.


Porque preguntar cuántas personas han entrado, cuántas permanecen, qué ocurrirá con ellas, quién debe hacerse cargo o qué está haciendo Marruecos para impedir que vuelva a suceder no convierte a nadie en racista.


La etiqueta no responde a la pregunta.


Y ahí está la esencia del populismo: transformar un problema complejo en un enfrentamiento entre buenos y malos; convertir al que pregunta en culpable y, una vez colocado el estigma, evitar la obligación de ofrecer soluciones.


Decir «racista», «xenófobo» o «fascista» no resuelve absolutamente nada.


No explica qué hacer con una crisis migratoria. No controla una frontera. No protege a quienes llegan ni a quienes viven en Ceuta.


Pero sí consigue algo: enfrentar a unos españoles con otros.


Y mientras tanto, Ceuta sigue esperando respuestas.


Decenas de miles de personas entraron masivamente desde Marruecos. Una ciudad de apenas unos 80.000 habitantes se vio sometida en muy poco tiempo a una presión extraordinaria.


Y Ceuta sigue sin recibir respuestas claras.


¿Cuántas personas permanecen realmente en Ceuta?


¿Qué va a ocurrir con quienes no tengan derecho a permanecer en España?


¿Qué sabía el Gobierno antes de aquella entrada masiva?


¿Y qué está negociando exactamente España con Marruecos?


Mientras tanto, la respuesta política ha sido difícil de entender.


Pedro Sánchez permaneció de vacaciones. Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, tampoco asumió públicamente un papel relevante en la crisis ni acudió a Ceuta. Desde Sumar llegaron incluso a justificar su ausencia diciendo que acudir no era cuestión de «hacerse una foto».


Si ir a Ceuta era “hacerse una foto”, ¿qué fue entonces acudir a los Óscar sin ser ministra de Cultura?


Y ahora sabemos que Pedro Sánchez comparecerá en el Congreso el 3 de septiembre: treinta y cinco días después de la entrada masiva.


¿Es esa la importancia que el presidente del Gobierno concede a Ceuta?


Pero esta noche hemos llegado a un punto todavía más peligroso: los enfrentamientos entre ciudadanos desesperados y algunos de los acampados en la playa.


Nadie debería tomarse la justicia por su mano. Los ciudadanos no pueden ni deben sustituir al Estado ni a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.


Precisamente por eso es tan grave que una crisis se haya prolongado hasta generar este nivel de tensión y desesperación.


La obligación del Estado es proteger a todos, garantizar la convivencia, controlar las fronteras y restablecer el orden dentro de la ley.


Cuando no lo hace con eficacia, corre el riesgo de dejar un vacío que la frustración puede intentar ocupar.


Y eso es gravísimo.


También debemos recordar a los muertos.


Detrás de las cifras y de las consignas políticas hay seres humanos que han perdido la vida intentando alcanzar nuestro territorio.


No son cifras. Son personas.


Si hablamos de derechos humanos, deberían importarnos todos: quienes llegan, quienes viven en Ceuta y quienes mueren intentando cruzar una frontera.


No, señora Belarra.


Preguntar no es racismo.

Distinguir no es xenofobia.

Exigir fronteras controladas no es insolidaridad.


Y exigir a un Gobierno que gobierne tampoco lo es.


Porque el populismo no necesita resolver los problemas.


Necesita que los problemas sigan alimentando el enfrentamiento.


Necesita etiquetas para sustituir argumentos, enemigos para sustituir soluciones y crispación para mantener vivo el relato.


Cuando se acaba el argumento, empieza la etiqueta.


Luis Faraco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario