domingo, 25 de octubre de 2026

EL FASCISMO SIEMPRE ES EL DE LOS OTROS.




Durante años, la izquierda nos ha repetido la misma consigna: votadnos, porque si gana la derecha perderéis las pensiones, la sanidad, la educación y hasta los derechos más elementales. El miedo como programa electoral y la amenaza como argumento político.

Pero ahora que la alternancia amenaza con llegar, estamos descubriendo la letra pequeña del contrato.

Algunos de los grandes defensores de la democracia parecen aceptarla con una condición: que el pueblo vote correctamente. Si vota a los suyos, es sabio y soberano. Si vota a otros, está manipulado y necesita que alguien le explique su error. Y si las urnas no les dan la razón, siempre queda la calle.

Ahí aparece la revolución de salón: se aplauden las barricadas ajenas, se justifican los destrozos y se bautiza la violencia como indignación social. Naturalmente, la persiana que baja es la del comerciante; el escaparate que se rompe es el suyo y la factura de la revolución también la paga él.

¡Qué generosidad la de quienes predican la transformación social con el negocio de otro!

Manifestarse es un derecho. Hacer huelga, también. Agredir, saquear e incendiar no son derechos, por mucho que se invoquen la justicia social y las causas más nobles. La violencia no se vuelve legítima porque la ejerzan quienes comparten nuestras ideas. Y mucho menos porque alguien encuentre después una explicación ideológica para justificarla.

La contradicción alcanza su apogeo cuando, después de años gobernando, quienes no han resuelto un problema convocan movilizaciones contra quienes todavía no gobiernan. La vivienda es un ejemplo evidente: se exige a la oposición que solucione lo que el Gobierno no ha conseguido resolver, como si la responsabilidad política fuera siempre propiedad del adversario.

Y todavía quedan los revolucionarios de sofá: los que celebran las barricadas mientras no ardan cerca de su casa, defienden la ocupación mientras no ocupen la suya y aplauden los destrozos siempre que el negocio afectado no sea el propio.

Nos prometieron protegernos de todos los males si votábamos a la izquierda. Olvidaron advertirnos de que algunos de sus predicadores acabarían justificando la intolerancia, la violencia y el desprecio a la voluntad popular cuando las urnas amenazaran sus privilegios.

Porque la democracia no consiste en que gobiernen siempre los nuestros. Consiste en aceptar que pueden gobernar los otros. Y quien pretende corregir por la fuerza la voluntad de los ciudadanos no está defendiendo la democracia: está cuestionando sus reglas.

El fascismo siempre es el de los otros. Ese es precisamente el truco: reservarse el monopolio de la virtud y atribuir al adversario todos los males, incluso aquellos que uno está dispuesto a tolerar cuando los cometen los suyos.

Como nos enseñó George Orwell con su crítica del totalitarismo, el poder también aspira a controlar las palabras con las que juzgamos la realidad. Por eso conviene no confundir las etiquetas con los hechos, ni la propaganda con los principios.

Porque el verdadero demócrata no es quien tolera que ganen los suyos, sino quien respeta que puedan ganar los demás.

Luis Faraco Roldán.


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