lunes, 14 de septiembre de 2026

CUANDO EL ÉXITO DE MADRID MOLESTA A SÁNCHEZ.





«La categoría de un político se demuestra cuando es capaz de reconocer el éxito de su adversario.»


Madrid acaba de celebrar su primer Gran Premio de España de Fórmula 1. Más de 350.000 espectadores han acudido durante el fin de semana a un acontecimiento retransmitido internacionalmente, con decenas de miles de visitantes procedentes de fuera de Madrid y unas previsiones de impacto económico de 467 millones de euros, según PwC.


Es uno de los grandes acontecimientos deportivos del mundo. Y, sin embargo, el Gobierno de España decidió mantenerse al margen.


No estuvo Pedro Sánchez. No estuvo ninguno de sus ministros. Tampoco el ministro responsable de Deportes. La representación institucional estuvo encabezada por el Rey y sus hijas, mientras que la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, principales impulsores del proyecto, sí estuvieron presentes.


Podría ser simplemente una cuestión de agenda. Pero entonces apareció Óscar Puente.


El ministro calificó el Gran Premio de «auténtico truño» y describió la carrera como un «trenecito de coches». No estamos ante una crítica técnica ni ante una discrepancia sobre el coste del proyecto. Es una descalificación frontal de un acontecimiento que acaba de situar a Madrid en el calendario mundial de la Fórmula 1.


Puente tiene todo el derecho a que no le guste la Fórmula 1. Lo que resulta más difícil de comprender es que un ministro del Gobierno de España sea incapaz de reconocer la importancia de un acontecimiento internacional que proyecta la imagen de España y genera actividad económica.


No tenía que elogiar a Isabel Díaz Ayuso. Bastaba con reconocer un hecho: Madrid ha organizado un gran acontecimiento internacional y ha sido capaz de atraer a cientos de miles de personas.


Un político con altura de miras puede decir: «No comparto el modelo de Ayuso, pero esto es bueno para Madrid y para España».


Ahí está precisamente la diferencia entre la política de Estado y la política de trincheras.


Porque el verdadero problema quizá no sea la Fórmula 1. El problema es quién puede apuntarse el éxito.


Ayuso lleva años haciendo de la atracción de inversiones, empresas, turismo y grandes acontecimientos internacionales una de las señas de identidad de su gestión. Si la Fórmula 1 triunfa en Madrid, la principal beneficiaria política será inevitablemente ella.


Y eso puede resultar incómodo para Pedro Sánchez.


No podemos afirmar que Sánchez ordenara a Puente atacar el Gran Premio. No existe esa prueba. Pero sí podemos observar los indicios: ausencia del Gobierno, ausencia del ministro de Deportes, descalificación pública de un ministro y, hasta ahora, ninguna desautorización de Puente por parte de Sánchez, Moncloa o el PSOE.


El silencio no demuestra una orden. Pero políticamente tampoco es irrelevante.


La pregunta, por tanto, no es si Sánchez escribió el mensaje de Puente. Es otra:


¿Por qué, después de que un ministro del Gobierno calificara de «truño» el Gran Premio de España, nadie dentro del Gobierno consideró necesario defender la importancia de un acontecimiento que proyecta internacionalmente a nuestro país?


Quizá porque reconocer el éxito de Madrid significaría, inevitablemente, reconocer también el éxito de Ayuso.


Y ahí aparece una paradoja reveladora: mientras la Corona acudía a representar a España, mientras cientos de miles de personas llenaban Madrid y mientras el mundo contemplaba el estreno del nuevo circuito, un ministro del Gobierno se dedicaba a ridiculizarlo.


No sabemos si Sánchez ordenó la descalificación. Lo que sí sabemos es que nadie pareció considerar necesario desautorizarla.


Y quizá eso diga bastante de la política española actual.


Porque un adversario político puede ser combatido. Lo que exige verdadera categoría es saber reconocer cuando ha hecho algo bien.


Y parece que para Sánchez y su Gobierno reconocer un éxito de Ayuso puede resultar más difícil que ganar una carrera.


Luis Faraco

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