Esta es una incoherencia más —y ya van unas cuantas— del Gobierno de Sánchez, que camina como pollo sin cabeza. O, quizá, pretende poner una vela a cada santo para engañar a todos y seguir aferrado a la Moncloa.
En 2022 Sánchez dio un giro histórico en la política española sobre el Sáhara y asumió la propuesta marroquí de autonomía como «la base más seria, creíble y realista» para resolver el conflicto.
Y ahora su Gobierno impulsa la concesión de la nacionalidad española a decenas de miles de saharauis y a sus descendientes.
Pues habrá que preguntarle a Sánchez cómo se compaginan ambas cosas.
Si el futuro del Sáhara que él defiende pasa por una autonomía dentro de Marruecos, ¿cómo explica que ahora trate a los saharauis como un colectivo con un vínculo nacional español específico que hay que recuperar y extender incluso a sus descendientes?
Porque una cosa y la otra no casan.
No se puede estar a la vez con Marruecos y con los saharauis dependiendo de dónde sople el viento.
Y esta política errática, unida al enfrentamiento permanente con nuestros socios naturales, tiene inevitablemente un coste: desconcierto, desconfianza y pérdida de credibilidad de España en el concierto internacional.
La política exterior y la diplomacia son asuntos demasiado serios como para convertirlos en un ejercicio permanente de improvisación y oportunismo.
Y lo que estamos viendo hacer a este presidente y a este ministro de Exteriores se parece cada vez menos a una política exterior de Estado y cada vez más a una representación de bufones.
España merece algo bastante mejor.
«Es siempre un error en diplomacia presionar un asunto cuando está claro que no se puede avanzar más.»
— Winston Churchill
Luis Faraco Roldán


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