miércoles, 4 de noviembre de 2026

TRUMP, SÁNCHEZ Y EL ESPEJISMO DE LA INTELIGENCIA ELECTORAL.


Segunda parte: cuando los populistas pierden, la democracia vuelve a ser inteligente

El 7 de noviembre de 2024 publiqué en este blog un artículo titulado «El triunfo de Trump lo identifica más con Sánchez que con Feijóo». Aquel análisis pretendía explicar por qué, más allá de sus diferencias ideológicas, Donald Trump y Pedro Sánchez compartían demasiados rasgos de personalidad política, de concepción del poder y de relación con las instituciones como para que su aparente antagonismo resultara convincente.

Hoy, tras la derrota republicana en las elecciones estadounidenses, considero oportuno retomar aquella reflexión. No tanto por el resultado en sí, sino por la sorprendente reacción de quienes, hace apenas dos años, se apresuraban a descalificar a millones de americanos por haber elegido democráticamente a Donald Trump.

Ahora, esos mismos ciudadanos parecen haber recuperado súbitamente la inteligencia, la madurez y el sentido democrático. Curiosa metamorfosis. Los americanos eran ignorantes, manipulables y extremistas cuando votaban a Trump, pero hoy, cuando le castigan en las urnas, se convierten en un ejemplo de lucidez política.

¿Acaso la inteligencia de los ciudadanos depende de que su voto coincida con las preferencias ideológicas de quienes se arrogan el derecho a juzgarlos?

Para determinados sectores de la izquierda, la democracia parece tener una condición implícita: que los ciudadanos voten correctamente. Y votar correctamente, naturalmente, significa votarles a ellos.

Pero las urnas no conceden certificados de superioridad moral. Los ciudadanos pueden otorgar su confianza a un dirigente y, llegado el momento, retirársela. Esa es precisamente la esencia de la democracia representativa: la posibilidad de corregir las decisiones anteriores sin que nadie pueda arrogarse la propiedad de la voluntad popular.

El populismo no desaparece cuando pierde unas elecciones, ni deja de serlo cuando lo practica alguien con quien simpatizamos.

Esta es, precisamente, la cuestión que me llevó a establecer en 2024 aquel paralelismo entre Trump y Sánchez.

Ambos representan realidades nacionales distintas, con programas y circunstancias que no deben confundirse. Sin embargo, comparten una forma de entender la política que merece ser analizada más allá de las etiquetas ideológicas: la personalización del poder, la confrontación permanente y la división de la sociedad entre partidarios y adversarios.

Trump ha construido su liderazgo sobre la apelación directa a sus seguidores, la desconfianza hacia las instituciones y una permanente confrontación con quienes cuestionan su autoridad. Sánchez, por su parte, ha hecho de la polarización política, de la división entre bloques y de la identificación de sus adversarios con supuestas amenazas a la democracia una de las principales herramientas de su estrategia de supervivencia.

En ambos casos, el debate político corre el riesgo de convertirse en una pugna de lealtades personales, en la que la crítica al dirigente se interpreta como una agresión y el adversario deja de ser alguien con quien discrepar para convertirse en alguien a quien combatir.

No se trata de afirmar que sean idénticos. Sería una simplificación tan injusta como innecesaria. Se trata de reconocer que determinadas prácticas políticas pueden compartir una misma naturaleza, aunque se presenten bajo banderas ideológicas opuestas.

Y hay un elemento todavía más inquietante: la relación de ambos con las instituciones y con los límites que estas deben imponer al poder ejecutivo.

La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones. También exige respetar las reglas, la división de poderes, la independencia judicial y los derechos de quienes no comparten las ideas del gobernante. Un dirigente no puede convertir su victoria electoral en una licencia para someter las instituciones a sus intereses personales o partidistas.

En mi artículo de 2024 ya advertía de que el triunfo de Trump no le alejaba necesariamente de Sánchez. Al contrario, ponía de manifiesto algunas de sus similitudes políticas más preocupantes.

Hoy mantengo aquella reflexión. Y la derrota republicana ofrece una nueva oportunidad para comprobar que el populismo, cuando se enfrenta a la realidad de las urnas, puede sufrir el mismo castigo que cualquier otra forma de ejercicio abusivo del poder.

Pero sería un error interpretar este resultado como una absolución general de los demócratas, del mismo modo que la victoria republicana de 2024 no constituía una absolución de Trump. Una derrota electoral no convierte automáticamente al adversario en un modelo de virtud, ni una victoria legitima todas las actuaciones del vencedor.

Los ciudadanos no votan necesariamente por adhesión absoluta. A veces lo hacen por esperanza, otras por rechazo y, en muchas ocasiones, por la necesidad de corregir aquello que consideran equivocado.

La inteligencia de un electorado no se demuestra cuando vota a un partido determinado, sino cuando conserva la libertad de cambiar de opinión.

Y aquí es donde la política americana comienza a ofrecer una lectura especialmente interesante para España.

Pedro Sánchez ha convertido su permanencia en el poder en el eje central de su estrategia política. Los acuerdos con partidos nacionalistas y separatistas, la confrontación con la oposición y la fragmentación parlamentaria le han permitido prolongar una legislatura cuya estabilidad depende de equilibrios cada vez más complejos.

Sin embargo, la resistencia parlamentaria no debe confundirse con el respaldo social. La habilidad para construir mayorías de investidura tampoco equivale a disponer de una mayoría ciudadana dispuesta a renovar indefinidamente su confianza.

La legitimidad institucional es imprescindible, pero no puede utilizarse como argumento para ignorar el desgaste político, la desafección ciudadana o la pérdida de confianza de una parte sustancial del electorado.

El 29-N puede convertirse en un punto de inflexión.

Mi simulación electoral, elaborada a partir de los sondeos ajenos al CIS y de la distribución provincial del voto, apunta a una mayoría suficiente de PP y VOX en el Congreso y a un dominio muy significativo de la derecha en el Senado. Cataluña, con la irrupción de Aliança Catalana, puede introducir variaciones relevantes en ese resultado.

No pretendo presentar una estimación como una certeza. Pero sí advertir de que el escenario de cambio político es suficientemente consistente como para que el Gobierno no pueda descartarlo mediante descalificaciones a sus adversarios o apelaciones a una supuesta superioridad moral.

Si las urnas confirman esta previsión, Sánchez tendrá que enfrentarse a una realidad que hoy sus partidarios parecen ignorar: los ciudadanos no son propiedad de ningún partido.

Y entonces, unos celebrarán que los españoles hayan recuperado la inteligencia, mientras otros volverán a lamentar que el pueblo no sepa votar y se haya equivocado.

Curiosa democracia aquella en la que el ciudadano siempre acierta cuando vota a los nuestros y siempre se equivoca cuando elige a los demás.

La democracia, sin embargo, no consiste en que siempre ganen los nuestros. Consiste en que nadie pueda perpetuarse en el poder contra la voluntad de los ciudadanos.

Porque quien confunde una victoria electoral con la propiedad de la democracia acaba descubriendo que las urnas siempre se reservan la última palabra.

LUIS FARACO ROLDÁN.

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